Categoría Fondos museográficos

Una silla Fischel (diseño Thonet ), Pieza del Mes de junio 2018

A mediados del siglo XIX los muebles se fabricaban de modo artesanal. Se necesitaban trabajadores cualificados y pacientes para dar forma al producto.

Michel Thonet

Michel Thonet (1796-1871), artesano de origen alemán fue pionero en el diseño de muebles. Se le llamaba ya constructor de muebles, a pesar de no estar reconocida la figura del diseñador. Su objetivo era reducir costes y tiempo eliminando los modelados y ensamblajes artesanales. Para ello revolucionó la fabricación de muebles gracias a su técnica de curvado de la madera mediante vapor de agua. Sometía a la madera de haya a baños de vapor para mejorar su flexibilidad e introducirlas en prensas de bronce donde les daba forma y dejaba enfriar. A continuación, ensamblaba la madera por medio de tornillos.

Entre sus múltiples diseños destacan una gran variedad de sillas que, aún hoy, se siguen  fabricando.

Una de ellas, diseñada en 1876 por el hijo de Michel, August Thonet, fue la silla nº 18, muy popular en bares y cafeterías.

La que mostramos este mes está inspirada en esa silla nº 18. Técnicamente es muy sencilla, con un diseño realizado con muy pocas piezas: 6 partes unidas por unos cuantos tornillos.  Barata de fabricar, económica en el punto de venta, fácil de transportar (en una caja de un metro cúbico se empaquetan 36 sillas desmontadas), y muy resistente.

Detalle aplicación bordada a punto de cruz

Este modelo presenta rejilla de rattán en asiento y, parcialmente, en el respaldo. Este último se decora con una aplicación bordada a punto de cruz, realizada por Rosa Ortega Castaño  en 1889. En la parte inferior del asiento figura una etiqueta de papel con el nombre del fabricante (Fischel) y el número de serie 909 grabado en la madera.

Aunque de inspiración Thonet, esta silla, pertenece a otro fabricante, D.G. Fischel & Söhne. Los hermanos  Gustav y Alexander Fischel  fueron empresarios capaces de competir con Thonet. Fundaron D. G. Fischel Söhne en 1870 en un pequeño pueblo checo, debido a la gran cantidad de bosques de hayas que lo rodeaban. Es la madera ideal para doblar y realizar muebles de este tipo. Posteriormente, construyeron un aserradero en los Cárpatos rumanos e importaron el haya desde allí. Los hermanos Fischel producían mesas, bancos, perchas, cunas, camas, mecedoras, etc.

A finales del siglo XIX la empresa contaba con 650 empleados y producía casi 1400 muebles al día. En 1916, tuvo que parar su producción para dedicarse a las cajas de munición, pero después de la 1ª Guerra Mundial continuó su éxito anterior. Durante la 2ª Guerra Mundial la fábrica pasó a formar parte de Gebrüder Thonet. Después de la caída del comunismo en Checoslovaquia, en 1989, el negocio fue privatizado y comprado por una empresa estadounidense que se declaró en bancarrota en 2005.

La silla forma parte de un conjunto de muebles compuesto por sofá, dos mecedoras y media docena de sillas donado al Museo por Manuela González Díaz en 1990.

 

Nueva incorporación al espacio expositivo

Taladro de lañador

 

 

Los fondos de nuestra Sala de Cerámica se han incrementado con la incorporación de  una curiosa pieza donada por D. Natalio Sández Silva, de Olivenza. Se trata de un taladro de lañador, llamado así porque ponía lañas o grapa de hierro que se utilizaban para unir las partes rotas de algún cacharro de barro o loza fina.

Se hacía un orificio en cada lado de la fisura y se  introducía la grapa que, una vez tensada y con la aplicación de cal grasa que fraguaba rápidamente, permitía el uso normal de la pieza. Los orificios para colocar las grapas o lañas se hacían con este taladro, también llamado de inercia, porque su uso se basa en la fuerza del giro que permite enrollar y desenrollar con mínimo esfuerzo, como ocurre con un yo-yo, consiguiendo la perforación perfecta.

Dicen que los trabajos lañados duraban toda la vida, y si volvían a romperse, no lo hacían por la grieta lañada.

