Dos museos unidos por la exposición “Alfarerías extinguidas”

El Museo de Alfarería de Salvatierra de los Barros y el Etnográfico “González Santana” de Olivenza organizan conjuntamente la exposición Alfarerías Extinguidas que presenta una selección de cien piezas de variada tipología pertenecientes, en su mayoría, a la colección del ceramólogo salvaterreño José Luis Naharro.

La muestra ofrece una visión panorámica de la alfarería tradicional española tratando de explicar cómo los profundos cambios en la demanda, la llegada de nuevos materiales y las novedades técnicas producidas en los menajes han provocado una profunda transformación en la alfarería de uso que se traduce, en unos casos, en la extinción de un buen número de centros productores y, en otros, en la desaparición de formas y tipos cerámicos que han perdido su funcionalidad en el momento actual.

La exposición pretende, al tiempo, poner en valor el trabajo en red de dos museos que entienden la importancia de colaborar para dar a conocer materiales que contribuyen a difundir los recursos culturales de nuestra región.

La exposición se inaugurará el 21 de septiembre de 2018 y será clausurada el 18 de noviembre próximo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El grupo ”Saudades” interpretó en el Patio de Armas sus ”Canciones para siempre”

El SÁBADO 22 DE SEPTIEMBRE, a las 22,00 HORAS, en el Patio de Armas del Museo Etnográfico Extremeño González Santana de Olivenza el Grupo Saudades  ofreció un concierto durante el que repasarán un amplio repertorio de canciones populares.

En palabras del SaudadesSiempre hemos estado rodeados en nuestras vidas de innumerables canciones populares que nos acompañan y siempre hay momentos que nos gusta escucharlas, imaginarlas y cantarlas.

De ahí surgió la idea de llevarlas a un escenario, recopilando aquellas que más cerca tenemos en nuestra memoria. Canciones para siempre incluye una selección de bellos y variados temas internacionalmente conocidas.

Con ello se ha pretendido ofrecer al público una gala tranquila y llena de recuerdos para todos los públicos, que seguro disfrutarán, de la mano de Encarna y Carlos Barranco, Mayte Vázquez, Guillermo Orozco y Antonio Reyes, todos músicos profesionales.

 

Una encorchadora manual, Pieza del Mes de septiembre 2018

El vino es una de las bebidas más antiguas que se conocen. Su historia es paralela a la historia de la humanidad. Son muchos los pasajes de la historia en los que el vino se representa como protagonista de eventos importantes.

El primer paso para la vinificación es la vendimia, o recolección de la uva, que resulta ser un proceso delicado ya que tiene que pasar el menor tiempo posible desde su recolección hasta su elaboración. Una vez recogida la uva pasa por una serie de fases como el despalillado, estrujado, primera fermentación y maceración, segunda fermentación o fermentación maloláctica, trasiego, clarificación y filtración, crianza, embotellado y etiquetado.

El embotellado consta de un conjunto de operaciones para el acondicionamiento final del vino con el objeto de realizar su expedición y venta final al consumidor. Uno de los aspectos más importantes es el taponado y encapsulado.

Hace algunos años, en bodegas pequeñas, donde el proceso de embotellado era manual o poco profesional, para insertar el corcho se usaba una encorchadora como la que muestra el Museo. Se trata de una pieza de madera de sección circular con el interior hueco, con una cámara conectada a una barra de madera que se encuentra en la parte superior.

Para su uso se pone en contacto la pieza con el cuello de la botella y se dispone un tapón de corcho en el interior de la cámara, para que, ejerciendo presión o golpeando la barra de madera, introduzca el tapón en la boca de la botella. Para facilitar el proceso se podía remojar el tapón en agua caliente o en líquido, preferentemente vino.

Esta pieza forma parte de los Fondos Antiguos del Museo.

 

Un hierro de marcar, Pieza del Mes de agosto 2018

Desde que el hombre primitivo comenzó a domesticar los animales, sintió la necesidad de marcar el ganado, como distintivo o identificación de pertenencia, para distinguirlos de los de sus vecinos, en caso de que se mezclase, y por evitar el robo.

Hoy en día existen dos razones básicas por las que se debe marcar el ganado, una es para que el dueño lo identifique y la otra es controlar la productividad de las reses. Las marcas están reglamentadas por  ley y deben registrarse.

La marcación a fuego es el método más común y para ello se utiliza un instrumento llamado hierro que se calienta al rojo vivo y se presiona en el ganado.

