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Una faja, Pieza del Mes febrero 2007

El imperativo de la moda ha llevado a lo largo de la historia a que las mujeres soporten artilugios inimaginables para alcanzar una figura estilizada. Desde los conocidos corsés hasta el wonderbra, muchas son las prendas que se han inventado para conseguir moldear el cuerpo femenino.

A mediados del siglo XIX surge un nuevo canon, propio del mundo romántico, que marca  la cintura y resalta el busto mediante un corsé. En Francia el gremio de sastres era el que hacía los corsés, porque se necesitaban unas manos muy  fuertes para coser las varillas. A partir de 1866 se transforma la silueta femenina anulando los  grandes artificios y vistiendo un ahuecador a la altura de los riñones.  En 1898 la silueta es más flexible y ligera: falda campana y cintura de avispa.  Es la línea en “ese”. Comienza el siglo XX con traje de talle de avispa.  En la indumentaria tradicional el corpiño ceñiría el busto de la fémina. A medida que la mujer empieza a cambiar su estilo de vida, desaparece el incómodo corsé y se buscan prendas más funcionales.  Hacia 1950  surge el ceñidor de avispa,  prenda fabricada en tul elástico.

La pieza que se expone tenía como finalidad ajustar y moldear la cintura. Va reforzada con varillas como los corsés y se cierra con una fila de botones en el lado derecho y cintas en el izquierdo para graduar la presión. Se reconocen unos ligueros para sujetar las medias sólo en la parte delantera, cuando lo habitual era que llevara cuatro: dos delante y dos detrás. Quizás se hizo así para que fuera más cómodo. Está realizado en tela de algodón y cosido a máquina.  Donada al Museo por Confecciones La Manola, puede fecharse en la década de 1930.

Un diábolo, Pieza del Mes enero 2007

Los juguetes son parte de nuestras vidas. Desde los más humildes a los más perfectos y lujosos, todos son deseados y disfrutados por los niños. Los mejores recuerdos de nuestra infancia casi siempre se asocian a aquellos juguetes con los que tan buenos ratos pasamos y que, en algunos casos, aún conservamos.

¡Yo tuve uno como ése! Esto exclamarán los adultos que contemplen la pieza que este mes expone el Museo.

Se trata de un diábolo, juego inventado en China hace 2000 años. A Europa llegó de la mano del embajador inglés a finales del s. XVIII. Alcanzó gran éxito entre la sociedad inglesa. En Francia, recibió igualmente, una gran acogida.  Se consideraba un juego tan competitivo que en 1810 se constituyeron diversos clubes en París, celebrándose competiciones donde hoy están los Campos Elíseos. La moda llegó al punto de que en la Corte de Napoleón I se jugaba con diábolos hechos de madera maciza.

En 1906 un inventor francés, Gustave Phillipart, presentó un diábolo hecho con dos copas de metal y los bordes protegidos con caucho de neumáticos viejos; era el origen del diábolo moderno. Numerosos escritos, narraciones y tarjetas postales muestran que se jugaba con él en todas partes y por casi todas las clases sociales. Más tarde el diábolo sólo aparecerá en los escenarios de los teatros.

Considerado como un juego malabar, está formado por dos semiesferas huecas (normalmente de caucho) unidas por su parte convexa por medio de un eje metálico. El juego, como todos sabemos, consiste en hacer girar este objeto sobre sí mismo impulsándolo con una cuerda sujeta a dos bastones (madera o metal). Se caracteriza porque sólo trabaja una mano,  la mano hábil, mientras que la no hábil se mueve en función de los movimientos de la otra, dejando o recuperando cuerda (para que el diábolo pueda realizar figuras o bien para que no choque con el suelo). La medida afectará tanto a la velocidad como a su equilibrio. Así, un diábolo pequeño girará muy rápido, pero tendrá poco equilibrio, al contrario que uno grande. La medida de la cuerda es personal, pero la correcta se corresponde con la distancia que hay entre el suelo y el pecho del diabolista. El que exponemos tiene un tamaño bastante reducido, lo que indica que fue utilizado por niños de corta edad.