Desde el Museo queremos expresar al donante nuestra generosidad

Pieza del Mes de mayo 2018: cartilla de racionamiento

El racionamiento consiste en el reparto controlado de bienes escasos con el fin de asegurar el abastecimiento. Es propio, por tanto, de tiempos de escasez, normalmente como consecuencia de un conflicto bélico o una crisis económica aguda.

Las cartillas de racionamiento son uno de los elementos más característicos de la posguerra en España. Una orden Ministerial del 14 de mayo de 1939 estableció un régimen de racionamiento para los productos básicos de alimentación y de primera necesidad, por ello, estas cartillas seguían unas normas establecidas por el Gobierno Civil en cuanto a cantidad y precio de los alimentos. Tenían la potestad de racionar lo poco que llegaba de la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes, y, aun así, “sobraban” muchos alimentos en los almacenes de los intermediarios, en las bodegas de los tenderos, en las despensas de los poderosos….

En un principio, estas cartillas eran familiares, se entregaban a los cabezas de familia, previa petición del interesado. Pero con el objetivo de llevar un control más exhaustivo y evitar duplicidad de inscritos en los censos, en 1943 entraba en vigor la cartilla individual, en sustitución de la familiar. A pesar de todo, el racionamiento siguió siendo insuficiente y los alimentos distribuidos eran de muy mala calidad y llegaban con cuentagotas.

Combinando los factores del lugar de residencia, el número de integrantes, y la suma de ingresos totales percibidos por la unidad familiar, previa declaración jurada del cabeza de familia, se establecieron tres categorías de cartillas: de primera, de segunda y de tercera. Existió también la denominada Cartilla Provisional de racionamiento, prevista para entradas en territorio nacional desde otros países o para cambios de residencia en municipios diferentes.

Un ejemplo de cartilla de racionamiento es la que muestra el Museo durante el mes de mayo. Cada cartilla constaba de una portada con el tipo de categoría y el número de serie, que, en este caso, es Segunda CategoríaSerie nº 053182, de BA (Badajoz). Presenta dos sellos estampados, uno ovalado de la Delegación Provincial de Abastecimientos y Transportes, de Badajoz, y otro circular de Ultramarinos Finos ALBA, de Badajoz. Además de otros dos de Reservistas de Aceites y Productos de Cereales Panificables.  En la portada figura también un sello de José Antonio Primo de Rivera de 10 céntimos, sin valor postal.

En la parte interior de la cubierta figuran los datos del propietario de la cartilla. A continuación, tres hojas de veinticuatro cupones cada una, que correspondían al aceite, azúcar y arroz; otras tres hojas con veinticuatro cupones destinados a “varios”; las dos últimas hojas, en cartón como la de la portada, estaban reservadas para la carne, grasas, ultramarinos y panadería. La contraportada incluía diez advertencias de uso.

Cada ciudadano tenía asignado un proveedor o tienda de comestibles en la que adquirir los productos. Es, en estos establecimientos, donde se llevaban a cabo las inscripciones. En caso de traslado, fallecimiento o llamada a filas tenían que ser dadas de baja.

Al hacer la adquisición de los productos, se cortaba el cupón o cupones correspondientes a los artículos que se recogían, conforme a los anuncios de suministro que publicaba la Delegación de Abastecimientos y que sólo eran válidos los cupones de la semana corriente.

Durante casi 15 años el sistema demostró ser de muy mala calidad y dio origen al estraperlo y a la venta ilegal de estos productos en el llamado “mercado negro”, donde los precios eran, por lo general, desorbitados.

Las buenas cosechas cerealistas de 1951 y los crecientes intercambios comerciales con el extranjero dieron un respiro al régimen, que en el mes de mayo de 1952 suprimió las cartillas de racionamiento, trece años después de su implantación. El Consejo de Ministros aprueba un nuevo régimen –ahora libre- de producción, venta y precio de los artículos, hasta entonces intervenido por la Comisaría de Abastecimientos.

Esta interesante pieza fue donada al Museo por la Asociación Limbo Cultura en marzo de 2017.

Pieza del Mes de abril 2018: Aguaderas

El Museo  ha seleccionado para pieza del mes unas aguaderas de esparto, recordando con ellas el popular y ya desaparecido oficio de aguador.

