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Un talochero, Pieza del Mes mayo 2010

El oficio de zapatero es casi tan antiguo como la humanidad puesto que, aunque entonces no se consideraba como tal. Se originó cuando la necesidad llevó al ingenio humano a crear una protección para los pies.

Dentro de los avances que se produjeron durante la Edad de Piedra encontramos que, la confección del calzado, de manera muy rudimentaria, era una labor que desempeñaban las mujeres. Posteriormente, conforme evolucionaba la civilización, dentro de cada clan se produjo una división de los trabajos que conduciría a la especialización que podemos considerar como oficios.

Es en la Edad Media, alrededor de los siglos X y XI, cuando se produce un cambio decisivo en la historia del oficio: los zapateros se agruparon en cofradías que velaban por sus intereses. Al igual que otros trabajadores se congregaban en la misma zona e instalaban sus talleres en calles secundarias próximas al centro de la ciudad. Testimonio de ello es la pervivencia, en muchas ciudades modernas, de calles que aún siguen siendo nombradas según el trabajo que en ellas se realizaban: zapateros, herreros, carniceros….

Tras la transformación de las cofradías en los gremios medievales, a finales del siglo XI, se documenta una férrea organización de los talleres que se regían mediante una normativa muy estricta. Los maestros zapateros urbanos llegaron a tener una vida bastante opulenta, mientras que los más pobres se agrupaban en zonas rurales confeccionando calzado sencillo para los campesinos. También existían los zapateros ambulantes que llevaban el taller consigo trasladándose entre distintos núcleos rurales.

A mediados del siglo XIX la industrialización de los procesos de producción de calzado, gracias a la nueva maquinaria, fue eminente y los zapateros artesanos casi quedaron relegados a la categoría de “zapateros remendones” o de reparación de calzado usado.

Los zapateros que actualmente trabajan en talleres tradicionales, cortan, clavetean y cosen los zapatos con procedimientos casi idénticos a los de sus predecesores hace 2000 años, y sus herramientas tampoco se diferencian de las que observamos en antiguas representaciones.

Dentro del grupo de herramientas figura la de los yunques, entre las que hay una variedad con la forma de la puntera llamada talochero. El Museo expone este mes uno de ellos. Se trata de un pequeño yunque de hierro fundido, en forma de C por lo que también recibe el nombre de cuello de cisne. Tiene dos profundos surcos en cada costado y el extremo rematado en una puntera. Está clavado en una alta pieza de madera, troncocónica, con una base cuadrada; ésta  se refuerza con dos arandelas de hierro en ambos extremos. Lo usaba el zapatero situándolo entre las rodillas.

Un sagrario, Pieza del Mes abril 2010

El Sagrario es la urna donde se guardan las Sagradas Formas.

Ya en las Constituciones Apostólicas se dice que las especies consagradas durante la Misa deben llevarse a un local adecuado, denominado secretarium o  sacrarium. Sus llaves  estaban en manos de los diáconos, a quienes competía la administración de la Eucaristía. En dichos locales, la Sagrada Forma se colocaba en un cofrecito o en una tela blanca de lino, todo ello guardado en un armario, siendo éste el primer tabernáculo.

De los anteriores, de pequeñas dimensiones, se pasó a otros que, desde el siglo IX, fueron alcanzando un tamaño notable.

A partir del siglo XI se descubren diferentes tipos de custodias del Santísimo Sacramento, como el tabernáculo mural, que se situaba al lado del altar. Tras el Concilio Vaticano II comenzó a ubicarse sobre el altar. Desde el siglo XV el sagrario se añadió al retablo, formando parte de ellos y tallado según el estilo del momento.

Es curioso reseñar como en los templos oliventinos el sagrario se encuentra en el centro del retablo, en su parte inferior, pero también se localiza en el camarín, en la zona superior que remata la grada que, a veces, servía para colocar la Custodia.

Actualmente se dispone que el Sagrario se coloque en una parte de la Iglesia que sea bien visible y apta para la oración.

El Sagrario que expone el Museo es de forma rectangular, rematado con frontón curvo coronado con cruz griega y adornado con arcos ojivales apuntados. En su parte frontal, una puerta flanqueda por dos columnas, se observa cáliz dorado y cerradura.

Una mantilla, Pieza del Mes marzo 2010

La mantilla es una prenda popular española consistente en un elegante tocado femenino de encaje.

