Pieza del mes de julio 2020: tallos de laminaria o dilatadores uterinos

La dilatación, en un parto, consiste en la desaparición del cuello uterino y en su ensanchamiento progresivo hasta alcanzar un diámetro de, aproximadamente, diez centímetros.

También facilita el acceso a la cavidad endometrial cuando es necesario introducir instrumentos quirúrgicos para intervenciones intrauterinas como el aborto.

Antes de la generalización del uso de fármacos para conseguir la dilatación, si el cuello uterino no lo hacía por sí solo, se utilizaban, entre otros métodos, unas barras llamadas tallos de laminaria. Se presentaban, como podemos ver en las que muestra el Museo, de diferentes grosores, unos 6 cms de largo y un hilo en uno de sus extremo.  Aunque parecían de madera, estaban compuestos por algas marinas desecadas y comprimidas que, al estar en contacto con las secreciones uterinas, absorbían fluido y se expandían gradualmente produciendo la dilatación.

La colocación de los tallos de laminaria en el cérvix uterino se realizaba con pinzas de Forester, dejando los hilos asomar por el orificio cervical.

Se empleaban en el aborto para poder meter la legra y raspar el interior; y en el parto para iniciar la dilatación y continuar rompiendo la bolsa. Si bien no alcanzaban el total de dilatación hasta las 12-24 horas, es cuantificable un efecto clínico después de tres horas.

Hay que remontarse a la antigüedad para tener conocimiento de la práctica de dilatación en ginecología. En el Papiro de Ebers (1500 a.C.) ya se describían sustancias abortivas que de alguna manera producían dilatación. Las sondas greco-romanas se introducían en la vagina. En 1844, Simpson realizó trabajos de dilatación con esponja comprimida, y, en 1862, Mario Sims sustituyó este método por el tallo de laminaria, que se hizo popular rápidamente gracias a las grandes ventajas frente a la esponja, que producía muchas infecciones. El tallo, en cambio, por su forma compacta, era más fácil de esterilizar.

Este método de dilatación uterina fue reemplazado por otros más modernos, utilizándose en la actualidad alternativas farmacológicas más efectivas.

Estos tallos dilatadores, ubicados actualmente en la Consulta Médica, fueron donados por la familia Rodríguez Ramírez en 1993.

Pieza del Mes junio 2020: obra pictórica «O rapaz e o burro”

Como parte de un amplio programa de actividades virtuales organizadas durante todo el mes para celebrar  el día de Portugal (10 de junio), desde el Museo se ha decidido exponer el cuadro O rapaz e o burro, obra del pintor naturalista portugués Simão Frade da Veiga.

Simão (1878-1963), propietario de heredades (fincas) en Lavre, Coruche y Setúbal, fue pintor naturalista, formado en la Academia de París; también fue discípulo de José Malhoa, pionero del Naturalismo en Portugal.

De Simão destacan sus retratos, pinturas de animales, paisajes, costumbres y formas de vida del Alentejo y Ribatejo. En 1913 obtuvo la medalla de oro de la exposición de la Sociedad de Bellas Artes de Lisboa.

Fue un pintor prolífico, pero casi desconocido para el público pues la mayoría de sus pinturas pertenecen a colecciones privadas. Una de ellas es O rapaz e o burro, óleo sobre tabla.

Este cuadro, junto a otros 15, fue decomisado al pasar por la frontera de Caia, en 1991. Cinco años después fueron entregados al Museo Etnográfico Extremeño González Santana por la Agencia Tributaria.

Es nuestro objetivo que esta pintura nos ayude a profundizar en la figura de Simão Frade da Veiga, a la vez que descubrir un poco más sobre su procedencia.

Pieza del Mes mayo 2020: brazalete de Primera Comunión

Cada año, el mes de mayo trae consigo la celebración de la Primera Comunión por parte de muchos niños. Aunque es una celebración muy común en España, no todos saben desde cuándo se celebra tal y como la conocemos.

La tradición de recibir la Primera Comunión, característica de la religión católica, pero también de algunas otras religiones, tiene su origen en el Concilio de Letrán de 1215, que determinó que los menores de edad que tuvieran entre 12 y 14 años podrían recibir este sacramento. La ceremonia empezó a celebrarse entre nobles y burgueses, pero es en los siglos XIX y XX cuando se consolida como una ceremonia extraordinaria en la vida de los católicos.