El reparto de agua es una actividad que hoy resulta innecesaria, pero hubo épocas en las que era absolutamente imprescindible para el desarrollo de los pueblos y ciudades, ya que, hasta bien entrado el siglo XX, muchos de estos núcleos de población no contaban con agua corriente en las casas.

Algunas poseían pozos que, a veces, eran compartidos con la vivienda contigua, ubicándose una mitad en un patio o corral y la otra en el otro. Su agua se utilizaba para la limpieza e higiene personal e incluso para el consumo humano, en la mayoría de los casos.

Al aumentar las necesidades de la población surgió el oficio de aguador cuya labor consistía en abastecer de agua a aquellas viviendas que no disponían de pozos y que, por diversos motivos, sus propietarios no podían acercarse a las fuentes públicas.

El aguador utilizaba como medio de transporte un burro al que le colocaba una estructura o armazón llamado aguaderas. Habitualmente eran de esparto, como la que mostramos, también las había de mimbre e incluso de hierro, y se colocaban sobre el lomo del animal, encima de un aparejo llamado albarda.

En su interior se solían colocar cuatro cántaros, aunque también las había de seis. Siempre era necesario mantener el equilibrio para no derramar el líquido. Estas vasijas  eran de barro, de boca estrecha y ancha barriga, y solían tener una o dos asas.

Los aguadores cogían el agua en las fuentes públicas y la distribuían entre una clientela fija.

La obligación y el esfuerzo que suponía transportarla desde el exterior de la vivienda, influían en el empleo que de ella se hacía. Se destinaba siempre a usos concretos de la casas, y, por supuesto, utilizada sin derroches.

Fuente en el pueblo de San Francisco de Olivenza

En Olivenza, hasta 1966 no llega el agua corriente a las viviendas,  por tanto eran varias las fuentes que abastecían de agua a la población, como la de la Cuerna, la Rala, la del Fuerte, San Francisco, Valsalgado y, más alejadas, las de San Amaro, Mira o San Pablo.

En Madrid, el oficio de aguador estaba reglamentado. Para desempeñarlo se necesitaba una licencia que concedían los corregidores de la villa o bien los alcaldes constitucionales a comienzos del s. XIX, y por la que había que pagar 50 reales más 20 por la renovación anual. Debían llevar en el ojal de la chaqueta una placa de latón con su nº, su nombre y el de la fuente asignada.

A partir de la construcción del alcantarillado y la llegada del agua a los domicilios, este oficio de aguador fue desapareciendo.

La pieza de este mes fue donada al Museo por la familia Garrido Méndez en 1991.

 

 

 

Pieza del Mes de marzo 2018: Portapaz

Entre los objetos litúrgicos que  figuran en la sala de Arte Sacro encontramos uno llamado portapaz, verdadero  signo litúrgico y protagonista del ósculo de la Paz.

Ósculo significa acción que permite expresar cariño, amor o respeto. Este término tiene una gran importancia en el ámbito de la religión cristiana. Ésta propone la práctica del ósculo Santo como expresión del amor de Dios al prójimo. En este caso, el beso propuesto por la Biblia, debe estar ausente de romanticismo, ya que se trata de un símbolo de pureza, de unidad, sinceridad y amor como partes imprescindibles de la hermandad cristiana.

Esta práctica se llevaba a cabo utilizando el portapaz. Aunque tuvo su origen en la Edad Media, fue en los siglos XVI y XVII cuando se generalizó su uso, empezando a decaer a principios del siglo XIX.

En un principio, el rito era una acción reservada a los ministros de la iglesia, es decir, el sacerdote daba la paz a quien oficiaba de diácono y este a los demás ministros, solo en caso de Misa solemne el pueblo participaba someramente de este rito a través del llamado portapaz.

Se trata de una pieza que puede ser de metal, marfil, cristal, etc., de forma más o menos rectangular, que suele adoptar la tipología de retablillo, con un asa detrás para sostenerlo cuando se da a besar a los fieles.

Por delante presenta una imagen devocional habitualmente una Crucifixión o un Calvario, en el que la Cruz está franqueada por la Virgen y San Juan.

