Un acerico o alfiletero, Pieza del Mes octubre 2007

La palabra acerico proviene del latín facius y no es más que una almohadilla donde se clavan alfileres y agujas, con objeto de tener estos objetos a mano, para que no se pierdan.

Emilia Pardo Bazán, en su cuento Primer Amor, no habla de los acericos de raso descoloridos que encontró la protagonista rebuscando en los cajones del dormitorio de su tía.

Estos alfileteros se hacían cortando dos trozos de tela simétricos de diferentes formas geométricas. Para ello se empleaba tela de lana, algodón o satén. Una vez cortados se cosían por tres lados y se les daba la vuelta para rellenarlos con algún material en el que fuera fácil clavar los alfileres, caso del serrín, paja o tela; a continuación, se cerraban. El alfiletero se decoraba bordando el trozo de tela en el que se clavaban los alfileres. En ocasiones se le ponía una cinta de raso o puntilla para decorar el borde. La decoración y la tela utilizada eran de gran valor artístico.

El acerico que exhibe el Museo como pieza del mes está fechado en 1900; se encuentra labrado en raso azul, bordado en varios colores y rematado el borde con puntilla.

Actualmente toda persona que cose o practica patchwork tiene en su mente los últimos modelos de complementos de costura, entre ellos el acerico, que adopta formas variadas, imitando aves, animales, flores y otros objetos, caracterizados algunos de ellos por su magnetismo.

un cuento de calleja, Pieza del Mes septiembre 2007

De las personas cuya imaginación les lleva a fantasear la realidad de forma intencionada o no, suele decirse que “tienen más cuento que Calleja”. El origen de esta expresión alude a la figura de Don Saturnino Calleja Fernández (1855-1915) natural de Burgos. Su padre, Fernando Calleja Santos, fundó en 1876 un negocio de librería y encuadernación, en Madrid, que fue adquirido por Saturnino en 1879, convirtiéndolo en la mítica Editorial Calleja. Ésta se distinguió por la publicación de gran cantidad de libros de carácter pedagógico y recreativo. Los libros de pedagogía eran entonces escasos, malos y caros. Calleja editó otros basados en las más modernas tendencias pedagógicas europeas. Los llenó de bonitas ilustraciones y los repartió (a veces a costa de su bolsillo) por las entonces paupérrimas escuelas de los pueblos de España. Además publicó libros de texto, literatura clásica, diccionarios, atlas, libros de medicina, higiene, derecho, etc.

Los maestros españoles estaban menospreciados (triste la frase “Pasar más hambre que un maestro de Escuela”). Saturnino fundó y dirigió la revista La Ilustración de España, en cuya cabecera decía: “Periódico consagrado a la defensa de los intereses del Magisterio Español”. Su primer número salió a la calle en junio de 1884. Aquella revista iba acompañada por el boletín El Heraldo del Magisterio, con los mismos fines y las mismas firmas. También creó la Asociación Nacional del Magisterio Español y organizó la Asamblea Nacional de Maestros. Con todo ello se convirtió en el líder indiscutible de los Maestros españoles.

Pero, sobre todo, Saturnino Calleja fue conocido por su ingente producción de cuentos infantiles. Nuestro Museo muestra este mes La Caja de Cerillas; de portada a color, en su interior se ilustra con tres bellos grabados en blanco y negro. La editorial contó con una legión de grandes dibujantes de la época, que llenaron con sus ilustraciones, de magnífica calidad, cada edición de sus cuentos, destacando, sobre todo, Salvador Bartolozzi.

La Editorial Calleja supuso, con su puesta en marcha hace ya más de un siglo, una revolución en el mundo de la literatura infantil y juvenil. Así en una época, como fue finales del s. XIX, en donde la tasa de analfabetismo y la poca renta para acceder a la cultura eran escollos insalvables, la Editorial Calleja creó estos relatos de fácil manejo, que fueron vendidos a unos precios asequibles. Se escribieron y se vendieron a miles de tal forma que se instituyó el famoso dicho popular Tienes más cuento que Calleja.

La línea editorial de Calleja supo aunar el aprendizaje con la diversión. Las situaciones que se narran están llenas de espontaneidad e ingenio y suscitan la hilaridad en el lector. Estas historias huyen de moralinas pegajosas aunque sí fomentan las buenas costumbres y la ejemplaridad.