Para recibir el sacramento de la Comunión es requisito obligatorio haber recibido el del Bautismo y haber confesado los pecados y recibido el sacramento de la Penitencia. También es necesario tener una preparación o curso llamado catequesis, que en la actualidad dura dos años, y que no es otra cosa que la enseñanza del catecismo. La edad de los niños para recibir la Primera Comunión está en los 9 años.

Es a principios del siglo XIX, cuando comienza la costumbre de que los niños que fueran a comulgar por primera vez vistieran un traje nuevo para presentarsedignamente ante el altar, según relata el historiador Juan Eslava Galán.

A comienzos del siglo XX se va imponiendo el color blanco, símbolo de inocencia y pureza. Según Eslava Galán, lo trajes específicos de Primera Comunión comienzan a confeccionarse  a partir de los años 20.

En las niñas eran frecuentes los trajes de corte sencillo y color blanco, que poco a poco se iban haciendo más elaborados, incorporando vuelo a las faldas y las clásicas lorzas.  En los niños, el traje de marinero fue el que más se impuso, quizás por ser en su mayor parte de color blanco, más sencillo y accesible para todos.

En los años de la posguerra, en las familias de bajo nivel económico, la Primera Comunión se hacía con la ropa de los días festivos. Después de la misa, se iba a casa donde se invitaba a chocolate con churros o dulces variados a los familiares más allegados. Posteriormente se visitaban las casas de los vecinos para enseñar el traje y entregar la clásica estampa de Comunión. A cambio recibían un regalo en forma de dinero.

Hubo una época en la que era costumbre que niños y niñas vistieran hábitos para recibir el Cuerpo de Cristo, así era frecuente ver a los varones vestidos de fraile y a ellas de monja.

Dentro de la indumentaria, los complementos eran parte importante, como guantes blancos, rosarios, misales, limosneras y, algo más antiguos, los brazaletes y las bandas.

El Museo expone uno de esos complementos. Se trata de un brazalete de color blanco, realizado con una cinta, que se fija a uno de los brazos formando un lazo con dos caídas, rematadas por flecos de metal dorado. En ellas se dibuja a color un racimo de uvas con la frase “Día Feliz”, y un cáliz sobre el que gotea un corazón rojo. Este complemento se utilizaba a principios del siglo XX, en un primer momento, para distinguir que el niño estaba vestido para recibir la Primera Comunión, aunque no llevara traje para la ocasión. Posteriormente, por tradición, se luce junto al resto de complementos, hasta su desaparición en los años 50/60.

Pieza del Mes abril 2020. Panel de azulejos

La cerámica siempre ha tenido gran arraigo en nuestra localidad. Las dos iglesias parroquiales, la ermita del Espíritu Santo, los pasos, los remates de muchas casas nobiliarias, el Museo Etnográfico Extremeño González Santana, el antiguo nombre de la calle Díaz Brito, rua dos Oleiros, son testigos de ello.

Este mes, y aún en cierre preventivo para prevenir la propagación del COVID 19, el Museo quiere mostrar, como pieza del mes, el panel de azulejos existente a la entrada de las dependencias de la casa burguesa. Este cartel estuvo situado en la vivienda de Ventura Ledesma Abrantes, en Estoril, en la Travessa de Olivença. En él se lee, entre otras cosas:

ESCUTA

NESTE CASAL, VIVE A VENTURA E A ESPERANÇA

DA HISTÓRIA PATRIA! NÃO PERTURBES A SUA PAZ!

SE ÉS MEU AMIGO- DEUS TE GUIE!

SE ÉS PORTUGUÊS-DEUS TE GUARDE!

SE ÉS ALENTEJANO- DEUS TE SALVE!

MAS SE ÉS DE OLIVENÇA!

 ENTRA, MEU IRMÃO-ESTA CASA É SEMPRE TUA!

Con él queremos recordar a Ventura Ledesma Abrantes (Olivenza 1883, Estoril 1956).  Su abuela, natural de Torres das Vargens (Portugal), emigró y se casó en Barcarrota, no obstante la pareja fijaría su residencia en Olivenza, donde el padre de Ventura ejercería como barbero.

