Incubadora de aves, Pieza del Mes febrero 2006

Aunque la incubadora en sí nace a mediados del XIX, mucho antes el pueblo egipcio empleaba hornos soterrados (mamals), en los que se colocaban huevos de aves a una temperatura constante; tras una espera de veintiún  días, nacían las crías.

Desde el siglo XVIII, en Europa, se desarrolló la investigación sobre la incubación artificial.  Así, el francés Reaumur se interesó por el  calor de hornos especiales y por el que desprende el estiércol de cuadra. A mediados del siglo XIX surgieron diferentes tipos de incubadoras.

Parece ser que la primera incubadora artificial llega a España en 1877. A principios del siglo XX,  alcanzan gran apogeo en nuestro país las hidroincubadoras;  En  esencia no eran más que cajas calientes, mediante un depósito de agua, en las que se mantenían  los huevos a la temperatura de 40º. Las pequeñas incubadoras podían  ser calentadas a base de aire o de agua caliente, con calefacción por petróleo, por gas y por corriente eléctrica. En su interior existía un depósito de zinc, que se aislaba de la caja mediante serrín; los huevos se depositaban sobre una pieza de madera, y próxima a ella un termómetro. En la tapadera de la caja  se reconoce un pequeño vidrio que permite ver lo que ocurre dentro de ella.

El aparato funcionaba llenando de agua caliente el recipiente  de zinc; el termómetro debería alcanzar los 40º.  Todos los días había que darle la vuelta a los huevos, al tiempo que se sustituía  una parte del agua que se enfriaba por otra  hirviendo. La finalidad era mantener la temperatura constante.

La incubadora que se exhibe es de la marca THE BUCKEYE INCUBATOR COL-SPRINGFIELD. O. USA Funcionaba como hidroincubadora; producía el calor necesario  a través de un circuito de agua caliente  que partía de una tubería instalada dentro del cajón. Dicha tubería  se calentaba con petróleo que ardía en un recipiente situado a la derecha del cajón.

Pieza del Mes Enero 2006: Muñeca de cartón

Para los niños, la Navidad está ligada a la posibilidad de conseguir los juguetes que anhelan todo el año. Es muy difícil determinar el origen de éstos, pero se sabe que ya en el año 3000 a. C. existían pequeñas figuras de arcilla, hueso o madera.

Los juguetes han experimentado grandes cambios, desde los puramente artesanales e incluso hechos con materiales de desecho por los propios niños, a los tecnológicos, que buscan siempre imitar el mundo real y despertar la imaginación.

El juguete femenino por excelencia de todas las épocas es la muñeca, cuya historia comienza en los albores de la humanidad. Las primeras de las que se tienen noticias en Europa proceden de los yacimientos romano-cristianos, cuando era costumbre enterrar a los niños junto a sus pertenencias. Éstas eran de marfil y hueso. En los S. XV y XVI se convirtieron  en  un artículo de regalo para adultos y lucían vestidos con lujosos bordados. Constituían, además, refinado objeto decorativo de lujo para reyes y nobles, siendo su atuendo fiel reflejo de la moda de la época.

La muñeca es un juguete en cuya fabricación se ha utilizado una gran variedad de materiales: porcelana, papel maché, pasta de madera, celuloide, cartón, barro, hule, tela, goma, pasta de cerámica, plástico, etc.

La penuria económica entre los años 30 y 50  del siglo XX hace florecer la industria de las muñecas de cartón. Muchas veces se trata de juguetes de fabricación artesanal que venden los creadores directamente a sus clientes en puestos ambulantes, en las ferias de los pueblos o durante la Navidad.

El Museo ha querido destacar una muñeca de cartón como pieza del mes de enero. Es de principios del s. XX,  articulada en brazos y piernas, con los rasgos de la cara y el  pelo pintados. El atuendo que luce no es el original, sino de fabricación casera. Fue donada por Ana Rodríguez González  natural de San Jorge de Alor.

En la antigüedad, la ausencia de juguetes técnicamente desarrollados, como los que ahora existen, la carencia de otros medios de diversión o entretenimiento  e incluso la limitada difusión de las prácticas deportivas, hacían que los juguetes tuviesen una mayor significación en la vida diaria de todos los niños. Aunque la tecnología se ha hecho dueña de este mundo, todavía quedan resquicios para que los niños desarrollen su imaginación.

