Una capa española, Pieza del Mes de febrero 2018

La capa española representa toda una tradición en el vestir español más distinguido. Es una prenda de abrigo exclusiva que aporta, a quien la viste, elegancia, estilo  y singularidad. Se impone ya en el siglo XIX en los ambientes más refinados.

El ejemplar que se expone fue donado por Florencio Vicente Castro en 2017

Ha sido ampliamente utilizada hasta principios del siglo XX, existiendo muchas clases y dependiendo del largo y del color pertenecían a un determinado estrato social.

Su época de mayor apogeo es el siglo XIX, triunfando en sus cuatro variantes más conocidas, la Madrileña, la Catalana, la Castellana y la Andaluza.

La capa se realiza en lana de calidad y sus colores van desde el negro al verde botella pasando por el gris oscuro.

Los promotores de la capa fueron los Duques de Bejar cuando crearon la Industria Textil Lanera hace más de seiscientos años en Bejar (Salamanca). Poseían enormes rebaños de ovejas y, en época del esquileo, en los meses de abril o mayo, una vez hecha la pelada, lavaban las lanas en el río. Comprobaron que el agua era excepcional para el lavado y tintado. De esa manera prestaron una cuidada atención a esta Industria Textil, dedicándose por completo a la fabricación de esta prenda.

Como dato curioso, su longitud se hace cuestión de estado y provoca, en 1766, el famoso Motín de Esquilache protagonizado por Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache, ministro de Carlos III, que obligó a cortarla para evitar que en ella se escondieran armas, lo que fomentaba toda clase de delitos y desórdenes.

La que muestra el Museo, donada por Florencio Vicente Castro en 2017, es de color negro y cierra con dos broches dorados a modo de corchetes. Presenta una esclavina sobre los hombros, el embozo de terciopelo rojo y contraembozo de cuadros. Se decora con pasamanería en el cuello, esclavina y borde delantero. En la parte trasera, abertura o escusón decorada también con pasamanería.

En nuestra lengua podemos destacar algunos modismos con la palabra capa:

Andar de capa caída.- Indica una situación de decadencia física, moral o económica de alguien.

Defender a capa y espada.- Proteger a una persona con todos los medios posibles.

Hacer de su capa un sayo.- Obrar según su propio albedrío y libertad en casas o asuntos que sólo a ella pertenecen o atañen.

Un juego de arquitectura, Pieza del Mes de enero 2018

Los juegos de construcción son uno de los preferidos por los niños. La capacidad de formar casas, a partir de piezas sueltas, les resulta muy motivador y divertido. De ahí que sea uno de los entretenimientos que perdura durante más tiempo en la infancia, siendo de gran importancia para el desarrollo de su pensamiento lógico-matemático.

Publicidad de un juego de construcciones similar en un diario austriaco

Comenzaron a fabricarse como derivación de los bloques que, desde finales del s. XVIII, se utilizaban para enseñar matemáticas, geometría, y dibujo, para visualizar operaciones abstractas.

En un principio su fabricación fue de forma artesanal en pequeñas carpinterías, con un coste muy elevado por lo que eran destinados a niños de clase alta. Estaban formados por placas de madera con imágenes en sólo dos caras.

Posteriormente los fabricantes advirtieron de sus extraordinarias posibilidades y comenzaron a producir variantes en madera, cartón, y posteriormente, en piedra, metal y plástico.

Se consideró que tenían un gran valor educativo, siendo el pedagogo alemán Federico Fröebel (1782-1852) quien introdujo estos juegos en su elaborado programa docente de las escuelas infantiles, ayudando a explorar en profundidad el razonamiento espacial, el pensamiento analítico y el diseño creativo.

Este mes, el Museo exhibe uno de estos juegos de arquitectura o construcción. Se trata de una caja de madera que contiene bloques de piedra de tres colores, rojo, amarillo y azul grisáceo, de acuerdo con los tres materiales de construcción, ladrillo, piedra arenisca y pizarra para el techo. Pertenece al nivel 3 y en la tapa indica el nº de piezas de cada clase. Se acompaña de un libro con diferentes modelos de construcciones.