Los cuentos de Calleja tienen letra pequeña,  algunas ilustraciones en blanco y negro y un contenido divertido, siendo su lectura amena y rápida. Algunos ingeniosos y originales títulos  como Triquiñuelas, ¡Abracadabra!, El tío Zanguano, La Alcuza Malaschinches, Los polvos de Don Perlimplín, Las tres preguntas, Chin-Pirrí.Pi-Chín, etc. seguro que traerán más de un recuerdo a muchos de nuestros lectores.

Una nevera, Pieza del Mes agosto 2007

El antecesor del actual frigorífico era un armario de madera, aislado, en el que había un compartimento superior, donde se colocaba la nieve, de ahí el nombre de nevera; en la parte inferior se introducían los alimentos.

Antiguamente la nieve se conseguía de pozos construidos para tal fin. En nuestra localidad se ubicaba en la Coutada do Ventoso, próxima a Ramapallas. De él dice González Rodríguez en su artículo de Ferias y Fiestas de Olivenza, del año 1996, que por sus propiedades y estructuras es una obra única en su especie. Edificado entre 1845 y 1855, presenta muros de más de un metro de espesor, cúpula de 5´50 metros de diámetro y altura de unos 10 metros. En ellos se almacenaba el producto en capas de 40-50 cms de grosor, separadas entre sí mediante paja.

La nevera o frigorífico, tal y como la conocemos hoy día, tiene sus orígenes con Jacob Perkins, quien patentó la máquina de comprensión de vapor en 1834. No obstante, los primeros frigoríficos domésticos aparecieron, en 1911, en Fort Wayne, Indiana, de la mano de General Electric Company, aunque su producción en masa no empezó hasta después de la 2ª Guerra Mundial.

La pieza que exhibe el Museo presenta puerta frontal, por donde se introducían los alimentos, y otra superior, donde existía una bandeja para depositar la nieve.

Una sombrilla años 20, Pieza del Mes julio 2007

Los diccionarios y fuentes literarias recogen el término quitasol para referirse al objeto que protege del sol. Así, María Moliner registra la voz sombrilla como utensilio de la forma de un paraguas, generalmente de telas de colores vivos y con dibujos usado para protegerse del sol. Incluso, en El Quijote, Cervantes no renuncia  a la presencia de este objeto en uno de los episodios.

El origen de la sombrilla nos conduce a Oriente. Desde allí llegó a Europa probablemente a través de los jesuitas.

Independientemente de su carácter utilitario, la sombrilla se presenta como un objeto de destacado valor estético, ya que tanto la cubierta como el bastón requieren una cuidada elaboración en la que intervienen diversos y delicados materiales. Aunque en su origen el parasol fue usado por hombres y mujeres, a partir del s. XVIII se destina exclusivamente para uso femenino. Sin embargo, durante todo el siglo XIX se generaliza y se hace inseparable del traje al que acompaña, evolucionando de forma paralela.

Las normas de elegancia y del decoro a lo largo del s. XIX se ocuparon de regular el uso de la sombrilla. En el caso de hacer una visita, la sombrilla no se dejaba en la antecámara, mientras que los paraguas sí, aunque estuvieran secos.

Además de las normas de conducta debían tenerse presente otros aspectos asociados a la elegancia. La sombrilla debía elegirse de acuerdo al conjunto del traje y sobre todo seleccionar un color que sentara bien al rostro, sin olvidar la armonía entre este instrumento y el sombrero. Junto con el abanico y el pañuelo, la sombrilla contó con su propio lenguaje: todo un código gestual, expresión de distintos estados del alma e instrumento al servicio de la seducción más atrevida.

A partir de los grabados de moda de principios del s. XIX se puede seguir la evolución de la sombrilla; las hubo pequeñas y grandes, con mangos cortos y largos, con fondo ocultando la estructura, con encajes, volantes, fruncidos, pasamanerías, plumas, etc.