El portapaz que muestra el Museo es de finales del siglo XVI y principios del XVII. Es de metal plateado y mide 16 cms. de alto por 12,5 cms de ancho. De estilo manierista, se organiza en torno a un óvalo o medallón central con un relieve que representa una Cruz vacía sobre el Gólgota. Al fondo, una ciudad amurallada debe ser Jerusalén. El medallón se sitúa en el centro de una cartela de cueros recortados con tornapuntas y ces que lo enmarcan. Presenta dos cabezas de querubines alados, franqueando el medallón, arriba y abajo, motivos típicamente manieristas. En las tornapuntas inferiores presenta dos bolas a modo de patas y en la parte superior remate en forma de pequeña cruz de perfil mixtilíneo.

Procede de la Iglesia Parroquial de Santa María de la Asunción y permanece en depósito en la Sala de Arte Sacro del Museo desde noviembre de 2008,  siendo propiedad del Obispado de “Mérida-Badajoz”.

 

La estela de Monte Blanco en el catálogo de una exposición celebrada en Italia

Estela de Monte Blanco

Desde el 10 de noviembre de 2017 y hasta el 8 de mayo de 2018 permanecerá abierta la exposición Pietra, Carta, Carbone, I frottages di Ernesto Oeschger ed Elisabetta Hugentobler  (Piedra, Papel, Carbón: los frottages de Ernesto Oeschger y Elisabetta Hugentobler) en el Área Megalítica de Saint-Martin-de-Corléans, organizada por el Departamento de Educación y Cultura de la Región Autónoma del Valle de Aosta (Italia)

La exposición muestra una colección de 26 representaciones gráficas de estelas megalíticas procedentes de toda Europa, creadas a través del frottage (frotamiento, en francés), una técnica fundamental para la investigación arqueológica que calca la superficie de la piedra con papel de seda, carbón o papel carbón.

Estela de Monte Blanco según P. Bueno y F. Piñón

Ernesto Oeschger es un artista independiente y multidisciplinar de la región de Basilea (Suiza), que ha explorado a través de su obra técnicas tan diversas como la  orfebrería, escultura y fotografía. Ha dedicado más de tres décadas a perfeccionar la técnica del frottage, a través de petroglifos, especializándose en estelas guerreras.

Elisabetta Hugentobler es una reputada ceramista experta en trabajos de torno y uso de esmaltes, que comparte con Oeschger su pasión por los grabados rupestres y con el que viene colaborando desde finales de los años sesenta documentándolos en Italia, España, Francia, Suecia o el Sáhara Argelino

La estela de Monteblanco es una losa del finales del Bronce Final hispano (ss. VIII-IX a. C.) custodiada en la Sala de Arqueología del Museo Etnográfico Extremeño González Santana de Olivenza y en la que aparecen esquematizadas, entre otras, las figuras de un guerrero y elementos rituales como un espejo, un carro, un escudo o una lanza.

Una capa española, Pieza del Mes de febrero 2018

La capa española representa toda una tradición en el vestir español más distinguido. Es una prenda de abrigo exclusiva que aporta, a quien la viste, elegancia, estilo  y singularidad. Se impone ya en el siglo XIX en los ambientes más refinados.

El ejemplar que se expone fue donado por Florencio Vicente Castro en 2017

Ha sido ampliamente utilizada hasta principios del siglo XX, existiendo muchas clases y dependiendo del largo y del color pertenecían a un determinado estrato social.

Su época de mayor apogeo es el siglo XIX, triunfando en sus cuatro variantes más conocidas, la Madrileña, la Catalana, la Castellana y la Andaluza.

La capa se realiza en lana de calidad y sus colores van desde el negro al verde botella pasando por el gris oscuro.

Los promotores de la capa fueron los Duques de Bejar cuando crearon la Industria Textil Lanera hace más de seiscientos años en Bejar (Salamanca). Poseían enormes rebaños de ovejas y, en época del esquileo, en los meses de abril o mayo, una vez hecha la pelada, lavaban las lanas en el río. Comprobaron que el agua era excepcional para el lavado y tintado. De esa manera prestaron una cuidada atención a esta Industria Textil, dedicándose por completo a la fabricación de esta prenda.

Como dato curioso, su longitud se hace cuestión de estado y provoca, en 1766, el famoso Motín de Esquilache protagonizado por Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache, ministro de Carlos III, que obligó a cortarla para evitar que en ella se escondieran armas, lo que fomentaba toda clase de delitos y desórdenes.

