Pieza del Mes de marzo 2020: libro de papel de fumar

Fumador de pipa holandés. Grabado, 1786

A mediados del siglo XVIII se había extendido en España la costumbre de fumar tabaco traído de América. Sin embargo, en Europa era un producto sumamente caro para fumarlo en las hojas de la planta, por lo que mucha gente optaba por consumirlo en forma de polvo o envuelto en papel de periódico.

Los emprendedores de aquella época, para evitar que aquel grueso papel con tinta fuera fumado, idearon un papel más fino, blanco y en grandes hojas del tamaño del pliego (doble folio), que el fumador podía cortar a gusto y necesidad.

A comienzos del siglo XIX la moda del tabaco en polvo decae. Se extiende la costumbre de su liado y con ella nace la necesidad de servir el papel con un tamaño más adecuado a los cigarrillos.

El mercado español de papel de fumar tenía dos sectores: las fábricas de tabaco y el consumidor que liaba cigarrillos. El primero, destinado a la fabricación de cigarrillos y el segundo, destinado a liar tabaco por parte del usuario. Este mercado consolidó el desarrollo de los talleres de libritos de papel de fumar, existente desde inicios del siglo XIX.

Cartel Publicitario. Papel de Fumar Bambú (1929)

Capellades, en Barcelona, y Alcoy, en Alicante, son las dos ciudades en las que se inicia este mercado en España, aunque la principal concentración de talleres se dio en la Comunidad Valenciana.

El catálogo de los fabricantes de papel de fumar era extenso. Se podían distinguir por la materia prima (algodón, hilo, cáñamo, paja de trigo o arroz); por el color y/o aroma (balsámico, de regaliz, caña de azúcar, etc); por si estaban engomados o no.

En la política de diferenciación del producto fue importante la incorporación de la marca. Siendo las de Capellades y Alcoy las dominantes. Eran un referente de excelencia y un instrumento para alcanzar el éxito comercial.  Las pequeñas empresas compraban el papel a los fabricantes para luego vender sus productos con marca propia.

Entre las marcas destacadas a comienzos del s. XX estaban Bambú (Alcoyana) y Smoking (Catalana).

Exponemos como pieza del mes, un librito de la marca Bambú, de Sobrinos de R. Abad Santonja, de Alcoy. El papel, extra fino, se presenta engomado y con marca de agua.

Interior fábrica Papeleras Reunidas (Alcoy)

La marca Bambú se crea en 1907 en la fábrica de Rafael Abad Santonja. Soltero y sin descendencia, fallece en 1911, siendo sus sobrinos y herederos, Rafael, Francisco, Emilio y Milagros Silvestre Abad, los que continuaron explotando hasta 49 marcas de papel de fumar bajo la razón social de Sobrinos de Don Rafael Abad Santonja.

El auge del consumo de papel de fumar y el éxito de la marca Bambú, propició lo que posteriormente sería la conjugación de todas las fábricas de papel de fumar de Alcoy con el nombre de Papeleras Reunidas, S. A.   

        En la actualidad hay un florecimiento de este tipo de presentación, dado que el alto precio de las cajetillas de tabaco ha hecho que el público vuelva a liar cigarrillos a mano o con máquinas caseras.

Pieza del Mes de febrero 2020: lata con venda enyesada

Un vendaje sirve para recubrir el apósito, inmovilizar provisionalmente un miembro, en los primeros auxilios, en el traslado del accidentado a un centro quirúrgico, y, por último, una finalidad ortopédica.

Los vendajes enyesados o escayolados son los que comúnmente se usan en la práctica asistencial diaria a la hora de conseguir una inmovilización prolongada.

Este mes, exhibimos un envase de lata que contiene una venda enyesada, fabricada en los años 60 por el Laboratorio de Especialidades Farmacéuticas Manufacturas Blabia, S.A de Barcelona.

Dado que el fin del yeso es inmovilizar la extremidad herida para logar una recuperación menos dolorosa y más rápida, es imposible ignorar que su genealogía comienza con las tablillas de inmovilización.