Uno ejemplo de ellos es el que muestra el Museo. Consta de un mango de madera para evitar la transferencia de temperaturas, permaneciendo frío mientras que el hierro está candente. En el extremo opuesto aparecen las iniciales AV.

Por lo general, esta marca consistía en las iniciales del propietario, aunque no siempre es así, pues, a veces, se recurre al nombre de la finca, a algún juego de palabras con el nombre y/o apellido del ganadero, etc. En caso de que el ganadero pertenezca a la nobleza, puede cargarla con la corona correspondiente a su título; si se trata de ganaderías vinculadas a la Iglesia, con una cruz. Estas dos figuras, corona y cruz, no obstante, son empleadas por ganaderos que no cumplen tal condición, bien porque les guste, bien por alguna relación por lejana que sea, con las normas citadas.

El animal ha de estar inmovilizado y la aplicación debe durar poco tiempo siendo la mejor zona de marcación la que posee una adecuada masa muscular.

El sistema de marcar el ganado, además de que debe ser un método cómodo y fácil, debe ser no dañino para el animal, claro y fácil de identificar, perdurable en el tiempo, difícil de falsificar, marca única y de dimensiones apropiadas, no más de 10 cm.

Esta pieza fue donada al Museo por Francisco González Santana.

Un Frontil, Pieza del Mes de julio 2018

La palabra esparto viene del griego y significa cuerda.

El esparto es una planta herbácea perteneciente a la familia de las gramíneas. Tiene unas hojas largas y duras tan fuerte y resistente que parecen hilo, llegando a alcanzar el metro de altura. Florece de marzo a junio y se recolecta entre julio y agosto.

Desde antes de los romanos, la recolección y cultivo de esta fibra ha tenido gran importancia en la economía de muchos hogares españoles. La manera de cosecharlo, arrancado sus hojas con la ayuda de un palo corto, apenas ha cambiado desde la descripción de Plinio en el siglo I.

Después era tendido en el suelo para su secado al sol, pasando, posteriormente, por una serie de procesos como sumergirlo en agua durante cuarenta días, aplastarlo con mazos para desprender la parte leñosa de la fibra, etc, convirtiéndose, hasta bien entrado el siglo XX, en el soporte básico sobre el que se confeccionaban antiguamente infinidad de útiles domésticos, de labranza y para los animales como alforjas, esteras, serones, cinchos para quesos, capachos, soplillos, cestos, frontiles, etc.

Uno de estos frontiles es la pieza del mes de julio. Se trata de unas almohadillas que se colocan  en la frente de cada buey o cualquier animal de tiro para aguantar la presión que ejerce la soga o coyunda utilizada para sujetar el yugo. Siempre van en pareja con otra exactamente igual que, en este caso, no se conserva. El animal rendía más en el trabajo ya que no sufría tan fuerte la presión de la carga o el roce de la cuerda.

El frontil consta de tres partes, cosidas entre sí, una parte delantera en la que se colocan trenzas cuya función es evitar el desplazamiento de la soga o coyunda que se utiliza para amarrar, una parte central compuesta por una pleita enrollada y cosida y el empaquetado o parte posterior que se corresponde con la zona que está en contacto con la frente del animal, confeccionada con ramilletes de esparto entrelazados mediante costuras y desde donde parten los flecos.

Bueyes con frontiles

Los útiles o herramientas empleados para dar forma a los frontiles son, entre otros, martillo, tenaza, aguja de 27 cm. de longitud, cuchillo, navaja, azuela, mazo de madera, etc.

Su elaboración ha sido llevada a cabo por hombres, dado el esfuerzo que se requiere para tirar de la aguja y golpear con el mazo. El tiempo invertido puede ser de unos seis meses.

Bueyes engalanados con frontiles

La durabilidad del frontil depende de varios factores como el uso, la humedad, los ratones, etc.

Actualmente, su utilización se limita a fiestas, principalmente romerías, en las que se engalana al animal que va tirando de las carrozas.

 

 

Esculturas de Maria Leal y fotografías de Raul Ladeira se dan cita en la exposición ‘NATURALMiENTE’

El 16 de mayo, a las 19,00 horas, en la Sala de Usos Múltiples del Museo Etnográfico Extremeño González Santana de Olivenza, tuvo lugar la inauguración de la exposición NaturalmIente, en la que se combinan esculturas de Maria Leal da Costa con fotografías de Raul Ladeira.

Maria Leal da Costa

Maria Leal vive y trabaja en Marvão, donde tiene su taller en la Quinta de Barreiro. En 2015 la editorial Caminho publicó el libro Maria Leal da Costa-Escultora, en el que se recogen sus 25 años de trabajo.