En 1910 la moda impuso sombreros grandes, y aunque su uso no perjudicó el triunfo de la sombrilla, fue necesario modificar su forma para que no deterioraran los tocados. A partir de esta fecha se observa una notable influencia oriental en los parasoles, caso de la cubierta plana, bastante más práctica. Poco a poco esta tipología se impone y los mangos se acortan. Sombrillas de algodón, en cretona estampada de vivos colores resultaron las más vistosas durante la década de los años veinte. A este período pertenece la que el Museo exhibe este mes. Consta de 16 varillas cubiertas por tejido de algodón con estampado de flores en tonos malva, rosa y granate. El bastón se remata en una empuñadura con motivos vegetales tallados. Procede de la localidad cacereña de Monroy.

Una máquina de coser, Pieza del Mes junio 2007

La acción de coser data de muy antiguo. Hace unos 40.000 años esta labor se realizaba con agujas de hueso o marfil; a lo largo de las diferentes etapas de la historia se emplearon otros materiales. La Revolución Industrial trajo consigo la mecanización del sector, no obstante  coser a mano siempre ha existido, de la mano de sastres y costureras, quienes agrupados en gremios, solían desarrollar su labor en una de las dependencias de su casa.

En 1830  un sastre francés Barthelemy Thimmonier  dio vida a una máquina de coser  que podía dar doscientas  puntadas por minuto.

Las primeras máquinas carecían de pedal, siendo accionadas con la manoa. Con el tiempo se les acoplaría dicho pedal.

En cuanto a su diseño digamos que difiere según los países de origen y la moda del momento. Así, la casa  Seidel & Naumann, presenta una forja un tanto barroca y un mueble en forma de violín, mientras que la creada por Jones Serpentine imita el cuerpo de una serpiente.  A esta máquina   se le  incorporan accesorios para hacerla más manejable y transportable, caso del mueble de madera y el  pedal.

En España tuvo su momento álgido tras la Guerra Civil, convirtiéndose las amas de casa en importantes productoras de ropa para toda la familia.

El Museo expone como pieza del mes este ejemplar de la casa SEIDEL&NAUMANN. Bruno Naumann comenzó a producir máquinas de coser en Dresden, Alemania, en agosto de 1868. Para expandir su empresa contó con la ayuda financiera de Emil Seidel, desde 1872. Aunque la unión fue corta, el nombre de la marca permaneció inalterable y en continua expansión, valga como ejemplo que en 1906 produjo unas 100.000. La que se exhibe es de color negro, decoración dorada, rueda a la derecha y dos portabobinas. Apoya sobre mesa rectangular con dos cajones y plataforma abatible en su lado izquierdo, sostenida por patas de hierro. Presenta rueda y pedal inferior, así como una tapa con el nombre de la casa comercial.

Un bastón-estoque, Pieza del Mes mayo 2007

La definición que el diccionario hace de bastón es: Vara de una u otra materia, por lo común con puño y contera, y más o menos pulimento, que sirve para apoyarse al andar. La vara, el cayado y el garrote han servido para apoyarse no sólo físicamente sino también moralmente. La vara de mando es tan antigua como las civilizaciones de Egipto y Mesopotamia. Representando autoridad, era complemento indispensable de algunos uniformes y personajes.

El bastón ha tenido desde antiguo todo tipo de usos y funciones: desde la más conocida, que es servir de ayuda al cuerpo que anda cansado hasta la de arma de defensa. En la actualidad está muy generalizado y se lleva como adorno o por comodidad, excepto los que representan una jerarquía civil o militar.

Este objeto tuvo su época dorada a finales del s. XIX y principios del s. XX, pudiéndose agrupar en tres categorías: de paseo, profesionales y de armas.

Dentro de este tercer grupo podemos encuadrar la pieza elegida por el Museo para el mes de mayo. Se trata de un bastón-estoque realizado en caña y madera que guarda en su interior una larga hoja de acero con decoración y leyendas grabadas en ambas caras: NO ME EMBAINES [sic] SIN HONOR / NO ME SAQUES SIN RAZÓN.

La construcción de los bastones-armas se inició a comienzos del s. XVI especialmente entonces ocultaban armas blancas, cuchillos o espadas, reconvirtiéndose en el s. XIX en armas de fuego. Como dato curioso podemos decir que el bastón-estoque se menciona ya en El Quijote, en el capítulo 21: Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos sucesos.