Los primeros indicios de utilización de dicha inmovilización en ortopedia se remontan a la época egipcia, donde se han encontrado restos de fracturas de fémur con palos sostenidos con vendajes de lino. Los griegos usaban resinas y ceras para hacer vendajes; en la Edad Media se hacían yesos con clara de huevo, harina de trigo y grasa animal. A finales del s. XVIII, el diplomático británico Eaton describió una técnica para el tratamiento de las fracturas que había visto utilizar en Turquía. Aconsejaba preparar una papilla con yeso que debía volcarse en pequeños cajones, en los que se había colocado el miembro que había que inmovilizar. Esto hacía que el enfermo no pudiera moverse ni desplazarse, hasta no lograr la curación de la lesión.

Es Antonius Mathijsen, cirujano militar holandés, el que tiene el mérito de haber diseñado, en 1851, un método para cubrir y empapar unas vendas de algodón con yeso. La ventaja que ello suponía era la posibilidad de disponer de una forma de estabilización rápida que pudiese utilizarse en el campo de batalla, y que permitiese el traslado del herido. En palabras de Mathijsen, recomienda: “un tejido arrollado entre cuyas vueltas se debía colocar cierta cantidad de yeso en polvo”…..” lo que al ser puesto en contacto con el agua se hidrata y luego se endurece”.

El invento fue de gran trascendencia y, aunque tuvo sus detractores, que dudaban de su eficacia y utilidad, también tuvo sus defensores. Representa la expresión de un ingenio singular, de apariencia sencilla, pero de gran valor, que no ha podido ser sustituido por ningún otro, a pesar de los casi 170 años transcurridos.

Mathijsen recibió varias condecoraciones y fue miembro de diversas Sociedades Médicas. El monumento erigido en su memoria, en Budel (Holanda), es sin duda el homenaje que la posteridad rinde a sus méritos.

La pieza expuesta, con su envoltorio original, ya que no ha sido abierto, fue donada al Museo por la familia Mata Merchán de Badajoz, en 1994 y forma parte de la Consulta Médica.                       

Una locomotora de juguete, Pieza del Mes de enero 2020

Durante el mes de enero, como viene siendo habitual, con motivo de la festividad de Reyes, elegimos como Pieza del Mes un juguete.

Este 2020, queremos mostrar una pieza clásica de la juguetería española, la máquina Santa Fe de Payá, la firma fabricante de juguetes más emblemática de nuestro país, que con su ingenio mecánico, su realismo, sus brillantes y acertados  colores de lata litografiada impactaron en los niños a mediados del siglo pasado.

Los hermanos Payá fueron pioneros en dotar de mecanismo a sus productos, estando siempre a la vanguardia de las novedades, como lo demuestra el hecho de que ya en 1932 lanzaron al mercado la primera locomotora eléctrica producida en nuestro país. Después de la Guerra Civil se convirtió en la empresa por antonomasia en la producción de trenes en miniatura. Un claro ejemplo de esto fue esta famosa locomotora Santa Fe.

Considerada la obra maestra ferroviaria de la Casa Payá, se inspiró en una máquina real de RENFE, que en el año 1942 era de las más potentes de Europa. La Compañía española se fijó, a su vez, en el Ferrocarril Atchison-Topeka y Santa Fe, abreviado Santa Fe, uno de los más largos de Estados Unidos, que unía esas dos ciudades de Kansas con la de Santa Fe (Nuevo México).

La Compañía Norte o Caminos de Hierro del Norte de España necesitaba resolver el problema de los trenes pesados en las zonas carboníferas, en el trayecto Ponferrada-León, y encargó una máquina a La Maquinista Terrestre y Marítima de Sant Andreu (Barcelona). Por entonces, los hermanos Payá eran miembros de una Asociación de Amigos del Ferrocarril y tenían contactos en la empresa catalana, que les facilitó los planos de la locomotora Santa Fe, cuya reproducción en escala 0 ve la luz en 1948.

Se acompaña de un ténder o vagón remolcado que contenía el agua y el combustible. Actualmente se puede ver en una de las vitrinas de la sala de juguetes del Museo, acompañada de otros vagones que dan forma a un bonito tren.