Hacia 1980, gracias al uso de la tecnología, a los materiales y a la investigación y precisión de los fabricantes, empezó una nueva era para el diábolo. Ello permitió que cada vez más malabaristas y aficionados hicieran cosas extraordinarias con estos extraños y bellos objetos voladores transformándose este juego en un arte espectacular. Como juego infantil, hoy día forma parte del recuerdo o de los fondos de algún museo.

Maquinaria de reloj de torre (1792), Pieza del Mes diciembre 2006

El reloj se ha convertido en elemento indispensable en la sociedad actual como regulador  de la vida familiar, laboral y social. Desde la antigüedad se tienen conocimientos de relojes de agua, aire, sol y arena, de los que nos informa Vitrubio. A medida que ha evolucionado la tecnología han ido apareciendo nuevos modelos de mayor precisión y mejores prestaciones, incorporándose a electrodomésticos y ordenadores.

Se cree que los grandes relojes de pesas y ruedas fueron inventados en Occidente por el monje benedictino Gerberto, futuro Papa Silvestre II, hacia finales del siglo X, aunque ya con anterioridad se conocían en el Imperio Bizantino. Con el tiempo se ubicaron sobre torres con la finalidad de que los ciudadanos tuviesen conocimiento de la hora del día. A ellos se conectaban  campanas grandes y sonoras que indicaban, con un toque peculiar las horas y los cuartos.

Olivenza, ciudad en la que se reconoce una torre próxima a su Cámara Municipal,  dibujada en 1509 por el portugués Duarte de Armas.

El reloj que hoy se exhibe como pieza del mes,  obra del maestro   D. Antonio Aymard, marcó las horas para los oliventinos entre 1792 y 1986, costando al erario público  566 escudos. Pertenece al grupo de relojes de péndulos, cuya  fuerza motriz es  la gravedad, que actúa sobre una masa suspendida de una cuerda  alrededor de un cilindro que es el encargado de trasmitir el movimiento al piñón que mueve la rueda.

Pieza del Mes noviembre 2006: Máquina de embutir

Antiguamente, la matanza del cerdo era la base de la alimentación de las familias del medio rural, pues aseguraba el abastecimiento de carne para todo el año. En la actualidad, la matanza se ha convertido en un acontecimiento social y rito gastronómico de tal envergadura, que incluso goza de su propia festividad: el 11 de noviembre, día de San Martín. De ahí el dicho  a todo cerdo le llega su San Martín. Durante un año o más,  se cebaba el animal y, cuando venía el frío invernal, se procedía al sacrificio y aprovechamiento de sus carnes. La matanza duraba generalmente dos o tres días, en función del número de cerdos que se sacrificaran y de las personas que trabajaran en la misma.

Las funciones estaban perfectamente establecidas y repartidas entre los hombres y mujeres de la casa, aunque también era precisa la ayuda de amigos y vecinos.

En los días previos a la matanza se llevaban a cabo una serie de faenas indispensables para el buen desarrollo de la misma. Se limpiaba la casa, principalmente la cocina, despensa, doblados, patio y corral donde se iba a efectuar el sacrificio. Se acarreaba todo lo necesario y ponían a punto los utensilios empleados: baños de barro, artesas, bancos, mesas, tijeras, cuchillos, embudos, máquinas para picar la carne y para embutir, etc. A ello se suma la compra de productos alimenticios y otros: sal, pimienta roja, especias, ajos, mazos de tripa de vaca, hilo de algodón para atar, etc.

El acto de embutir tenía lugar el segundo día; las tripas estaban lavadas y atadas desde el día anterior. Las del cerdo se reservaban para llenar las morcillas, salchichón y morcones, mientras que las de vaca, para los chorizos. La matancera se situaba en la boca de salida de la máquina, colocando la tripa en el embudo y apretando la carne que entraba en la tripa. Sus colaboradoras se dedicaban a realizar los atijos para que la carne quedase compacta, a la vez que pinchaban la tripa con alfileres para que saliese el aire. A continuación las argollas se casaban y  colgaban para que secasen.

Las máquinas empleadas para embutir han evolucionado bastante. Las primeras eran similares a la que se exhibe como pieza del mes en el Museo Etnográfico González Santana.