Es la segunda vez que expone en el Museo de Olivenza, en esta ocasión con obras realizadas entre 2016 y 2017.

Raul Ladeira

Raul Laderia, natural de Portalegre, es considerado como un maestro de imágenes, al que se puede encontrar elaborando un logotipo, un cartel, un cómic o capturando la instantánea más inverosímil. Su objetivo no es otro que compartir con el espectador las cosas que ofrece la vida cotidiana, invitándonos a conocerla para respetarla.

La exposición podrá ser visitada hasta el 24 de junio.

 

La colección Soto de Historia Natural recibe casi 2.700 visitas en el Museo Etnográfico de Don Benito

Entre el sábado 14 de abril y el domingo 27 de mayo de 2018 permaneció abierta al público en el Museo Etnográfico de Don Benito la exposición Colección Soto Pérez Cortés de Historia Natural.

Parte de sus ejemplares han sido expuestos en diversos museos y centros expositivos, como el Centro de Recursos Educativos de la ONCE en Madrid, el Museo de la Naturaleza y el Hombre de Santa Cruz de Tenerife, la Sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Badajoz y el Museo Etnográfico Extremeño González Santana de Olivenza, con un destacado éxito de público e impacto didáctico.

En esta ocasión, junto a ejemplares representativos de las secciones de fósiles, meteoritos y minerales, se expusieron por primera vez la Colección del Mar, integrada por piezas de malacología, corales, esponjas de mar …

Un aspecto de la exposición

Al acto de inauguración acudieron, entre otras autoridades, el propietario de la colección D. José Javier Soto Ruiz, el alcalde, D. José Luis Quintana Álvarez y la concejala de Cultura del Ayuntamiento de Don Benito,  Dª Natalia María Blanco Gómez. Tras la presentación, D. Jesús Martínez Frías, Jefe del Grupo de Investigación del CSIC de Meteoritos y Geociencias Planetarias, Presidente de la Comisión de Geología Planetaria de la Sociedad Geológica de España, Director de Redespa, miembro del Comité Editorial de Ciencia-Espacio de la editorial Kinnamon, impartió la conferencia De los Meteoritos a Marte.

Por la muestra, que visitó Don Benito con la intermediación del Museo de Olivenza, y según informa el Museo de la localidad, han pasado un total de 2.648 personas.

La exposición se alojará en el mes de octubre octubre de 2018 en el edificio Badajoz Siglo XXI de la capital pacense.

Pieza del Mes de abril 2018: Aguaderas

El Museo  ha seleccionado para pieza del mes unas aguaderas de esparto, recordando con ellas el popular y ya desaparecido oficio de aguador.

El reparto de agua es una actividad que hoy resulta innecesaria, pero hubo épocas en las que era absolutamente imprescindible para el desarrollo de los pueblos y ciudades, ya que, hasta bien entrado el siglo XX, muchos de estos núcleos de población no contaban con agua corriente en las casas.

Algunas poseían pozos que, a veces, eran compartidos con la vivienda contigua, ubicándose una mitad en un patio o corral y la otra en el otro. Su agua se utilizaba para la limpieza e higiene personal e incluso para el consumo humano, en la mayoría de los casos.

Al aumentar las necesidades de la población surgió el oficio de aguador cuya labor consistía en abastecer de agua a aquellas viviendas que no disponían de pozos y que, por diversos motivos, sus propietarios no podían acercarse a las fuentes públicas.

El aguador utilizaba como medio de transporte un burro al que le colocaba una estructura o armazón llamado aguaderas. Habitualmente eran de esparto, como la que mostramos, también las había de mimbre e incluso de hierro, y se colocaban sobre el lomo del animal, encima de un aparejo llamado albarda.

En su interior se solían colocar cuatro cántaros, aunque también las había de seis. Siempre era necesario mantener el equilibrio para no derramar el líquido. Estas vasijas  eran de barro, de boca estrecha y ancha barriga, y solían tener una o dos asas.

Los aguadores cogían el agua en las fuentes públicas y la distribuían entre una clientela fija.

La obligación y el esfuerzo que suponía transportarla desde el exterior de la vivienda, influían en el empleo que de ella se hacía. Se destinaba siempre a usos concretos de la casas, y, por supuesto, utilizada sin derroches.

Fuente en el pueblo de San Francisco de Olivenza

En Olivenza, hasta 1966 no llega el agua corriente a las viviendas,  por tanto eran varias las fuentes que abastecían de agua a la población, como la de la Cuerna, la Rala, la del Fuerte, San Francisco, Valsalgado y, más alejadas, las de San Amaro, Mira o San Pablo.