Esta pieza fue donada al Museo por Carmen Marzal Valcárcel en 2019.

 

Un abocardador o tenaza de abocardar, Pieza del Mes de diciembre 2019

Desde la antigüedad, el ser humano se ocupó de buscar soluciones para un mejoramiento de sus condiciones de vida. Todas las civilizaciones entendían la importancia que tenía el agua para poder asegurar la supervivencia de la especie. La vida cotidiana giraba en torno a ella.

Desde tiempos remotos y con unos medios técnicos claramente limitados el hombre ha sabido dar solución a los retos que le planteaba la gestión y administración del agua.

La fontanería, como sistematización del fluir del agua, surge como tal en la Grecia antigua, y adquiere una dimensión de expansión urbana y dirigida al bienestar general con la civilización romana. Es en la Roma antigua donde esta actividad tuvo un papel fundamental ante la necesidad de disponer de agua en abundancia para sus baños públicos. Los romanos incluyeron en la arquitectura las grandes obras de ingeniería civil. Construyeron acueductos de piedra para conducir este líquido hasta los palacios de los emperadores y a sus famosos baños, así como cloacas para desalojarla una vez usada.

Pero no fue hasta finales del s. XIX cuando surge la fontanería como se conoce hoy en día, adquiriendo gran auge con el uso de materiales como el hierro y el plomo, sustituidos por el cobre, de fácil manejo y bajo costo. A medida que crecían las poblaciones y se modernizaba el hombre, se convirtió en una exigencia, no solo de necesidad sino también de estética.

Los fontaneros empiezan a ser vitales en la construcción de hogares. Había que crear conducciones de agua, poner en marcha tratamientos de aguas residuales, diseñar retretes, etc. Requerían de unas herramientas básicas, como soplete, alicates, llaves, cortatubos, abocardador, entre otras. Esta última es la que mostramos este mes en el Museo.

También llamada tenaza de abocardar tiene como función ensanchar la entrada de los tubos de plomo para unirlos y soldarlos. Se compone de dos brazos de media caña y una cabeza cónica, que se introduce dentro del tubo. Al juntarse los brazos o mangos de la tenaza, se separa el cono en dos mitades haciendo que el tubo ensanche.

Con esta herramienta, donada por Manuel de la Granja Villoslada en 2003, queremos rendir homenaje al oficio de fontanero, aprovechando la festividad de su patrón, San Elías, el día 1 de diciembre.

 

 

 

Pieza del Mes de noviembre 2019: Violín Stroh o Violín Trompeta

Durante noviembre y en honor a los músicos, con motivo de la celebración de su patrona, Santa Cecilia, el Museo quiso mostrar como pieza del mes un violín muy curioso en cuyo armazón se reconoce una caja de resonancia.

Conocido con los nombres de violín trompeta o Stroh,  porque lo inventó a finales del s. XIX el ingeniero alemán John Matthias A. Stroh (1828-1914).

Es un tipo de violín que amplifica su sonido a través de un pabellón de metal (como en los instrumentos de viento), en lugar de hacerlo en una caja de resonancia como el que habitualmente conocemos. Las vibraciones de la cuerda se transmiten al puente, como en todos los violines, pero éstas no pasan a una caja de resonancia, sino a una delgada varilla de metal que a su vez las transmite a una membrana. Las ondas de la membrana son amplificadas por la trompa metálica, que actúa a modo de megáfono.

Apareció durante el inicio y crecimiento de la industria discográfica. Se notó la debilidad del violín normal en el departamento de sonido de los estudios de grabación. Con la invención de este tipo se pretendía adaptar este instrumento a las necesidades musicales del momento e intentar que sobreviviera más allá de 1900.

Era perfecto para las primeras grabaciones de discos porque emitía un sonido muy dirigido, que se podía registrar con más facilidad que con los violines de siempre. Era un sonido más completo y fuerte con un mejor tono. Sin los trabajos de Stroh con el violín, un amplio número de grabaciones de este instrumento no existirían y no sería tan escuchado.