Es una especie de mesa estrecha con cuatro patas. En su centro lleva un orificio circular por el que asoma la boca de un gran embudo de lata, en forma de cilindro que pende bajo la mesa, con su correspondiente pivote. Se completa el mecanismo con una palanca que acciona un émbolo de madera que se mueve dentro del cuerpo cilíndrico del embudo.  Dicho cuerpo se llena con la carne ya aliñada; posteriormente, se mete el pivote en el extremo de la tripa y se acciona el émbolo que hace bajar por el embudo la masa, llenando la tripa.

La matanza  es una antigua costumbre con gran arraigo popular en vías de desaparición. Aunque se mantiene en algunos lugares de España, su razón de ser ha desaparecido.

Un par de botas, Pieza del Mes octubre 2006

La profesión de zapatero va pareja a la aparición del ser humano. Ya en la Edad de Piedra las mujeres se encargaban de hacerlo. En el Antiguo Egipto, Grecia y Roma fue un oficio muy bien visto. Bien es cierto que con el tiempo hubo una clara diferenciación entre el zapatero de prima, quien hacía el zapato de principio a fin, y el remendón, dedicado a pequeños arreglos.

Antes de proceder a su elaboración zapatero y cliente tenían que acordar un precio. Posteriormente, aquél pasa a tomar medidas de cada pie con su tabla de medir, más conocida por pie de rey; a continuación, con una cinta métrica se hacía lo mismo con el tobillo y empeine. Con todos estos números se daba forma al patrón en cartón, papel o chapa metálica. Elegido dicho patrón, se corta sobre el cuero las piezas para confeccionarlo; a continuación se marcan las líneas de costura con la ruleta; preparadas las piezas, se unen cosiéndolas con hilo de cáñamo que se impregnaba en cera. Confeccionada la parte superior del zapato, se procedía a darle forma sobre la horma y a añadirle la suela y tacón. Por último, el calzado necesitaba de remate y abrillantamiento, proceso que se hacía con herramientas específicas como el palo de bruñir, los hierros de lujar y la pata de cabra. En cuanto al material más empleado, digamos que fue el cuero, que se conseguía en las fábricas de curtidos ubicadas en las cercanías de la fuente de la Rala y Cuerna, cuando no se traía de fuera.

Nuestra localidad fue prolija en zapateros, quienes solían transmitir sus enseñanzas a sus hijos. Siguiendo el Anuario del Comercio, Industria y profesiones de España, de Rudolf Mosse, del año 1927, las zapaterías de nuestra villa eran: las de Avelino Cascos, Alberto Encinar, Antonio Fernández, Enrique Fortes, Eduardo Rodríguez, Joaquín Rodríguez y José Rodríguez. En la primera mitad del siglo XX algunos zapateros se convierten en empresarios, creando su tienda para la venta de zapatos, mientras que en una habitación trasera de dicha dependencia trabajaban varias personas desarrollando el oficio.

La industrialización en el sector del calzado provocó que los zapateros artesanos quedaran relegados a zapateros remendones, encargados de poner tapas y otros arreglos.

Las botas  que se exponen como pieza del mes, fechadas en el año 1900, fueron donadas por la familia Llofriu.

Una prensa de uva, Pieza del Mes septiembre 2006

Septiembre es el mes por excelencia de la vendimia. En caso de un normal desarrollo meteorológico, ésta se lleva a cabo en el momento que se comprueba la completa maduración de la uva. Para potenciar la calidad de los vinos, el proceso tiene que realizarse lo más rápidamente posible. Los racimos deben llegar casi intactos, para evitar maceraciones incontroladas e inicios de fermentación.

Una vez que la uva se encuentra en la bodega, comienza el largo proceso de vinificación, el conjunto de operaciones mediante las cuales la uva se transforma en vino. Sea cual sea el sistema utilizado –que difiere de unas regiones a otras- el proceso se compone de una serie de etapas.

Apretando las uvas manualmente se puede obtener el llamado “vino de lágrima”. Pero el procedimiento normal, desde la antigüedad hasta nuestros días, es pisar y prensar la uva. El pisado se hacía, en un principio, con los pies descalzos o con alpargatas de esparto. Esta forma de pisar la uva era la mejor para extraer el primer jugo de uva y obtener una masa homogénea para la prensa, sin romper las pepitas. Posteriormente se emplearon máquinas estrujadoras-despalilladoras, accionadas con volante o manivela.