Aunque el origen no es del todo bien conocido, se cree que los primeros velos y mantos que utilizaban las mujeres como adorno y prenda de abrigo, son el origen de las primeras mantillas conocidas. La evolución de esta prenda estuvo marcada por factores sociales, religiosos e incluso climáticos. Estos últimos eran visibles en el tipo de tejido utilizado para su confección. En la zona norte se empleaban telas tupidas con una finalidad clara: servir de abrigo; en el sur, se utilizaban fibras con fines meramente ornamentales, como la seda.

Fueron las clases populares las primeras en emplear la mantilla, sin arraigo entre la aristocracia. Comenzaron a usarse sin peineta, a modo de abrigo y no  como elemento ornamental.

En el siglo XVII ya era habitual utilizar la mantilla de encaje como prenda distinguida, sustituyendo, poco a poco, el paño por los encajes. Sin embargo, su uso no se generalizó entre las clases más altas hasta bien entrado el siglo XVIII  como se aprecia en numerosos cuadros de Goya.

La reina Isabel II (1833-1868), muy aficionada al uso de tocados y diademas, empieza a popularizar su uso, costumbre que pronto adoptan las mujeres más cercanas a ella. Las damas cortesanas y de altos estratos sociales comienzan a utilizarla en diversos actos sociales, lo que contribuye, en gran medida, a darle un aire distinguido, tal y como ha llegado a nuestros días.

Actualmente la reina Sofía y sus hijas también acostumbran a llevarla cuando van vestidas de gala.

En el siglo XX, la mantilla fue perdiendo popularidad, salvo en algunas regiones donde tardó en desaparecer. Hoy en día perdura esta costumbre y es más fácil ver mantillas en el centro o sur de nuestro país que en la zona norte. Actualmente,  su uso ha quedado restringido a determinados eventos como procesiones de Semana Santa, bodas de gala o  los toros.

La mantilla deberá contar con el largo adecuado a cada persona; por su parte delantera, con un largo hasta la altura de  las manos y, por detrás,  unos dedos por debajo de la altura de la cadera. Para evitar el vuelo de la mantilla, es conveniente sujetarla al vestido de forma discreta (generalmente por los hombros). Pueden ser de blonda, de chantilly y de tul.

En cuanto a la peineta, debe estar en consonancia con la altura de quien la lleva y a la de su pareja, si va acompañada. Debe ajustarse bien al moño y cubrirla de forma correcta y bien equilibrada con la mantilla. Detrás se coloca un broche para fruncirla y que no vaya suelta.

Un jarrón florero, Pieza del Mes febrero 2010

Es posible que el origen de la manufactura del vidrio se encuentre en artesanos asiáticos que se establecieron en Egipto. Durante la época helenística, este país se convirtió, gracias a la producción de Alejandría, en el principal proveedor de objetos de cristal a las cortes reales. No obstante, digamos que fue en las costas fenicias donde se desarrollo el vidrio soplado, en el siglo I a.C. Tras la dominación romana, esta técnica se extendió por todo el Imperio.

Uno de los productos estrella realizado en vidrio fue el jarrón con la finalidad de ser utilizado como florero o simplemente como elemento decorativo, llegando incluso a convertirse en parte de la historia de algunos países, caso de Colombia, con su famoso episodio del florero de Llorente, también conocido como La reyerta de 20 de julio de 1810.

Digamos también que los primeros jarrones se trabajaron en barro, posteriormente en porcelana, un claro ejemplo de esta tipología son los de la dinastía Ming, obtenidos mezclando arcilla blanca con piedra molida, sin olvidar los ejecutado en metales como bronce. Cobre y oro.

Durante este mes, el Museo exhibe este jarrón florero de vidrio, ligeramente ahumado, decorado con rocallas y motivos florales, todos ellos pintados a mano.

Un juego de Bingo, Pieza del Mes enero 2010

Existen diferentes versiones sobre el verdadero origen del Bingo. Se sabe que es un juego antiguo que ha entretenido a cientos de generaciones en todo el mundo.

Unos consideran que se originó en la época romana, otros que en la Italia del s. XVI, como una lotería llamada “Lo Gioco de Lotto. Se jugaba principalmente por el pueblo, en las ferias. El mecanismo y las reglas eran básicamente las mismas que las de hoy en día. Unos 200 años más tarde, el bingo se trasladó a Francia. Aquí ya no era el pueblo quien jugaba sino la aristocracia, la gente más cercana al poder. Al llegar a Alemania, adoptó un sentido educativo además del mero entretenimiento.