No se sabe la fecha exacta en la que Ledesma Abrantes, “pela sua posição pró-portuguesa é malquisto pelas autoridades oliventinas”, emigra a Lisboa, estableciéndose como librero, actividad que le permitiría actuar como representante del país luso en las exposiciones de libreros de Sevilla, Barcelona y Florencia.

Su nombre aparece ligado a la fundación de la Universidad Livre de Lisboa, en 1912, o a la “abertura, em 1931, da primeira Feira do Livro de Lisboa”.

 En 1938 fundó la Sociedad Pro-Olivença, con la que pretendía presionar a la clase política salazarista para que asumiese la causa de la pérdida de Olivenza, germen del Grupo dos Amigos de Olivença (1944), y de la revista Olivença.

 Se separaría de él poco después creando el Círculo de Estudos Históricos de Olivença, y dando vida a la revista Anais da velha vila portuguesa de Olivença. El Círculo desapareció tras la muerte de su fundador.

En 1954 vio la luz su libro O Património da Sereníssima Casa de Bragança em Olivença, imprescindible manual para conocer la historia de nuestra villa.

Pieza del Mes de marzo 2020: libro de papel de fumar

Fumador de pipa holandés. Grabado, 1786

A mediados del siglo XVIII se había extendido en España la costumbre de fumar tabaco traído de América. Sin embargo, en Europa era un producto sumamente caro para fumarlo en las hojas de la planta, por lo que mucha gente optaba por consumirlo en forma de polvo o envuelto en papel de periódico.

Los emprendedores de aquella época, para evitar que aquel grueso papel con tinta fuera fumado, idearon un papel más fino, blanco y en grandes hojas del tamaño del pliego (doble folio), que el fumador podía cortar a gusto y necesidad.

A comienzos del siglo XIX la moda del tabaco en polvo decae. Se extiende la costumbre de su liado y con ella nace la necesidad de servir el papel con un tamaño más adecuado a los cigarrillos.

El mercado español de papel de fumar tenía dos sectores: las fábricas de tabaco y el consumidor que liaba cigarrillos. El primero, destinado a la fabricación de cigarrillos y el segundo, destinado a liar tabaco por parte del usuario. Este mercado consolidó el desarrollo de los talleres de libritos de papel de fumar, existente desde inicios del siglo XIX.

Cartel Publicitario. Papel de Fumar Bambú (1929)

Capellades, en Barcelona, y Alcoy, en Alicante, son las dos ciudades en las que se inicia este mercado en España, aunque la principal concentración de talleres se dio en la Comunidad Valenciana.

El catálogo de los fabricantes de papel de fumar era extenso. Se podían distinguir por la materia prima (algodón, hilo, cáñamo, paja de trigo o arroz); por el color y/o aroma (balsámico, de regaliz, caña de azúcar, etc); por si estaban engomados o no.

En la política de diferenciación del producto fue importante la incorporación de la marca. Siendo las de Capellades y Alcoy las dominantes. Eran un referente de excelencia y un instrumento para alcanzar el éxito comercial.  Las pequeñas empresas compraban el papel a los fabricantes para luego vender sus productos con marca propia.

Entre las marcas destacadas a comienzos del s. XX estaban Bambú (Alcoyana) y Smoking (Catalana).

Exponemos como pieza del mes, un librito de la marca Bambú, de Sobrinos de R. Abad Santonja, de Alcoy. El papel, extra fino, se presenta engomado y con marca de agua.

Interior fábrica Papeleras Reunidas (Alcoy)

La marca Bambú se crea en 1907 en la fábrica de Rafael Abad Santonja. Soltero y sin descendencia, fallece en 1911, siendo sus sobrinos y herederos, Rafael, Francisco, Emilio y Milagros Silvestre Abad, los que continuaron explotando hasta 49 marcas de papel de fumar bajo la razón social de Sobrinos de Don Rafael Abad Santonja.

El auge del consumo de papel de fumar y el éxito de la marca Bambú, propició lo que posteriormente sería la conjugación de todas las fábricas de papel de fumar de Alcoy con el nombre de Papeleras Reunidas, S. A.   