Sierra de calar, Pieza del Mes diciembre 2005

Los  trabajadores  de la madera han recibido  el nombre genérico de carpinteros. Pero  había muchas especialidades: la carpintería   monóxila  es quizás la más primitiva. El artesano no tenía conciencia de estar desempeñando un oficio, sino de cubrir sus propias necesidades con la materia y las herramientas que posee más a mano. Así se mencionan  al  carpintero de obra basta, encargado de  realizar las herramientas del campo; al de carretería, constructor de carros; al de ribera, dedicado a la construcción de embarcaciones; al de tonelería  para confeccionar  toneles; al de taller,  fabricante de  objetos de madera a partir de piezas encajadas o ensambladas entre sí; al  de armar con la finalidad de hacer grandes estructuras, sobre todo techos y tejados.

Las maderas más comunes eran: nogal, roble, pino, haya, encina y chopo. La obra basta utilizaba las maderas de encina, álamo negro y fresno;  la carpintería de taller o ebanistería  solía emplear el pino, que se traía de Galicia y Portugal,  el nogal,  propio de las huertas  cercanas a nuestra localidad, y  el chopo, que se localizaba junto a  los regatos. Estas maderas las llevaban los carpinteros de Olivenza a los aserraderos en Badajoz, pues no disponían de la herramienta necesaria para cortarlas.

Las  sierras son  herramientas que constan  de una hoja o un disco con dientes y sirven para cortar. La historia de las sierras de carpintería se remonta a  más de 4000 años. Con el paso del tiempo, se han ido mejorando los materiales, los diseños, y ha surgido la especialización según el tipo de corte(rápido, recto, curvo, de precisión, etc). Debido a la forma de los dientes, casi todas las sierras cortan en un solo sentido, por lo que provocan un corte perfecto en una cara y otro no tanto en la otra.

La sierra de marquetería o de calar  que se exhibe era de fabricación propia y fue donada por la Escuela de Artes y Oficio Adelardo Covarsí de Badajoz..  Se fabricó  con unos listones de madera de pino rojo o de Suecia y se le acoplaron unos  muelles. En el centro de los listones se coloca la sierra  accionada mediante un pedal. Producía un corte por fricción con continuos movimientos de vaivén sobre la madera. Con ella se realizaban  peanas, repisas, la parte calada del macetero, trabajos de taraceado para ir incrustando  en las diferentes partes del mueble etc.

La sierra de calar cayó en desuso en los años 60 al disminuir  la demanda de sus productos con la fabricación de los muebles en serie.

Cajón para hacer jabón, Pieza del Mes noviembre 2005

El jabón es un agente limpiador que surge por la preocupación de eliminar la suciedad y protegerse de gérmenes y bacterias.

Aunque todo el mundo conoce esta sustancia tan familiar y normalmente utilizada de forma cotidiana, son muchos los que desconocen tanto su composición química como el fundamento físico en el que se basa para limpiar la suciedad. Fenicios, griegos y romanos ya usaban un tipo de jabón que se obtenía hirviendo sebo de cabra con una pasta formada por ceniza y agua.

Olivenza ha sido siempre una zona de tradición olivarera. Disponía, en la antigüedad, de abundantes subproductos del aceite y grasas de animales para la confección de jabón, en cantidades que permitían su exportación a otras zonas. Esta industria, de cuya existencia tenemos noticia desde el inicio del S. XV, debía presentar un desarrollo notorio, toda vez que sus rendimientos fueron objeto de privilegios reales concedidos a miembros de la nobleza local.

Según los archivos consultados, D. Manuel I otorgó las rentas de la jabonería de Olivenza a Dª Isabel de Ataide en 1514. El hidalgo Juan de Fonseca poseía unas rentas de 5000 reales a mediados del S. XVI. El número de jabonerías (saboarias) en nuestra localidad era tal que a mediados del XVII, llenaban una calle a la que se le daba el nombre de  “Rua dos Saboeiros” (Calle de los Jaboneros), hoy Bravo Murillo, donde aún se distingue el altar destinado al santo.

Hacia los años 20 del siglo pasado se elaboraba este producto en la fábrica de D. Marcial Mira denominada La Oliventina, que posteriormente, en 1946, compró D. Ramón Bonet. Esta industria del jabón se mantuvo hasta los años 70, llegando a fabricar unos 50000 Kilogramos  al año.