A partir de 1925 este tipo de violín se hizo menos frecuente en los estudios de grabación debido a que las compañías discográficas cambiaron a la nueva tecnología de grabación con micrófono eléctrico.

Tras la muerte de Stroh, en 1914, su invento siguió fabricándose. Diferentes empresas tomaron la patente hasta que en los años 40 dejó de producirse.

Esta curiosa pieza fue donada al Museo por Francisco González Santana en 1991.

Pieza del Mes de octubre 2019: Cartera de Cartero

Las sociedades, a lo largo de la historia, han evolucionado a través del contacto entre sus miembros. En este proceso, el comercio y la comunicación han sido indispensables. Por ello, la transmisión de noticias es tan remota como su propia historia.

El primer documento de un servicio de mensajería organizado lo encontramos en Egipto en el 2400 a. C, cuando los faraones utilizaban mensajeros para enviar decretos por todos los territorios del Estado.

El servicio de correo y transporte estatal del Imperio Romano también llamado cursus publicus recorría Hispania a través de una cuidada red de caminos portando mensajes para el ejército o administradores romanos. A los romanos se debe, pues, la organización del correo en España.

En 1756, durante el reinado de Fernando VI, uno de los asesores de la Corte, Pedro Rodríguez Campomanes, tuvo la idea de crear un cuerpo de carteros, personaje que más se ha identificado con el servicio postal. Según Antonio Castillo Gómez, en su libro Cinco siglos de carta: historia y prácticas epistolares en las épocas moderna y contemporánea, “hasta entonces, en las ciudades y pueblos grandes la gente tenía que acercarse a las estafetas para entregar y recoger su correspondencia. La recogida de las cartas podía hacerse, bien, personándose a la hora de la llegada de los correos, que leían en voz alta el nombre de los destinatarios, o bien, teniendo que leer las largas listas, que se exhibían en la puerta de la estafeta, con los nombres de los particulares que aún no habían recogido sus cartas.

Con el tiempo y de forma espontánea, algunos individuos en Madrid se encargaron de recoger la correspondencia, previo pago del porteo, y la acercaban al domicilio de su destinatario, cobrando un pequeño estipendio por ello; desde entonces, la gente los empezó a conocer como carteros. Existían los pícaros que abusaban con precios más altos o secuestraban las cartas de unos para entregárselas a otros. Para evitar estos desmanes se creó el oficio de Cartero Mayor y se dictó, el 8 de octubre de 1756, las Ordenanzas, que deben guardar el Administrador, Escribientes, Carteros, y Mozo del oficio de Cartas-sobrantes de Listas de Madrid. Se dividió la ciudad en doce cuarteles o barrios, nombrándose a un cartero por cada barrio con la obligación de residir en él. Debían saber leer y escribir y su cometido era la entrega de cartas a los vecinos del cuartel a cambio del porteo y de un cuarto de real de vellón como pago por el servicio, ya que no cobraban de la hacienda pública”.

La profesión de cartero siempre irá unida al trato directo con las personas, donde además de entregar cartas, cuando el tiempo y las circunstancias lo permiten, pueden cambiar impresiones sobre cualquier otro tema.

Como homenaje a ellos y aprovechando el Día Mundial de Correos, el 9 de octubre, el Museo ha querido exponer una cartera o saca de cuero donada por la oficina de correos de Olivenza. Es de gran tamaño y peso, con correa bandolera y dos cierres con hebilla. En el interior dos grandes compartimentos y en el frontal la palabra CORREOS, con la inicial H debajo, incisas.

Pieza del Mes septiembre 2019: Globo Terráqueo

La idea de representar la Tierra y los astros en forma esférica nace en Grecia, de la mano de Pitágoras.

Fue Crates de Malo, cartógrafo, quien construye, con fines educativos, en la segunda mitad del siglo II a. Cristo, una esfera terrestre que dividía el planeta en cuatro regiones habitables. Posteriormente, Ptolomeo plantea el uso de coordenadas esféricas para determinar la posición espacial de un punto.

Durante la Edad Media, la cosmología y saber de las civilizaciones antiguas se ven estancadas por imposición del Teocentrismo cristiano. En este período, astrónomos y matemáticos árabes, persas, chinos e hindúes conservan y desarrollan las teorías de los antiguos griegos.