Esta modalidad de bastón es más frecuente de lo que se pudiera imaginar. Tradicionalmente se ha considerado un arma “elegante”, quizá por su uso en películas que hoy son consideradas clásicas, como Gilda, pero su uso no deja de ser peligroso, aunque no más que cualquier sable, florete, catana o similar.

 

Una tinaja, Pieza del Mes abril 2007

La industria tinajera en la cultura mediterránea se conoce desde la Edad de Bronce. Los dolium romanos sirvieron para almacenar líquidos y grasas. Con el transcurrir de los siglos, éstas fueron aumentando su capacidad, llegando a sobrepasar las 100 arrobas y, en el último tercio del XIX, las 700.

Para fabricar una gran tinaja, el primer paso era conseguir el barro que se llevaba al cuarto del obrador, donde se hacía el fondo sobre banquetas. Sobre esta tapa, el artesano, tirando del barro, va superponiendo los rollos; cuando la tinaja alcanza cierta altura, se monta un andamio para continuar. Por último, se da forma a la boca. Termina el proceso en el horno, una construcción de mampostería de seis o siete metros de altura, con cúpula achatada de ladrillo. Tras veinticuatro horas cociendo, las tinajas se dejaban enfriar de tres a cuatro días. A continuación se repasaban y fregaban para darles un baño de pez, si su destino era contener vino, o de sebo, si su fin era recoger aceite.

La tinaja que se expuso como pieza del mes, fechada en 1813, fue obra del portugués João Mourato. Ésta ha sido dado de baja al sufrir graves desperfectos. La que mostramos, similar a la anterior, de forma esférica, presenta la fecha de 1815 y una cinta incisa que recorre su cuello. Se empleó para fermentar el vino.

Olivenza fue importante centro de alfarería, cuyo gremio se localizaba en la rua dos Oleiros, actualmente Díaz Brito.

Pieza del Mes marzo 2007: Torno de expósitos

El 11 de junio de 1525, un canónigo de la Catedral de Salamanca llamado Alonso Fernández de Segura, natural de Burguillos del Cerro, dispuso en su testamento que se fundase en dicha localidad un convento de monjas de la Purísima Concepción, que tuviera anejo un hospital para pobres sanos o enfermos, cuya existencia estuviese a cargo de dichas monjas. Según los escritos de aquella época, el 28 de junio de 1532 el convento ya era una realidad, considerándose uno de los más importantes de la zona.

Pieza curiosa de este convento es el torno que exponemos este mes. Se trata de un armazón giratorio compuesto de varios tableros verticales que concurren en un eje, y de un suelo y un techo circulares, que se ajustan al hueco de una pared. Servía para pasar niños expósitos u objetos de una parte a otra, sin que se vieran las personas que los daban o recibían.

En Olivenza, ciudad fronteriza, existieron dos tornos, uno de ellos ubicado en la Santa Casa de Misericordia, Institución a la que, por mandato real, competía el cuidado y atención de estos niños abandonados hasta cumplir los siete años. Nada más recibirlos, la Junta Directiva de este organismo  buscaba amas de expósitos, a las que se pagaba por amamantar a los bebés. En el valioso archivo de la Santa Casa se descubre el elevado número de niños abandonados que por ella pasaron y, como anécdota resaltar que algunos de ellos llevaban algún tipo de contraseña (medallas, escapularios, en ocasiones, cartas partidas cuyo borde debían encajar, descripción de la ropa, un mechón de cabello de la madre,etc) todo ello con el objeto de poder retirar al menor en el futuro. Junto al torno había siempre una persona destinada a recibirlos, acudiendo rápidamente al sonido del timbre, campanilla u otra señal cualquiera para recoger a la criatura.

Actualmente, estos tornos se utilizan, principalmente, para la venta de productos de repostería elaborados por las propias religiosas. Éstas compaginan la misión que la iglesia les ha encomendado con el trabajo productivo. Las labores de repostería aportan unos ingresos que cubren buena parte de las necesidades de muchos conventos.

Una faja, Pieza del Mes febrero 2007

El imperativo de la moda ha llevado a lo largo de la historia a que las mujeres soporten artilugios inimaginables para alcanzar una figura estilizada. Desde los conocidos corsés hasta el wonderbra, muchas son las prendas que se han inventado para conseguir moldear el cuerpo femenino.