Piezas como ésta  fueron un clásico entre los juguetes de los niños alemanes de finales del s. XIX y principios del s. XX. Fue producida por el alemán Friedrich Adolf Richter, a partir de 1882, en su fábrica farmacéutica. Artistas, ilustradores y arquitectos desarrollaron planos de construcción de los kits. Desde 1895, ganó numerosos premios internacionales. Hasta su cierre, en 1963, la empresa vendió aproximadamente cinco mil millones de bloques de anclaje, como ellos le denominaban.

 

Fue donada al Museo por Teófilo Borrallo Gil en 1991.

 

Órgano Portativo o Realejo, Pieza del Mes de diciembre 2017

También conocido como órgano positivo, de realejo u organino.

Originario de Alejandría, donde se conoce en el siglo III a. C., en el II d. C. se había convertido en un instrumento principal del mundo romano, utilizado en teatro, juegos, circo, banquetes… En el siglo X, y a través de Bizancio, fue reintroducido en Europa. Su uso se generalizó entre los siglo XIII y XIV, siendo frecuente usarlo en procesiones, por lo que se transportaba en andas.

En la sala de arte sacro se localiza uno de estos órganos, cuyas dimensiones son 269 cms de alto, 126 cms de largo y 91 cms de ancho. Fue fabricado en 1776 por el organero italiano Pascale Caetano Oldovini, según se recoge en una inscripción de su consola. Este maestro, figura relevante en la historia del órgano portugués, dejó su impronta en Évora, Faro, Beja, Elvas y Olivenza.

Detalle del teclado

El instrumento se aloja en una caja de madera de dos cuerpos; en el superior, cerrado por dos puertas, se dispone el flautado; debajo se localiza el teclado con 45 notas y un total de ocho registros. En el inferior se halla el fuelle del que arranca un pedal que lo acciona. Sobre éste se colocaba un peso para que la salida del aire fuera constante.

Las cajas y puertas están decoradas con molduras geométricas y motivos vegetales en dorado.

Dicho órgano, propiedad del Arzobispado de Mérida Badajoz, se encuentra  en calidad de depósito en nuestro Museo desde 1991. Su ubicación original fue la tribuna del coro de la iglesia parroquial de Santa María de la Asunción o del Castillo. Se encuentra en mal estado de conservación, con los tubos bastante deteriorados.

La inscripción de su consola nos permite conocer no sólo su fecha de construcción, sino también sus reparaciones. De ello da cuenta Carmelo Solís Rodríguez en su artículo “Órganos y organeros en Olivenza”: fue limpio y afinado por don Carlos Rigolli  (italiano), en el año 1866, siendo organista D. Francisco Espadiña. Fue afinado y forrado el teclado de marfil, por Manuel Medrano, en el año 1915, siendo organista Domingo Méndez Gómez. Fue reformado, sustituyendo los registros=Corneta=Docena y 2 llenos, por el=Octava=Flautín y Flautado 2º, por D. Juan Calles y (roto) en el año 1933

Un carro fúnebre, Pieza del Mes de noviembre 2017

En un servicio funerario siempre hubo que contar con un carro fúnebre que transportase el cuerpo desde la iglesia hasta el cementerio.

En Olivenza, el privilegio de realizar los entierros, desde principios del XVI, correspondió a la Cofradía de la Santa Casa de Misericordia.

Al construirse el Campo Santo actual, el 8 de enero de 1851, se redacta un reglamento, que consta de seis capítulos, firmado por Ayuntamiento, representantes de las dos parroquias de la localidad y proveedor de la Misericordia. En el primero de ellos se encomienda a los hermanos de la Santa Casa la preparación y arreglo de un carro mortuorio para conducir los cadáveres hasta el cementerio; en el quinto, se alude al hecho de ser esta Hermandad la encargada de elegir el coveiro (enterrador). El resto de capítulos nos ayuda a conocer el orden de los entierros, arriendo de nichos y vigilancia del cementerio.