En Madrid, el oficio de aguador estaba reglamentado. Para desempeñarlo se necesitaba una licencia que concedían los corregidores de la villa o bien los alcaldes constitucionales a comienzos del s. XIX, y por la que había que pagar 50 reales más 20 por la renovación anual. Debían llevar en el ojal de la chaqueta una placa de latón con su nº, su nombre y el de la fuente asignada.

A partir de la construcción del alcantarillado y la llegada del agua a los domicilios, este oficio de aguador fue desapareciendo.

La pieza de este mes fue donada al Museo por la familia Garrido Méndez en 1991.

 

 

 

La imaginería del Siglo de Oro sevillano fue objeto de una conferencia en el Museo

El jueves 15 de marzo en la Sala de Conferencias José María Gaitán Rebollo del Museo Etnográfico Extremeño González Santana, Javier Páez impartió una charla-coloquio sobre la formación y evolución de la escuela sevillana de imaginería en el Siglo de Oro, con la que desgranór las claves del proceso por el que esta escuela de escultura religiosa logró un sello de calidad y autenticidad de tal calibre que, incluso hoy, influye e inspira a los creadores contemporáneos. 

Páez realizó un recorrido por la historia de la imaginería hispalense desde la conquista de la ciudad por Fernando III en el siglo XIII hasta el siglo XVIII, repasando la obra de grandes imagineros sevillanos como Juan Martínez Montañés, Juan de Mesa, Pedro Roldán, José de Arce o Francisco Ruiz Gijón.

Javier Páez Catalán nace en Sevilla, en 1980. En la Universidad de esta ciudad, se licencia en Bellas Artes, en la especialidad de Conservación y Restauración de Obras de Arte, en el 2003. Un año más tarde aprueba las oposiciones al cuerpo de profesores de Enseñanza Secundaria en la especialidad de Dibujo. A su labor de profesor se une su participación en exposiciones, el diseño de carteles y la ilustración de libros.

Desde 2006 reside en Olivenza, impartiendo clases en el Instituto San Ginés de Villanueva del Fresno.

Pieza del Mes de marzo 2018: Portapaz

Entre los objetos litúrgicos que  figuran en la sala de Arte Sacro encontramos uno llamado portapaz, verdadero  signo litúrgico y protagonista del ósculo de la Paz.

Ósculo significa acción que permite expresar cariño, amor o respeto. Este término tiene una gran importancia en el ámbito de la religión cristiana. Ésta propone la práctica del ósculo Santo como expresión del amor de Dios al prójimo. En este caso, el beso propuesto por la Biblia, debe estar ausente de romanticismo, ya que se trata de un símbolo de pureza, de unidad, sinceridad y amor como partes imprescindibles de la hermandad cristiana.

Esta práctica se llevaba a cabo utilizando el portapaz. Aunque tuvo su origen en la Edad Media, fue en los siglos XVI y XVII cuando se generalizó su uso, empezando a decaer a principios del siglo XIX.

En un principio, el rito era una acción reservada a los ministros de la iglesia, es decir, el sacerdote daba la paz a quien oficiaba de diácono y este a los demás ministros, solo en caso de Misa solemne el pueblo participaba someramente de este rito a través del llamado portapaz.

Se trata de una pieza que puede ser de metal, marfil, cristal, etc., de forma más o menos rectangular, que suele adoptar la tipología de retablillo, con un asa detrás para sostenerlo cuando se da a besar a los fieles.

Por delante presenta una imagen devocional habitualmente una Crucifixión o un Calvario, en el que la Cruz está franqueada por la Virgen y San Juan.

El portapaz que muestra el Museo es de finales del siglo XVI y principios del XVII. Es de metal plateado y mide 16 cms. de alto por 12,5 cms de ancho. De estilo manierista, se organiza en torno a un óvalo o medallón central con un relieve que representa una Cruz vacía sobre el Gólgota. Al fondo, una ciudad amurallada debe ser Jerusalén. El medallón se sitúa en el centro de una cartela de cueros recortados con tornapuntas y ces que lo enmarcan. Presenta dos cabezas de querubines alados, franqueando el medallón, arriba y abajo, motivos típicamente manieristas. En las tornapuntas inferiores presenta dos bolas a modo de patas y en la parte superior remate en forma de pequeña cruz de perfil mixtilíneo.

Procede de la Iglesia Parroquial de Santa María de la Asunción y permanece en depósito en la Sala de Arte Sacro del Museo desde noviembre de 2008,  siendo propiedad del Obispado de “Mérida-Badajoz”.