La pasta resultante del pisado, compuesta de hollejos, pulpa y pepitas, e incluso de raspones si no se habían eliminado, se prensaba para exprimir todo el mosto. Las prensas que principalmente se usaban en esta fase del proceso de vinificación eran las de viga y piedra y las de husillo.

En este mes de la vendimia, el Museo Etnográfico Extremeño González Santana quiere rendir homenaje a esta tarea agrícola mostrando una prensa de husillo, también llamada prensa manual. Consiste esencialmente en un tornillo de acero roscado, fijo a un plato de hierro dispuesto en la base. Alrededor se coloca la uva encerrada en una especie de jaula de forma cilíndrica, realizada con listones de madera separados entre sí  1 ó 1,50  cm. para permitir la salida del mosto. Contra estos listones, fortalecidos con flejes de hierro, y contra la base, la uva sufría la presión del tablero prensador al descender una gran tuerca de hierro, mediante el movimiento de una palanca de doble acción, que lo comprimía fuertemente.

Esta prensa, de gran valor etnográfico y excelente conservación,  procede de Almendralejo, localidad famosa por su industria vinícola. Fue donada por D. Pedro Iglesias González, descendiente de D. Alfonso Iglesias Infante, fundador del Grupo familiar Alcoholes Iglesias. A este grupo pertenece la Bodega de Crianza Viña Extremeña.

Una maleta de viaje, Pieza del Mes agosto 2006

 

El desarrollo del turismo en España, desde la década de los sesenta, permitió que muchos grupos sociales  pudieran veranear. Bien es cierto que los viajes de luna de miel o por razones culturales siempre han existido, pero para un grupo reducido,  que se sentía motivado por sus ideas humanistas.

Instrumento inseparable de cualquier turista fue la maleta; la que exhibe el Museo en este mes fue utilizada, en la década de  1930, por el médico emeritense  D. Facundo Solís y su esposa con motivo de su casamiento. Es una maleta realizada en cartón prensado y tablas de madera; su interior aparece forrado de papel estampado; tiene accesorios para colgar, correas para sujetar y compartimentos para guardar la ropa doblada. Su parte externa está forrada de tela; los bordes y asas son  de piel, mientras que las esquinas se refuerzan con metal para soportar mejor los golpes.

Las maletas de los años 1930 al 1960 eran fundamentalmente de madera y  cartón prensado (cartón piedra); Las primeras eran las más sencillas; no tenían forro y su  cierre era muy básico, en muchos casos se ataban  con el cinturón. Por su parte, las de cartón prensado se utilizaban   para viajes de  negocios, o para ir a visitar a la  familia; eran más resistentes y ligeras, gracias a que llevaban reforzadas las esquinas en metal y los bordes con piel.

En nuestra localidad, el mayor número de maletas se adquirieron en tiendas como  El Salvador o La Española, hoy día ya desaparecidas.

Dediles de segador, Pieza del Mes julio 2006

Nuestros pueblos, a lo largo de su historia, han sido eminentemente agrícolas y ganaderos. Los productos que se han obtenido de la agricultura han constituido el sustento de sus gentes y han marcado profundamente el quehacer diario de sus moradores y costumbres tradicionales. En la primera mitad del s. XX se produce un fuerte desarrollo del cultivo de los cereales, al que se destinaba la mayor parte de la tierra. De ellos, el más importante fue el trigo, además de la cebada y el centeno, que se alternaba con el barbecho (práctica muy común antiguamente en la que se dejaba descansar la tierra durante dos años). Antes de 1960 y del desarrollo de la maquinaria agrícola, todo este trabajo en el campo se hacía manualmente apoyado únicamente por algunos aperos que arrastraban las bestias, lo que suponía duras jornadas de trabajo de sol a sol.

Una de las fases del cultivo del cereal es la siega, que tradicionalmente se realizaba a mano. Comenzaba en el mes de julio y precisaba de mucha mano de obra si se quería que la recolección terminase a su tiempo y evitar así pedriscos, incendios y desastres que echaran a perder la cosecha de todo un año. Los segadores estaban organizados en cuadrillas de entre treinta y sesenta hombres, dependiendo de la extensión del terreno.