Cuando el juego llegó a España y a México, adoptó características propias a estas culturas. A los EEUU llegó en 1929. En este país se jugó por primera vez en Atlanta y, como había ocurrido en los demás países, comenzó a ser muy popular.

Sobre el nombre de este singular juego hay muchas leyendas. Una de ellas da cuenta de que la palabra bingo surgió a finales del s. XIX en Gales, donde un grupo de trabajadores de las minas, que prácticamente no tenían dinero ni para comer, apostaron en tarjetas muy precarias, marcando los números sorteados con habas (Bean, en inglés). Aquel que ganaba se llevaba todas las habas recolectadas en las tarjetas de todos los mineros. O sea, el victorioso podría llevar un saco lleno de habas para casa, y así nació la expresión “bean go” para sugerir que las habas iban hacia el vencedor.

Las herramientas del juego consistían en habas secas, unas piezas de gomas con números y algunas tarjetas. Un vendedor de juguetes de Nueva Cork llamado Edwin Lowe captó la fascinación de los jugadores al gritar “¡beano!” cuando completaban una línea de sus tarjetas. Lowe introdujo el juego para sus amigos en Nueva york donde uno de ellos por error dijo espontáneamente “¡bingo!” en su exaltación. El bingo de Lowes, el iniciador del juego “Lowes Bingo”, buscó los servicios de un profesor de matemáticas de la Universidad de Columbia, Carl Leffler, para ampliar la cantidad de combinaciones. En 1930, el profesor creó 6000 tarjetas de bingo con grupos de números no repetidos.

Sea cual sea el verdadero origen de su nombre, el Bingo, desde su aparición, ha llevado a familias enteras a los salones, inclusive a los lujosos casinos, como los de Monte Carlo y se transformó en una prometedora industria global de entretenimiento y ocio.

El bingo es un juego con reglas bastante simples. Un moderador “canta” los números que salen al azar y los jugadores los van marcando en los cartones que hayan comprado. Se tienen dos opciones, la primera es la posibilidad de formar “línea”, que se obtiene cuando alguno de los jugadores logra completar todos los números de una línea determinada. La otra opción es el “bingo”, que se gana cuando se completan todos los números del cartón.

El museo este mes expone un juego de bingo pero más rudimentario. Datado en 1917, consta de 23 cartones agrupados por colores y con 15 números cada uno. Las fichas, un total de 90, son de madera, con el número manuscrito por las dos caras. Estas se metían en una talega o saquito de donde se iban sacando para llevar a cabo el juego. En este caso puede considerarse un juego meramente infantil.

Un belén, Pieza del Mes diciembre 2009

El belén, también denominado nacimiento, misterio, pesebre o portal, sirve para representar el nacimiento de Jesucristo, durante la Navidad, en hogares e iglesias.

La primera celebración navideña en la que se montó un belén fue la Nochebuena de 1223. Corrió a cargo de San Francisco de Asís en una cueva próxima a la ermita de Greccio, en Italia. Allí se celebró una misa nocturna donde destacó la representación simbólica de un pesebre. No obstante, digamos que existen antecedentes de esta representación plástica del nacimiento de Jesús en catacumbas, iglesias y otros lugares relacionados con el culto cristiano.

El montaje de belenes se consolidó como tradición en Italia gracias a los monjes franciscanos, quienes lo usaron como elemento de predicación, no sólo en Europa sino también en América.

En España su gran difusor fue el rey Carlos III, antiguo rey de Nápoles. Esta tradición contó con importantes artistas españoles que tallaron figuras del belén caso de Luisa Roldán o Francisco Salzillo.

Existen gran variedad de belenes; se pueden clasificar atendiendo a su montaje, abiertos o cerrados; a su técnica, populares o artísticos; al estilo de sus figuras y paisajes, bíblicos, locales o modernos. Atendiendo a lo anterior, el que exhibe el Museo, como pieza del mes de diciembre, es de estructura cerrada, pues se recoge en maqueta de madera, dejando como única vista su parte frontal; es de tipo popular, elaborado con materiales populares como corcho, papel plateado y barro; de carácter bíblico ya que recrea personajes, enseres y costumbres del nacimiento de Jesús.

Este Belén,  junto con otros cuatro, está expuesto en la Sala de Arte Sacro formando parte de la exposición permanente.

Un calentador de camas, Pieza del Mes noviembre 2009

Desde tiempo remotos el ser humano ha utilizado el fuego para calentarse en los fríos días de invierno; a su alrededor se han ido agregando dispositivos para mejorar el rendimiento y también la estética, pasando desde una hoguera hasta los más sofisticados sistemas modernos.