La que muestra el Museo, donada por Florencio Vicente Castro en 2017, es de color negro y cierra con dos broches dorados a modo de corchetes. Presenta una esclavina sobre los hombros, el embozo de terciopelo rojo y contraembozo de cuadros. Se decora con pasamanería en el cuello, esclavina y borde delantero. En la parte trasera, abertura o escusón decorada también con pasamanería.

En nuestra lengua podemos destacar algunos modismos con la palabra capa:

Andar de capa caída.- Indica una situación de decadencia física, moral o económica de alguien.

Defender a capa y espada.- Proteger a una persona con todos los medios posibles.

Hacer de su capa un sayo.- Obrar según su propio albedrío y libertad en casas o asuntos que sólo a ella pertenecen o atañen.

Las tablas renacentistas atribuidas a Gregório Lopes vuelven al Museo tras su restauración

En la mañana del sábado 27 de enero llegaron al Museo, desde el taller de Enrique Moraza Molina en Jerez de la Frontera (Cádiz) y tras un minucioso proceso de restauración las dos tablas del siglo XVI propiedad del Arzobispado de Mérida-Badajoz en depósito en la Sala de Arte Sacro desde 1991. Ambas pinturas, tras su preparación y embalaje, habían salido del Museo el pasado 11 de septiembre para su recuperación por resolución de la Secretaría General de la Presidencia de la Junta de Extremadura, siguiendo sus directrices de recuperación del patrimonio museístico,  contando con el pertinente certificado de disponibilidad y autorizaciones del Arzobispado.

Un momento del traslado de las tablas

La intervención ha consistido en la limpieza en profundidad, consolidación y reintegración de la pintura de estas dos obras que se encontraban en muy mal estado de conservación debido al deterioro provocado por el paso del tiempo y a los cambios termohigrométricos sufridos,  además de presentar grietas, desgastes, roces golpes, repintado y señales de ataque de insectos xilófagos (carcoma).

Ambas obras se atribuyen al pintor Gregório Lopes (1490-1550), pintor de cámara de los reyes D. Manuel I y D. João III hacia 1540, perteneciente a la llamada pintura portuguesa de la Boa Época. Junto con Vasco Fernandes y el Maestre de Lourinhã fue uno de los más importantes y destacados pintores del renacimiento portugués.

La Resurrección de Lázaro

Según la opinión de algunos expertos estas dos pinturas, La Resurrección de Lázaro y El Tránsito de la Magdalena, fueron ejecutadas entre los años 1545 y 1550, y podrían haber formado parte de un primitivo retablo situado en el altar mayor de la iglesia de Santa María Magdalena. Según el profesor Vítor Serrão, al menos una de las obras (La Resurrección de Lázaro) podría atribuirse al pintor portugués.

El Tránsito de la Magdalena

Ha participado en los trabajos de recuperación de las tablas, que se han prolongado durante cuatro meses, el afamado restaurador extremeño Isaac Navarrete Álvarez, consumado especialista nacido en Badajoz y afincado en Jerez de la Frontera que cursó sus  estudios y especialización en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. Navarrete ha devuelto su esplendor a múltiples joyas del arte extremeño como los retablos de las iglesias de Medina de las Torres, Ceclavín, Monroy,  Casar de Cáceres y el retablo de la iglesia de San Miguel de Jerez de los Caballeros, así como la imagen de la Virgen de Bótoa en 2012.

Una vez recibida la documentación e imágenes, las tablas serán protagonistas de una exposición en las que se describirán las diferentes fases del proceso.

Con la restauración de estas dos obras de arte se recupera parte del patrimonio artístico oliventino y extremeño.

Un juego de arquitectura, Pieza del Mes de enero 2018

Los juegos de construcción son uno de los preferidos por los niños. La capacidad de formar casas, a partir de piezas sueltas, les resulta muy motivador y divertido. De ahí que sea uno de los entretenimientos que perdura durante más tiempo en la infancia, siendo de gran importancia para el desarrollo de su pensamiento lógico-matemático.

Publicidad de un juego de construcciones similar en un diario austriaco

Comenzaron a fabricarse como derivación de los bloques que, desde finales del s. XVIII, se utilizaban para enseñar matemáticas, geometría, y dibujo, para visualizar operaciones abstractas.