A mediados del siglo XIX surge un nuevo canon, propio del mundo romántico, que marca  la cintura y resalta el busto mediante un corsé. En Francia el gremio de sastres era el que hacía los corsés, porque se necesitaban unas manos muy  fuertes para coser las varillas. A partir de 1866 se transforma la silueta femenina anulando los  grandes artificios y vistiendo un ahuecador a la altura de los riñones.  En 1898 la silueta es más flexible y ligera: falda campana y cintura de avispa.  Es la línea en “ese”. Comienza el siglo XX con traje de talle de avispa.  En la indumentaria tradicional el corpiño ceñiría el busto de la fémina. A medida que la mujer empieza a cambiar su estilo de vida, desaparece el incómodo corsé y se buscan prendas más funcionales.  Hacia 1950  surge el ceñidor de avispa,  prenda fabricada en tul elástico.

La pieza que se expone tenía como finalidad ajustar y moldear la cintura. Va reforzada con varillas como los corsés y se cierra con una fila de botones en el lado derecho y cintas en el izquierdo para graduar la presión. Se reconocen unos ligueros para sujetar las medias sólo en la parte delantera, cuando lo habitual era que llevara cuatro: dos delante y dos detrás. Quizás se hizo así para que fuera más cómodo. Está realizado en tela de algodón y cosido a máquina.  Donada al Museo por Confecciones La Manola, puede fecharse en la década de 1930.

Un diábolo, Pieza del Mes enero 2007

Los juguetes son parte de nuestras vidas. Desde los más humildes a los más perfectos y lujosos, todos son deseados y disfrutados por los niños. Los mejores recuerdos de nuestra infancia casi siempre se asocian a aquellos juguetes con los que tan buenos ratos pasamos y que, en algunos casos, aún conservamos.

¡Yo tuve uno como ése! Esto exclamarán los adultos que contemplen la pieza que este mes expone el Museo.

Se trata de un diábolo, juego inventado en China hace 2000 años. A Europa llegó de la mano del embajador inglés a finales del s. XVIII. Alcanzó gran éxito entre la sociedad inglesa. En Francia, recibió igualmente, una gran acogida.  Se consideraba un juego tan competitivo que en 1810 se constituyeron diversos clubes en París, celebrándose competiciones donde hoy están los Campos Elíseos. La moda llegó al punto de que en la Corte de Napoleón I se jugaba con diábolos hechos de madera maciza.

En 1906 un inventor francés, Gustave Phillipart, presentó un diábolo hecho con dos copas de metal y los bordes protegidos con caucho de neumáticos viejos; era el origen del diábolo moderno. Numerosos escritos, narraciones y tarjetas postales muestran que se jugaba con él en todas partes y por casi todas las clases sociales. Más tarde el diábolo sólo aparecerá en los escenarios de los teatros.

Considerado como un juego malabar, está formado por dos semiesferas huecas (normalmente de caucho) unidas por su parte convexa por medio de un eje metálico. El juego, como todos sabemos, consiste en hacer girar este objeto sobre sí mismo impulsándolo con una cuerda sujeta a dos bastones (madera o metal). Se caracteriza porque sólo trabaja una mano,  la mano hábil, mientras que la no hábil se mueve en función de los movimientos de la otra, dejando o recuperando cuerda (para que el diábolo pueda realizar figuras o bien para que no choque con el suelo). La medida afectará tanto a la velocidad como a su equilibrio. Así, un diábolo pequeño girará muy rápido, pero tendrá poco equilibrio, al contrario que uno grande. La medida de la cuerda es personal, pero la correcta se corresponde con la distancia que hay entre el suelo y el pecho del diabolista. El que exponemos tiene un tamaño bastante reducido, lo que indica que fue utilizado por niños de corta edad.

Hacia 1980, gracias al uso de la tecnología, a los materiales y a la investigación y precisión de los fabricantes, empezó una nueva era para el diábolo. Ello permitió que cada vez más malabaristas y aficionados hicieran cosas extraordinarias con estos extraños y bellos objetos voladores transformándose este juego en un arte espectacular. Como juego infantil, hoy día forma parte del recuerdo o de los fondos de algún museo.