A lo largo de los siglos el jabón se ha fabricado de forma artesanal. Incluso hoy en día, en algunas casas del medio rural, se hace a partir del aceite de freír los alimentos. Únicamente se necesita aceite, agua y sosa cáustica. La pasta resultante de mezclar estos elementos se vierte en un cajón o molde donde se deja enfriar. Estos moldes son de madera o hierro. Antes se usaron cajas de piedra y de mampostería  que hoy apenas se emplean.

El Museo quiere mostrar este mes uno de estos moldes de madera. Se trata de un cajón de grandes dimensiones formado por ocho bateas dispuestas una sobre otra, atravesadas en las esquinas por una barra atornillada. Perteneció a D. Manuel Cordero Dibildos, que lo utilizó durante los años 60 para su uso personal aprovechando los asientos de un molino de aceite de su propiedad. Este cajón se cubría de tela y sobre ella se echaba la mezcla, que tardaba algunos días en solidificarse. Una vez conseguido, se quitaban los tornillos de las esquinas y se levantaba la primera batea, quedando la plancha de jabón al aire. Ésta se cortaba a lo largo con un alambre y posteriormente se dividía primero en barras y después en pastillas, dando a los trozos el tamaño deseado. El mismo proceso se utilizaba para las restantes bateas. Actualmente se emplean para esta labor máquinas cortadoras de muy diversas clases.

Desde los comienzos hasta ahora, lo que ha evolucionado más en el mundo del jabón no ha sido tanto su fórmula como su apariencia. Así, los jabones han pasado de su antiguo tacto rudo y áspero a la cuidada presencia del jabón industrial que conocemos actualmente.

Asador de castañas, Pieza del Mes octubre 2005

Las castañas, frutos ricos en almidón, se asocian al comienzo del invierno, empleándose en multitud de recetas. Su fórmula confitada, conocida por Marrón Glasé, es reconocida internacionalmente.

Durante los meses invernales, las castañeras, generalmente mujeres de avanzada edad que no disponían de recursos económicos, se ubicaban en  las calles y plazas  de la mayoría de   pueblos y ciudades, donde asaban las castañas en un  hornillo calentado con carbón, dispensándolas en un cartucho de papel bien cerrado para que no se enfriaran. Ellas eran el preludio de la Navidad, de hecho su figura aparece en los belenes.

La castañera es un personaje tan popular que incluso ha sido reflejada en nuestra literatura por escritores como Ramón de la Cruz o Carlos Arniches. Su presencia también se  descubre en expresiones populares. Valgan como ejemplos dichos del tipo ¡eres una castaña! o ¡ sacar las castañas del fuego!

Para asarlas, se empleaban asadores de diversos tipos caso de los ambulantes, consistente en un pequeño hornillo  y una sartén que se  calentaban  con carbón, o los que se utilizaban en las  casas, de barro cocido o de hierro/ latón. Todos estaban  agujereados para que penetrase el calor y se asasen las castañas. Los de barro tenían forma abombada y dos asas. Se calentaban colocándolos encima de las trébedes.

La pieza elegida, original de Asturias, es un asador de castañas doméstico, trabajado en hierro, con forma de tambor y una puerta en el lateral para introducir el producto. Solía colgarse del llar.

Plancha de carbón, Pieza del Mes septiembre 2005

Planchar es un menester cotidiano de lo más tedioso, aunque hoy en día disponemos de planchas eficaces, rápidas en calentarse y con gran  potencia.

Los orígenes de la plancha son remotos. Se sabe que la utilizaron los chinos en el siglo IV para alisar la seda. Aún se conservan algunas estampas de este país en las que aparecen artefactos que, por su forma, podrían representar planchas rudimentarias provistas de un mango y calentados por medio de brasas.

En Occidente, las primeras planchas fueron alisadores de madera, vidrio o mármol que hasta el s. XV se utilizaron en frío. Estas primeras piezas se combinaban con el uso de la goma de almidonar, un material que no admitía el calor.

La palabra “plancha” no apareció en castellano, con el significado que hoy le damos, hasta el s. XVII. Fue en esa época cuando empezó a utilizarse de forma generalizada.

Las primeras planchas, generalmente realizadas en hierro fundido y macizo, se calentaban directamente sobre la trébede de la lumbre, de modo que era necesario disponer al menos de dos para trabajar con una mientras otra se calentaba.

Posteriormente los modelos de metal huecos, rellenos de brasas de carbón inauguraron una nueva etapa. Este tipo, como el que mostramos este mes en el Museo, tiene una caja de base triangular, con una tapa superior por donde se introducían ascuas o escorias calientes. Iban provistas de una chimenea y de un tiro como si se tratase de un pequeño hogar en miniatura para controlar el calor y su duración.