En un principio su fabricación fue de forma artesanal en pequeñas carpinterías, con un coste muy elevado por lo que eran destinados a niños de clase alta. Estaban formados por placas de madera con imágenes en sólo dos caras.

Posteriormente los fabricantes advirtieron de sus extraordinarias posibilidades y comenzaron a producir variantes en madera, cartón, y posteriormente, en piedra, metal y plástico.

Se consideró que tenían un gran valor educativo, siendo el pedagogo alemán Federico Fröebel (1782-1852) quien introdujo estos juegos en su elaborado programa docente de las escuelas infantiles, ayudando a explorar en profundidad el razonamiento espacial, el pensamiento analítico y el diseño creativo.

Este mes, el Museo exhibe uno de estos juegos de arquitectura o construcción. Se trata de una caja de madera que contiene bloques de piedra de tres colores, rojo, amarillo y azul grisáceo, de acuerdo con los tres materiales de construcción, ladrillo, piedra arenisca y pizarra para el techo. Pertenece al nivel 3 y en la tapa indica el nº de piezas de cada clase. Se acompaña de un libro con diferentes modelos de construcciones.

Piezas como ésta  fueron un clásico entre los juguetes de los niños alemanes de finales del s. XIX y principios del s. XX. Fue producida por el alemán Friedrich Adolf Richter, a partir de 1882, en su fábrica farmacéutica. Artistas, ilustradores y arquitectos desarrollaron planos de construcción de los kits. Desde 1895, ganó numerosos premios internacionales. Hasta su cierre, en 1963, la empresa vendió aproximadamente cinco mil millones de bloques de anclaje, como ellos le denominaban.

 

Fue donada al Museo por Teófilo Borrallo Gil en 1991.

 

Órgano Portativo o Realejo, Pieza del Mes de diciembre 2017

También conocido como órgano positivo, de realejo u organino.

Originario de Alejandría, donde se conoce en el siglo III a. C., en el II d. C. se había convertido en un instrumento principal del mundo romano, utilizado en teatro, juegos, circo, banquetes… En el siglo X, y a través de Bizancio, fue reintroducido en Europa. Su uso se generalizó entre los siglo XIII y XIV, siendo frecuente usarlo en procesiones, por lo que se transportaba en andas.

En la sala de arte sacro se localiza uno de estos órganos, cuyas dimensiones son 269 cms de alto, 126 cms de largo y 91 cms de ancho. Fue fabricado en 1776 por el organero italiano Pascale Caetano Oldovini, según se recoge en una inscripción de su consola. Este maestro, figura relevante en la historia del órgano portugués, dejó su impronta en Évora, Faro, Beja, Elvas y Olivenza.

Detalle del teclado

El instrumento se aloja en una caja de madera de dos cuerpos; en el superior, cerrado por dos puertas, se dispone el flautado; debajo se localiza el teclado con 45 notas y un total de ocho registros. En el inferior se halla el fuelle del que arranca un pedal que lo acciona. Sobre éste se colocaba un peso para que la salida del aire fuera constante.

Las cajas y puertas están decoradas con molduras geométricas y motivos vegetales en dorado.

Dicho órgano, propiedad del Arzobispado de Mérida Badajoz, se encuentra  en calidad de depósito en nuestro Museo desde 1991. Su ubicación original fue la tribuna del coro de la iglesia parroquial de Santa María de la Asunción o del Castillo. Se encuentra en mal estado de conservación, con los tubos bastante deteriorados.

La inscripción de su consola nos permite conocer no sólo su fecha de construcción, sino también sus reparaciones. De ello da cuenta Carmelo Solís Rodríguez en su artículo “Órganos y organeros en Olivenza”: fue limpio y afinado por don Carlos Rigolli  (italiano), en el año 1866, siendo organista D. Francisco Espadiña. Fue afinado y forrado el teclado de marfil, por Manuel Medrano, en el año 1915, siendo organista Domingo Méndez Gómez. Fue reformado, sustituyendo los registros=Corneta=Docena y 2 llenos, por el=Octava=Flautín y Flautado 2º, por D. Juan Calles y (roto) en el año 1933