        En la actualidad hay un florecimiento de este tipo de presentación, dado que el alto precio de las cajetillas de tabaco ha hecho que el público vuelva a liar cigarrillos a mano o con máquinas caseras.

Pieza del Mes de febrero 2020: lata con venda enyesada

Un vendaje sirve para recubrir el apósito, inmovilizar provisionalmente un miembro, en los primeros auxilios, en el traslado del accidentado a un centro quirúrgico, y, por último, una finalidad ortopédica.

Los vendajes enyesados o escayolados son los que comúnmente se usan en la práctica asistencial diaria a la hora de conseguir una inmovilización prolongada.

Este mes, exhibimos un envase de lata que contiene una venda enyesada, fabricada en los años 60 por el Laboratorio de Especialidades Farmacéuticas Manufacturas Blabia, S.A de Barcelona.

Dado que el fin del yeso es inmovilizar la extremidad herida para logar una recuperación menos dolorosa y más rápida, es imposible ignorar que su genealogía comienza con las tablillas de inmovilización.

Los primeros indicios de utilización de dicha inmovilización en ortopedia se remontan a la época egipcia, donde se han encontrado restos de fracturas de fémur con palos sostenidos con vendajes de lino. Los griegos usaban resinas y ceras para hacer vendajes; en la Edad Media se hacían yesos con clara de huevo, harina de trigo y grasa animal. A finales del s. XVIII, el diplomático británico Eaton describió una técnica para el tratamiento de las fracturas que había visto utilizar en Turquía. Aconsejaba preparar una papilla con yeso que debía volcarse en pequeños cajones, en los que se había colocado el miembro que había que inmovilizar. Esto hacía que el enfermo no pudiera moverse ni desplazarse, hasta no lograr la curación de la lesión.

Es Antonius Mathijsen, cirujano militar holandés, el que tiene el mérito de haber diseñado, en 1851, un método para cubrir y empapar unas vendas de algodón con yeso. La ventaja que ello suponía era la posibilidad de disponer de una forma de estabilización rápida que pudiese utilizarse en el campo de batalla, y que permitiese el traslado del herido. En palabras de Mathijsen, recomienda: “un tejido arrollado entre cuyas vueltas se debía colocar cierta cantidad de yeso en polvo”…..” lo que al ser puesto en contacto con el agua se hidrata y luego se endurece”.

El invento fue de gran trascendencia y, aunque tuvo sus detractores, que dudaban de su eficacia y utilidad, también tuvo sus defensores. Representa la expresión de un ingenio singular, de apariencia sencilla, pero de gran valor, que no ha podido ser sustituido por ningún otro, a pesar de los casi 170 años transcurridos.

Mathijsen recibió varias condecoraciones y fue miembro de diversas Sociedades Médicas. El monumento erigido en su memoria, en Budel (Holanda), es sin duda el homenaje que la posteridad rinde a sus méritos.

La pieza expuesta, con su envoltorio original, ya que no ha sido abierto, fue donada al Museo por la familia Mata Merchán de Badajoz, en 1994 y forma parte de la Consulta Médica.                       

Una locomotora de juguete, Pieza del Mes de enero 2020

Durante el mes de enero, como viene siendo habitual, con motivo de la festividad de Reyes, elegimos como Pieza del Mes un juguete.

Este 2020, queremos mostrar una pieza clásica de la juguetería española, la máquina Santa Fe de Payá, la firma fabricante de juguetes más emblemática de nuestro país, que con su ingenio mecánico, su realismo, sus brillantes y acertados  colores de lata litografiada impactaron en los niños a mediados del siglo pasado.

Los hermanos Payá fueron pioneros en dotar de mecanismo a sus productos, estando siempre a la vanguardia de las novedades, como lo demuestra el hecho de que ya en 1932 lanzaron al mercado la primera locomotora eléctrica producida en nuestro país. Después de la Guerra Civil se convirtió en la empresa por antonomasia en la producción de trenes en miniatura. Un claro ejemplo de esto fue esta famosa locomotora Santa Fe.

Considerada la obra maestra ferroviaria de la Casa Payá, se inspiró en una máquina real de RENFE, que en el año 1942 era de las más potentes de Europa. La Compañía española se fijó, a su vez, en el Ferrocarril Atchison-Topeka y Santa Fe, abreviado Santa Fe, uno de los más largos de Estados Unidos, que unía esas dos ciudades de Kansas con la de Santa Fe (Nuevo México).