Durante el s. XIX, el desarrollo industrial de las técnicas de planchado ofreció nuevas y eficaces experiencias, utilizando como métodos de alimentación el gas, el alcohol o el agua hirviendo.

En 1882 apareció la primera plancha eléctrica. Habría que esperar varios años para que este proyecto fuese rentable en el ámbito doméstico, puesto que en aquellos años la red eléctrica no estaba plenamente extendida.

Con el tiempo su uso se generalizó y comenzaron a incluirse nuevas funcionalidades, como el termostato, en 1924, o el dispensador de vapor, en 1926.

Son muchos los años de historia que respaldan a este pequeño electrodoméstico. Todas estas innovaciones han dado un nuevo sentido al arte del planchado, convirtiéndolo en una tarea más fácil y mucho más llevadera que en los primeros años.

Lavadora, Pieza del Mes agosto 2005

Aún no está claro el origen de la lavadora. Se acepta  que, a principios del siglo XIX, en Europa occidental, comenzó a difundirse la práctica de meter la ropa en una caja de madera, una especie de tambor, que giraba con una manivela. No obstante, las primeras máquinas para lavar ropa no surgirían hasta 1907. En ese año el  norteamericano Alva Fisher crea una lavadora que ya incluía el giro del tambor para evitar el amontonamiento de la ropa.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX  lavar la ropa en el mudo rural era un trabajo muy pesado, cuya labor correspondía siempre a la mujer. Éstas solían desplazarse hasta la orilla del río, arroyo o lavadero público para  frotarla  contra una piedra. En  nuestra localidad se frecuentaban los arroyos cercanos de La Charca y San Amaro,  y las  fuentes de la  Rala y Cuerna; en esta última se levantaron dos lavaderos, uno público, otro de la Santa Casa de Misericordia, donde se lavaba la vestimenta de los enfermos en ella acogidos.

También era frecuente que las casas con pozo dispusieran de cucharros de madera, fabricados por los carpinteros locales.

Para blanquearla, la ropa en cuestión se metía en un baño que se tapaba con un paño, que actuaba de filtro, sobre el que se colocaba ceniza; sobre ella se echaba agua. La ceniza se diluía, procurando el mismo efecto de la lejía. Los colores se   avivaban  con  azufre  y azulillo, para las prendas de color azul.

La lavadora expuesta es de madera, de forma circular  sustentada sobre tres patas. Se accionaba haciendo girar con la mano una manivela que daba vueltas a la ropa dentro del tambor. Tanto la parte  inferior como la  superior del  cajón tienen unas tablillas que actúan  de saliente para frotar la ropa, que se metía  a capas y mojada  con jabón verde hecho en casa. Para desalojar el  agua sucia el tambor disponía de un orificio en su parte inferior.

En una de las tablillas superiores se distingue la inscripción: Patented Washer Morrisons Antowerr Belgium.

La llegada a Olivenza de esta lavadora, a principios de 1900, fue  fortuita. La persona que donó la pieza, Dª Teresa Piriz, nos ha contado, a sus 83 años, que a su abuela se la dejaron unos inquilinos de origen alemán.

Un abanico, Pieza del Mes julio 2005

El abanico es una pieza que ha sobrevivido a los avances tecnológicos.

Tal como lo conocemos hoy, es un  instrumento generalmente de forma semicircular que sirve para dar o darse aire. Pero el origen de este utensilio tan común es incierto y se pierde en el tiempo. Fue empleado por egipcios, babilónicos, persas, griegos y romanos, según las abundantes reproducciones de este instrumento en sus representaciones artísticas.

La gran revolución en el mundo del abanico llegó cuando se hace plegable, en torno al s. VII de nuestra era. Se atribuye su invención a un fabricante japonés, que tuvo la idea al observar las alas de un murciélago.

En Europa, el abanico plegable aparece en el S. XVI, probablemente a través de Portugal, país que en aquella época mantenía una intensa actividad comercial con Oriente.

En principio era un objeto caro del que sólo las damas de alto linaje podían gozar. Pero pronto surge una gran industria abaniquera que, extendiéndose por toda Europa, copia y fábrica el modelo plegable. Así el abanico se populariza y puede ser adquirido por todas las clases sociales.

Se compone de dos partes principales: la superior, que se denomina país, y la inferior, llamada fuente, formada por una serie de varillas, que pueden ser de madera, plástico, nácar, carey, etc, rematadas en dos pinzas laterales más gruesas, mientras el clavo que une todo el abanico es conocido  como clavillo.