Los arquitectos romanos crearon el primer sistema de calefacción central: el hipocausto. Consistía en una cámara de aire sobre pilares de ladrillo, oculta bajo el pavimento, que junto a un circuito de tubos de barro cocido, incrustados en las paredes, distribuían por radiación el calor que se producía, mediante combustión, en un horno exterior o subterráneo. Este método se utilizó en las termas pero también en las casas de familias adineradas romanas, y de él son herederas las llamadas glorias que continúan en uso hoy en día, o las más revolucionarias instalaciones de calefacción radiante.

Durante la Edad Media estos medios complejos cayeron en desuso, adquiriendo mayor popularidad los grandes hogares situados en el centro de las estancias. Algunos de éstos tenían una gran pared de arcilla y ladrillo, que absorbía calor y volvía a irradiarlo cuando el fuego del hogar empezaba a apagarse.

A partir de la Revolución Industrial, la calefacción doméstica experimentó un gran avance con la introducción del vapor, que era conducido a través de tuberías en un efecto similar al hipocausto. Sin embargo, fue un recurso restringido a edificios públicos y grandes mansiones, por lo que en las casas del ámbito tradicional, que es el que nos ocupa, debían ingeniárselas con otros métodos.

En todas las casas existía un hogar situado en la cocina que proporcionaba a esta habitación el mejor sistema de calefacción; el problema era calentar el resto de la vivienda. Ya hemos mencionado las denominadas glorias, aunque a decir verdad pocas casas contaban con este sistema y para calentar las habitaciones se recurría a los braseros. A finales del s. XIX aparecen las estufas de hierro fundido para carbón y leña, que por su mayor seguridad se implantan en el ámbito doméstico y en el público, caso de escuelas y oficinas.

El combustible básico fue la leña, a la que se le une el carbón vegetal, y no es hasta finales del s. XIX cuando aparece el carbón mineral y el gas, y ya en el XX la electricidad.

El momento del día en el que era más importante el calor era el de ir a la cama, ya que introducirse entre las heladas sábanas se nos antoja muy poco apetecible. Para templarlas se empleaba un utensilio llamado calentador que utilizaba los restos de la lumbre o los braseros para su función.

Este objeto, que es el que se expone en el Museo durante el mes de noviembre, es un recipiente cóncavo, por lo general de hierro, cerrado con una tapa perforada que llega a tener una decoración muy elaborada, y provisto de un largo mango. Se llena de brasas y se hace pasar entre las sábanas hasta caldear su interior.

Un cómic “Pumby”, Pieza del Mes Octubre 2009

Pumby fue una revista de historieta española publicada por Editorial Valenciana entre 1955 y 1984, con un total de 1204 números. El personaje principal, al que dio vida José Sanchís Grau, y  que da nombre a dicha revista es un gato negro con hocico blanco de grandes ojos y orejas puntiagudas. Sus compañeros de aventuras son la gatita Blanquita y el profesor Chivete. En ella se recogieron otras historietas dibujadas por la mayoría de autores de Jaimito.

Pumby se convirtió en el tebeo más importante del mercado infantil español, con un formato inicial de 26 x 18 cms, una periodicidad quincenal y 19 páginas. Todo por un precio de dos pesetas. En 1958 adquirió periodicidad semanal. Todo ello le permitió obtener el Premio Nacional de Revistas para niños en 1963, 1965 y 1975.

José Sanchis Grau, su creador, inició su carrera profesional en el mundo de los tebeos, en 1948, con tan solo dieciséis años; poco tiempo después comenzó a trabajar en la revista Jaimito de Editorial Valenciana. En 1954, en el número 260 de dicha revista, apareció su creación más destacada: el gato Pumby. Sus aventuras se desarrollaban en cualquier período, tanto en nuestro planeta como  en el espacio exterior, en mundos fantásticos,  donde las plantas, las nubes o los minerales hablaban. Tal fue el éxito de este tebeo que generó la publicación de Super Pumby, en 1959.

Para Juan Antonio Ramírez, Pumby fue una revista de calidad capaz de plantar alternativas a la todopoderosa Disney.

El Museo expone como pieza del mes el  número 348 de mencionada revista, en la  que  se puede leer Premio Nacional de Revista para niños, el precio, 3,50 ptas, el año X y la firma de J. Sanchís.  En la parte inferior derecha, junto a la rúbrica, aparece  un personaje con la revista Jaimito en la mano.