La Compañía Norte o Caminos de Hierro del Norte de España necesitaba resolver el problema de los trenes pesados en las zonas carboníferas, en el trayecto Ponferrada-León, y encargó una máquina a La Maquinista Terrestre y Marítima de Sant Andreu (Barcelona). Por entonces, los hermanos Payá eran miembros de una Asociación de Amigos del Ferrocarril y tenían contactos en la empresa catalana, que les facilitó los planos de la locomotora Santa Fe, cuya reproducción en escala 0 ve la luz en 1948.

Se acompaña de un ténder o vagón remolcado que contenía el agua y el combustible. Actualmente se puede ver en una de las vitrinas de la sala de juguetes del Museo, acompañada de otros vagones que dan forma a un bonito tren.

Esta pieza fue donada al Museo por Carmen Marzal Valcárcel en 2019.

 

Un abocardador o tenaza de abocardar, Pieza del Mes de diciembre 2019

Desde la antigüedad, el ser humano se ocupó de buscar soluciones para un mejoramiento de sus condiciones de vida. Todas las civilizaciones entendían la importancia que tenía el agua para poder asegurar la supervivencia de la especie. La vida cotidiana giraba en torno a ella.

Desde tiempos remotos y con unos medios técnicos claramente limitados el hombre ha sabido dar solución a los retos que le planteaba la gestión y administración del agua.

La fontanería, como sistematización del fluir del agua, surge como tal en la Grecia antigua, y adquiere una dimensión de expansión urbana y dirigida al bienestar general con la civilización romana. Es en la Roma antigua donde esta actividad tuvo un papel fundamental ante la necesidad de disponer de agua en abundancia para sus baños públicos. Los romanos incluyeron en la arquitectura las grandes obras de ingeniería civil. Construyeron acueductos de piedra para conducir este líquido hasta los palacios de los emperadores y a sus famosos baños, así como cloacas para desalojarla una vez usada.

Pero no fue hasta finales del s. XIX cuando surge la fontanería como se conoce hoy en día, adquiriendo gran auge con el uso de materiales como el hierro y el plomo, sustituidos por el cobre, de fácil manejo y bajo costo. A medida que crecían las poblaciones y se modernizaba el hombre, se convirtió en una exigencia, no solo de necesidad sino también de estética.

Los fontaneros empiezan a ser vitales en la construcción de hogares. Había que crear conducciones de agua, poner en marcha tratamientos de aguas residuales, diseñar retretes, etc. Requerían de unas herramientas básicas, como soplete, alicates, llaves, cortatubos, abocardador, entre otras. Esta última es la que mostramos este mes en el Museo.

También llamada tenaza de abocardar tiene como función ensanchar la entrada de los tubos de plomo para unirlos y soldarlos. Se compone de dos brazos de media caña y una cabeza cónica, que se introduce dentro del tubo. Al juntarse los brazos o mangos de la tenaza, se separa el cono en dos mitades haciendo que el tubo ensanche.

Con esta herramienta, donada por Manuel de la Granja Villoslada en 2003, queremos rendir homenaje al oficio de fontanero, aprovechando la festividad de su patrón, San Elías, el día 1 de diciembre.

 

 

 

Pieza del Mes de noviembre 2019: Violín Stroh o Violín Trompeta

Durante noviembre y en honor a los músicos, con motivo de la celebración de su patrona, Santa Cecilia, el Museo quiso mostrar como pieza del mes un violín muy curioso en cuyo armazón se reconoce una caja de resonancia.

Conocido con los nombres de violín trompeta o Stroh,  porque lo inventó a finales del s. XIX el ingeniero alemán John Matthias A. Stroh (1828-1914).

Es un tipo de violín que amplifica su sonido a través de un pabellón de metal (como en los instrumentos de viento), en lugar de hacerlo en una caja de resonancia como el que habitualmente conocemos. Las vibraciones de la cuerda se transmiten al puente, como en todos los violines, pero éstas no pasan a una caja de resonancia, sino a una delgada varilla de metal que a su vez las transmite a una membrana. Las ondas de la membrana son amplificadas por la trompa metálica, que actúa a modo de megáfono.