         El país es la tela, papel o cualquier otro material que sirve de membrana de unión entre las varillas. El motivo de este “país” es de lo más diverso, pudiendo ser pintado a mano (el ejemplar que mostramos como pieza del mes),  impreso, o incluso bordado con telas y encajes. En los siglos pasados se plasmaban en ellos los acontecimientos sociales y políticos fundamentales para la historia de un pueblo, por lo que se les ha considerado como antecedentes de los periódicos.

Ha sido y es utilizado en mayor medida por las mujeres, aunque los hombres también usaban uno de menor tamaño que podían guardar en los bolsillos del gabán.

Siempre fue  un leal compañero de la mujer en el arte de seducir. Totalmente perdido en la época actual, como medio de comunicación, el rico lenguaje del abanico jugó un importante papel en las relaciones humanas, más concretamente, en el flirteo entre mujeres y  hombres. Este instrumento servía para pasar mensajes al galán que las cortejaba y así expresar sus deseos de manera discreta.

En España, debido a las condiciones climáticas, el uso del abanico ha perdurado, no sólo como elemento de adorno y moda, sino también por necesidad.

En la actualidad existe en Valencia una floreciente industria abaniquera que exporta a todo el mundo este precioso complemento.

Prensa de papel, Pieza del Mes junio 2005

Esta pieza podía servir, bien para encuadernar, bien para hacer copias.

El hacer copias de  documentos originales se ha convertido en algo habitual en nuestra vida cotidiana. Tradicionalmente, hasta  1450, los copistas, monjes y frailes, realizaban esta actividad de manera manual. Fue en 1778 cuando James Watt inventa la prensa de base plana. Se ponía la rama o marco con el molde del impreso que se iba a realizar; se entintaba, a mano, dicho molde con un rodillo. Se colocaba una hoja encima y se retira el papel impreso.

Otra finalidad era encuadernar, pudiéndose usar papel a color, pegándose las tapas mediante cola blanca, además de engrudo, adhesivo con agua y harina. Al aplicar esta capa adhesiva, el papel solía doblarse por efectos de la humedad. Para que esto no ocurriese se colocaban hojas de papel entre medias de las hojas pegadas y el alma del libro, prensándose para que no se arrugase.

Las prensas, generalmente, iban colocadas encima de  una pequeña mesa con un cajón. Se atornillaban a la mesa  por su peso al ser  de hierro fundido.

La prensa que exponemos perteneció  a D. Manuel Píriz Méndez.

Colmena de corcho, Pieza del Mes mayo 2005

Desde que  nuestros antepasados neolíticos dejaran representada una escena de recolección de miel, ha transcurrido mucho tiempo de relación del hombre con uno de los pocos insectos al que respeta y cría para su propia utilidad.

La cría de la abeja como productora de miel era fundamental en la dieta del mundo antiguo.

Las abejas anidan de forma natural en oquedades de árboles y rocas, en lugares resguardados del viento, con agua en las proximidades, y con floración suficiente que les permita vivir durante el año de la miel elaborada a partir de ella.

El hombre ha pretendido reproducir un habitáculo cerrado y abrigado, pero dotado de acceso para poder obtener con facilidad el producto de su cría, e incluso de movilidad para transportarlas según las necesidades climáticas y de floración.

Uno de estos modelos fabricados  es la colmena de corcho, construida a partir de una gruesa corteza de alcornoque curvada hasta formar el cilindro y cerrada con espigas o clavillos de madera.

Algunas, como la que mostramos este mes en el Museo, presentan una plancha curva y otra plana para cerrarla. Lleva una tapa sujeta con clavos de madera en la cara superior que se retira para abrirla y extraer los panales. Los panales  están hechos por las abejas formando grandes tortas verticales que se adhieren a la pared interna y se disponen en estructuras paralelas entre sí. Estas colmenas tienen un pequeño orificio en la parte inferior llamado piquera, por el que salen y entran las abejas. En el interior llevan unos palos cruzados para sujetar los panales.

La miel, como producto absolutamente natural, ha gozado siempre de gran importancia en la alimentación humana, atribuyéndosele propiedades medicinales, así como efectos antibióticos y antibacterianos.

Aunque su naturaleza le hace un producto de larga duración y fácil conservación, necesita lugares frescos y secos. Su almacenamiento debe realizarse en recipientes apropiados de barro, madera o cristal.