El comerciante, astrónomo y geógrafo alemán, Martín Behaim (1459-1507), dio vida a la primera esfera terráquea, que se conserva, entre 1491-1493, conocida como Erdapfel, en la que no aparece América.

Tradicionalmente los globos fueron fabricados pegando un mapa de papel impreso sobre una esfera. Es el caso del que nos ocupa, cuya bola es de plástico, soportada por dos piezas de madera ensambladas: peana y semicírculo. El tipo más común tiene tiras largas, a modo de gajos, que se estrechan en un punto de los polos. En él se observa la línea imaginaria resultante del Tratado de Tordesillas, firmado el 7 de junio de 1494, entre los reyes de Castilla y Portugal, por el que se establecía que todo lo existente a 370 leguas de la isla de Cabo Verde, hacia Oriente,  correspondería a Portugal, mientras que la zona Occidental sería para Castilla. De esta esfera destacamos, además, las representaciones de animales, plantas, peces, edificios…, típicos de cada lugar. Una gran cartela, escrita en latín, ocupa el espacio de Australia; en ella se lee: “Aquí la visión del orbe de la Tierra que poseemos para perdurar. Si el insigne Cristóbal Colón no hubiese llegado al Nuevo Mundo; si los insignes Cortés, Pizarro, Vespucio y Almagro, preclaros exploradores, no hubieran afrontado los peligros y, especialmente, si Sebastián Elcano, transmisor de trabajos a Magallanes, no alcanzara a llevar en su gentil escudo esta noble frase: El primero en darme la vuelta con el permiso de nuestro rey, señor del amplio imperio ecuménico”.

Esta pieza fue donada al Museo por la Congregación del Apostolado del Sagrado Corazón que estuvo en Olivenza.

Pieza del Mes de agosto 2019: Jarra de Bristol

En el Sudoeste de Inglaterra se localiza la ciudad de Bristol, que constituye uno de sus 47 condados. Su prosperidad está ligada a su puerto comercial.

En el siglo XVIII, en Gran Bretaña, la cerámica sustituyó al metal en la producción de vajillas por dos razones: la primera,  la escasez de plomo y estaño; la segunda, el aumento del consumo de té y café en el país.  Sobresalieron las fábricas de Bristol, Chelsea y Liverpool.

La loza de Bristol se caracteriza por su ligereza, realizada con pastas de pedernal o feldespáticas, siendo decorada con estampaciones. Su producción se realiza con moldes. La decoración se basa en estampaciones grabadas con tintas cerámicas aplicadas antes de la primera cocción, que luego se recubrían de esmaltes metalizados cobrizos. El óxido de cinc reduce la propensión a resquebrajarse y facilita la cristalización.

En Bristol se creó la Real Fábrica de Loza, que sirvió de inspiración a la que más tarde se constituyó en Sargadelos (Lugo).

En 1996 la Delegación de la Agencia Tributaria, en Badajoz, entregó al Museo Etnográfico de Olivenza, un total de 12 piezas, 10 jarras, 1 copa y 1 cafetera, que decomisó en la frontera de Caya. De ellas, como muestra, se expone esta jarra, de boca oblonga y pico vertedor elevado; cuerpo globular y cuello ancho. Opuesta al pico vertedor, asa sobreelevada, del borde a la panza,  que adopta la forma de cisne. La decoración que presenta su cuerpo, recubierto de vidriado dorado o de reflejos, es pictórica a base de motivos vegetales azules, blancos y amarillos.

El Noticiero Extremeño (1914), Pieza del Mes de julio 2019

El desarrollo que adquirió la prensa española, a lo largo del siglo XIX, tuvo su eco en Extremadura. Así, en 1808, aparece el Diario de Badajoz, el primer periódico regional del que se tienen noticias.

Hasta finales del siglo XIX, “pasan de 340 los que se contabilizan, aunque la mayoría son de vida efímera” (1). Una de las razones de ello fue el impago de la publicidad, junto al elevado precio del papel.