Apareció durante el inicio y crecimiento de la industria discográfica. Se notó la debilidad del violín normal en el departamento de sonido de los estudios de grabación. Con la invención de este tipo se pretendía adaptar este instrumento a las necesidades musicales del momento e intentar que sobreviviera más allá de 1900.

Era perfecto para las primeras grabaciones de discos porque emitía un sonido muy dirigido, que se podía registrar con más facilidad que con los violines de siempre. Era un sonido más completo y fuerte con un mejor tono. Sin los trabajos de Stroh con el violín, un amplio número de grabaciones de este instrumento no existirían y no sería tan escuchado.

A partir de 1925 este tipo de violín se hizo menos frecuente en los estudios de grabación debido a que las compañías discográficas cambiaron a la nueva tecnología de grabación con micrófono eléctrico.

Tras la muerte de Stroh, en 1914, su invento siguió fabricándose. Diferentes empresas tomaron la patente hasta que en los años 40 dejó de producirse.

Esta curiosa pieza fue donada al Museo por Francisco González Santana en 1991.

Pieza del Mes de octubre 2019: Cartera de Cartero

Las sociedades, a lo largo de la historia, han evolucionado a través del contacto entre sus miembros. En este proceso, el comercio y la comunicación han sido indispensables. Por ello, la transmisión de noticias es tan remota como su propia historia.

El primer documento de un servicio de mensajería organizado lo encontramos en Egipto en el 2400 a. C, cuando los faraones utilizaban mensajeros para enviar decretos por todos los territorios del Estado.

El servicio de correo y transporte estatal del Imperio Romano también llamado cursus publicus recorría Hispania a través de una cuidada red de caminos portando mensajes para el ejército o administradores romanos. A los romanos se debe, pues, la organización del correo en España.

En 1756, durante el reinado de Fernando VI, uno de los asesores de la Corte, Pedro Rodríguez Campomanes, tuvo la idea de crear un cuerpo de carteros, personaje que más se ha identificado con el servicio postal. Según Antonio Castillo Gómez, en su libro Cinco siglos de carta: historia y prácticas epistolares en las épocas moderna y contemporánea, “hasta entonces, en las ciudades y pueblos grandes la gente tenía que acercarse a las estafetas para entregar y recoger su correspondencia. La recogida de las cartas podía hacerse, bien, personándose a la hora de la llegada de los correos, que leían en voz alta el nombre de los destinatarios, o bien, teniendo que leer las largas listas, que se exhibían en la puerta de la estafeta, con los nombres de los particulares que aún no habían recogido sus cartas.

Con el tiempo y de forma espontánea, algunos individuos en Madrid se encargaron de recoger la correspondencia, previo pago del porteo, y la acercaban al domicilio de su destinatario, cobrando un pequeño estipendio por ello; desde entonces, la gente los empezó a conocer como carteros. Existían los pícaros que abusaban con precios más altos o secuestraban las cartas de unos para entregárselas a otros. Para evitar estos desmanes se creó el oficio de Cartero Mayor y se dictó, el 8 de octubre de 1756, las Ordenanzas, que deben guardar el Administrador, Escribientes, Carteros, y Mozo del oficio de Cartas-sobrantes de Listas de Madrid. Se dividió la ciudad en doce cuarteles o barrios, nombrándose a un cartero por cada barrio con la obligación de residir en él. Debían saber leer y escribir y su cometido era la entrega de cartas a los vecinos del cuartel a cambio del porteo y de un cuarto de real de vellón como pago por el servicio, ya que no cobraban de la hacienda pública”.

La profesión de cartero siempre irá unida al trato directo con las personas, donde además de entregar cartas, cuando el tiempo y las circunstancias lo permiten, pueden cambiar impresiones sobre cualquier otro tema.

Como homenaje a ellos y aprovechando el Día Mundial de Correos, el 9 de octubre, el Museo ha querido exponer una cartera o saca de cuero donada por la oficina de correos de Olivenza. Es de gran tamaño y peso, con correa bandolera y dos cierres con hebilla. En el interior dos grandes compartimentos y en el frontal la palabra CORREOS, con la inicial H debajo, incisas.