Una revista “La Codorniz” (1953), Pieza del Mes septiembre 2009

La revista La Codorniz ha sido, sin duda, el semanario de humor de más fama y repercusión del s. XX. Apareció el 8 de junio de 1941, con un formato de 26×35 cm., con 24 páginas impresas a dos colores, y al precio de 50 centimos.

Se autoproclama La revista más audaz para el lector más inteligente, y posteriormente Decana de la prensa humorística.

Fue fundada por Miguel Mihura, aunque su sucesor en la dirección, en 1944, fue el escritor Álvaro de la Iglesia.

Durante su primera época (1941-1944) su humorismo innovador, surrealista, absurdo y desconcertante provocó irritación y entusiasmo irreprimible por partes iguales.

Con Álvaro de la Iglesia, a partir del nº 148, se inició la etapa más fecunda de la publicación. Aumentó su tamaño a 28x38cm. Nombró su segundo a Fernando Perdiguero, incorporó un nuevo plantel de dibujantes integrado por Nácher, Goñi, Mingote, Gila, Tilu, Chumy Chúmez. Aumentó el equipo de escritores dando entrada a Rafael Azcona, Ángel Palomino, Rafael Castellano, Evaristo Acevedo, Óscar Pin, Alfonso Sánchez y la Baronesa Alberta, y fue creando secciones de fuerte impacto.

La Codorniz, que había tenido tiradas de 35.000 ejemplares con Mihura, se estabilizó en los 80.000 semanales, mientras que los extraordinarios mensuales llegaron a superar los 250.000.

Tuvo varios problemas con la censura y sufrió numerosas multas, apercibimientos, y, de modo irremediable, suspensiones en 1973 y 1975.

Lo compacto del equipo que siempre andaba ensayando nuevas fórmulas, la arrolladora personalidad periodística y pública de su director y la firme mano de Perdiguero en la sombra, dieron a la revista una estabilidad en el éxito que había de prolongarse hasta la muerte de éste, en 1970.

Era una revista que solían leer asiduamente personas intelectuales, unas veces en los casinos y otras en su domicilio por haberse suscrito a la misma.

En 1977, después de 33 años al frente de La Codorniz, Álvaro de la Iglesia fue cesado por los mismos que lo habían nombrado en 1944. La dirección de la revista recae en Miguel Ángel Flores, siendo su director espiritual Manuel Summers en compañía de Chumy Chúmez, que regresaba tras el cierre de Hermano Lobo.

Su nueva fórmula a base de destape y descaro nada tenía que ver con lo que antaño fuera el universo de la revista. Los lectores le volvieron la espalda, interrumpiéndose su salida un par de meses en 1978. Adoptó el formato de periódico. Se incorporaron nuevos dibujantes y periodistas.

Una nueva dirección llegó con Carlos Luís Álvarez “Cándido”. Pero La Codorniz abandonada por sus lectores, dejó de publicarse el 11 de diciembre de 1978 con el nº 1898.

La crítica del momento atribuyó el declive y desaparición de la revista a su falta de adaptación al cambio de la sociedad de su tiempo.

El Museo muestra un ejemplar de esta revista perteneciente a la segunda etapa, fechada en 1953, con número 585 y precio de 4 pesetas.

Una lámina ” Los escalones de la vida humana”, Pieza del Mes agosto 2009

A lo largo del mes de agosto, el Museo exhibe, como pieza del mes, una litografía, del año 1906, que relata las diferentes edades del hombre. En el centro se reconoce una escena del paraíso, con Adán y Eva, ésta en actitud de ofrecer la manzana a su compañero. Toda ello se enmarca  por guirnaldas vegetales, sobre las que se reconocen gradas que ascienden y descienden, en las que se ubican las diferentes edades del ser humano, de diez en diez años.

Los escalones de la vida constituye una alegoría de lo que acontece a la persona a lo largo de su existencia. Iconográficamente hablando, digamos que son figuras de principios del siglo XX. El niño que  juega al aro representa la infancia; la juventud estaría encarnada por la pareja de enamorados; la edad viril viene encabezada por  la familia;  la madurez se simboliza  con la imagen de un señor bien vestido con chistera y leyendo el periódico. La cúspide viene marcada por los cincuenta años, nombrados en la litografía como estado estacionario. A partir de ese escalón todos los personajes llevan bastón.  Las  edades se califican como declive, vejez, debilidad,  chochez. En el último escalón leemos: “Dios mío, ten piedad de mi”.