En nuestra localidad, Olivenza, en el siglo XIX, se constatan los siguientes: El Guadiana (1845), El estandarte médico (1855), El recreo (1879), El oliventino (1882), El viento (1889), El arte (1894), El popular (1899), Memorial militar y patriótico, El pasatiempo. 

Noticiero extremeño es el periódico que mostramos como pieza del mes. Fundado por el abogado Manuel Sánchez Asensio, lo dirige su hijo Manuel Sánchez Cuesta. En su primer número, de 25 de marzo de 1904, se establecen sus objetivos: informar y defender los intereses de la región, así como lograr la mayor amenidad posible en cuantos asuntos se traten.

Noticia de Olivenza

El ejemplar que se exhibe fue publicado en Badajoz, el 19 de noviembre de 1914. En 4 ó 6 hojas, de 56×39 cms, recoge noticias nacionales e internacionales,  así como regionales. En este número destacamos la titulada De Olivenza. Industria aceitera, firmada por Plácido Galván, donde se da a conocer nuestra localidad como importante centro productor de aceite, con más de veinte molinos, entre los que destaca el de la familia Gómez González. En él se reconoce uno de los principales obstáculos para dar salida a este producto: la ausencia de una vía férrea.

Fue donado al Museo por Narciso Fernández Sierra en 2009.

NOTAS

PULIDO, M.: La prensa extremeña en el tránsito del siglo XIX al XX.E.E. LIV (1998). Badajoz, p. 733.

Acus crinalis, Pieza del Mes de junio 2019

Las mujeres romanas acomodadas pasaban parte de su tiempo intentando mejorar su imagen con un buen cuidado de su cabello. De esto se ocupaban las ornatrices o sirvientas especializadas en el cuidado de la belleza. Con su trabajo conseguían que las señoras se  vanagloriasen de una belleza más artificial que natural.

El pelo se lavaba con agua caliente y después se le aplicaban ungüentos para perfumarlos y darles brillo. Se cortaba lo necesario para poder llevarlo recogido. Llevar el pelo corto era signo de provocación e indecencia, mientras que suelto suponía abandono y descuido.

Las damas romanas también solían teñirse  el pelo. Deseaban imitar a las esclavas apresadas en las guerras contra los germanos. También se lo rizaban, cubriendo la cabeza con tirabuzones mediante un instrumento llamado calmistrum, formado por dos tubos, uno hueco de metal, que se calentaba al fuego, y otro de menor tamaño en el que se enrollaba el pelo y se introducía en el tubo caliente.

Para fijar el peinado se aplicaba clara de huevo batida o goma arábiga con agua.

La mujer con cierta posición económica aumentaba el volumen de su cabellera con postizos o pelucas, ya que el pelo natural era insuficiente para hacer esos voluminosos peinados. También se utilizaban para tapar canas y calvicie.

Los complejos peinados con rizos, trenzas y postizos precisaban de numerosos alfileres llamados acus crinalis  o agujas para el pelo. Solían realizarse  con hueso, asta, bronce o marfil. A veces podían dejarse huecas para introducir perfume. Todas las acus crinalis presentaban un esquema similar compuesto por una cabeza muy bien definida, y el cuerpo alargado con extremo más o menos puntiagudo. Su diferenciación radica en la forma o decoración de la cabeza: lisa, esférica o tallada en facetas, y las decoradas tanto con temas geométricos como figurados (serpientes, piñas,..).

Aparte del uso para sujetar el cabello, también tuvieron otras utilidades como aplicar cosméticos sobre el rostro, maquillar las cejas con hollín humedecido, aplicar perfume, sujetar vestidos, etc.

Según la literatura clásica este utensilio también se usó como arma punzante o de tortura  para castigar esclavos.

El Museo expone este mes, un acus crinalis ubicado habitualmente en la Sala de Arqueología. Es de hueso con la cabeza en forma de esfera y cuerpo de sección circular con un ligero engrosamiento en el centro. Pertenece a las piezas halladas en unas antiguas termas romanas, próximas a San Francisco de Olivenza, donadas al Museo por Margarita Navarrete en los años 80.