Son varias las herramientas de los segadores, pero la fundamental era la hoz, de diferentes tamaños y curvaturas. Debía estar muy afilada para dar mayor facilidad y rapidez al trabajo de corte. La mano izquierda se protegía con dediles de cuero que podían ser uno para cada dedo o solamente uno en el que se introducían los dedos corazón, anular y meñique, y otro para el índice, como se ve en la pieza que mostramos este mes, quedando el pulgar al aire para sujetar los lances necesarios hasta completar el haz. Su finalidad es proteger los dedos ante la posibilidad de mutilación de los mismos. Iba sujeta a la muñeca con una cuerda o tira de cuero.

Con los manojos o gavillas cortadas se formaban haces que quedaban dispersos por el terreno. Éstos se reunían en un lugar para facilitar su posterior transporte a la era. Antes de la aparición del carro se hacía mediante mulas que llevaban de 8 a 10 haces sobre las albardas. Una vez en la era, los haces se amontonaban para proceder posteriormente a la trilla, hacia el mes de agosto.

El Museo, exhibiendo esta pieza, quiere rendir un homenaje a tantas cuadrillas de segadores que realizaban esta agotadora labor de sol a sol, sin apenas tregua para el descanso y soportando el riguroso calor del verano.

Serón de esparto, Pieza del Mes junio 2006

El diccionario de la Real Academia de la Lengua define serón como será más larga que ancha, que sirve regularmente para cargar una caballería. Una será no era más que una espuerta grande sin asas.

La pieza que se exhibe en el Museo, durante el mes de julio, labrada por un espartero, está hecha a base de trenzas de esparto a las  que se  iba dando  forma. Para su elaboración necesitaba unas 20 varas de dicho material.  Antes de empezar a componerla, se humedecía para que fuese más flexible. El serón más común era el de nueve vueltas. Se empezaba a confeccionar por el fondo y se terminaba  por la boca.

En nuestra localidad, este oficio lo ejerció  Juan Rodríguez Jorge, quien tuvo su taller y lonja  en la Plaza de Abastos.  La materia prima solía comprarla en Campanario, adonde llegaba procedente de Almería.

Hasta la década de los sesenta del siglo XX, el serón jugó un papel importantísimo a la hora de transportar  los productos desde las huertas y cortijos cercanos hasta el mercado, siempre a lomos de caballerías. También fue de vital importancia a la hora de retirar el ripio de las obras o acercar el material de construcción. En nuestra localidad, la construcción del embalse de Piedra Aguda, propició un breve resurgimiento de esta actividad.  La mecanización y el uso de nuevas fibras sintéticas motivaron su desaparición.

Sombrero cloché, Pieza del Mes mayo 2006

La evolución de la Historia siempre se nos explica por siglos y parece que éstos la dividen. La idea de progreso se construye comparando épocas y el siglo parece ser el periodo de tiempo justo para estudiar una serie de fenómenos y así poder dar sentido a nuestro comportamiento.

La década de los 20 fue una de las más revolucionarias del pasado siglo, caracterizada por los cambios radicales que afectaron a todos los aspectos culturales y repercutió con fuerza en la moda. En estos años se produce la primera gran ruptura con la tradición femenina de faldas largas, vestidos incómodos y cinturas ajustadas por inhumanos corsés. La forma femenina adquiere un aspecto cilíndrico, dando paso al modelo característico de esta época, el de talle largo, a la altura de las caderas sin marcar la cintura.

En cuanto al pelo, también hay cambios. Por primera vez la mujer deja atrás las largas cabelleras y los complicados peinados. Se impone el corte a “lo garçone”; además,  se diseñan sombreros acordes con la nueva imagen. El modelo más popular era el cloché, encajado en la cabeza, que adoptaba formas siguiendo el contorno de la misma.

El Museo muestra como pieza del mes un ejemplar de este tipo de sombrero. Está formado por pleitas de fibra natural, de forma semiesférica y pequeña ala recortada en la parte posterior. Una cinta de raso a listas recorre la parte inferior de la copa anudándose detrás con un lazo.

Hoy en día, las costumbres en el vestir no incluyen el uso del sombrero, usado únicamente para protegerse del sol, en los paseos al aire libre o en un evento especial.