Los entierros podían ser de tres tipos: en los de primera, acompañaban al carro mortuorio, un mínimo de tres sacerdotes, vestidos con dalmática, estola y pluvial negro. Por delante el sacristán y dos monaguillos con ciriales a cada lado de la cruz y otros dos que portaban naveta con incienso y el acetre con hisopo; solía agregarse el sochantre, encargado de entonar cantos para el momento. El carro que nos ocupa iba tirado por un caballo negro enjaezado del mismo color. En Olivenza, los hermanos de la Misericordia solían cubrir el ataúd con una bandera morada, de finales del siglo XVII que, durante este mes, puede verse en la exposición Temos cá, temos lá ubicada en el pasillo de la planta alta. Para los de segunda, los sacerdotes se vestían con dalmática más simple que en los entierros anteriores, le acompañaban monaguillos y sacristán. No llevaban naveta con incienso, pero si el acetre. El carro iba tirado por un caballo negro que no iba enjaezado. En los de tercera, el sacerdote se vestía con capa negra, e iba escoltado por el sacristán y un monaguillo. La carroza era tirada por un caballo sin decoración alguna. Los entierros de pobres de solemnidad sólo se acompañaban de un sacerdote.

La estructura de nuestro carro funerario está realizada en madera, reconociéndose dos ruedas pequeñas delante y otras dos más grandes detrás. Las delanteras se unen por un eje móvil y soportan el pescante donde iba el carrocero; del mismo material son las de la parte trasera, donde sus listones soportaban la caja mortuoria. Posee un sistema de amortiguadores de ballestas de hierro. En la parte trasera del carro se reconoce un rodillo de madera que permitía mover, con mayor facilidad, hacia adelante o hacia atrás el ataúd.

Fue donado por el Ayuntamiento de Olivenza.

Un torno de alfarero, Pieza del Mes de octubre 2017

La alfarería o arte de hacer vasijas u otros objetos de barro cocido es un oficio que data de muy antiguo en nuestra localidad, de hecho, desde el s. XV se tienen noticias de la Rua dos Oleiros, actualmente calle Díaz Brito, donde ejercía su labor este gremio.

Tradicionalmente, la profesión y el taller se transmitían de padre a hijos, fabricando todo tipo de vasijas, aunque predominaban los cántaros, vasijas, con asas, grandes tinajas para conservar el vino, aceite, aceitunas y agua, jarrones, platos, vasos, jarras…. Siempre, al lado del taller, se encontraba el horno donde se cocían las piezas, que eran vendidas en el mismo lugar de fabricación o en puestos que se montaban en la actual Plaza de la Constitución o en los paseos.

Todas las piezas cerámicas pasan por varias fases durante su elaboración: preparación del barro, modelado, secado, primera cocción u horneado (alfarería tradicional) y cocciones de aplicación de técnicas cerámicas.

Entre las técnicas de modelado figuran cuatro categorías básicas: modelado a mano, modelado a torno y modelado al vacío (con molde).

Dentro del modelado a torno, exhibimos este mes un ejemplar donado por los hermanos Bermejo Pérez, de Salvatierra de los Barros, en julio de este año.

Se trata de un torno tradicional de pie, compuesto de un disco de hierro unido, por un eje, a una rueda de madera dispuesta en la parte inferior. EL movimiento dado con el pie a la rueda inferior se transmite al disco superior donde se sitúa la pella o masa de barro. Ésta deberá estar bien centrada en el disco y necesita de cien revoluciones por minuto para comenzar a “ascender” y adquirir la forma que desee el alfarero. Es necesario tener, siempre, las manos húmedas para mantener la plasticidad de la arcilla durante el modelado.

Olivenza fue una destacada zona alfarera debido, entre otras razones, a su producción de apreciados vinos y aceites, para cuyo almacenamiento se precisaban tinajas y vasijas de barro.

En las proximidades de la Charca Grande, cobraron vida todo tipo de vasijas, además de material de construcción como tejas, ladrillos y tuberías.

Entre los alfareros locales destacan Francisco Lemus Rodríguez, más conocido por Panassa, cuyo taller estaba en el barrio de Sta. Engracia, donde firmaba sus obras con un sello identificativo en el que plasmaba su nombre y el de Olivenza, Juan Rodríguez Rodríguez, conocido por Simeón, con su taller en la Rua dos Oleiros, y Antonio Miranda, El Portugués, quien, después de trabajar con los dos anteriores, montó su negocio en la calle Núñez de Balboa.

Un lápiz, pieza del mes de septiembre 2017

Desde la antigüedad el hombre buscó elementos con los que poder escribir y expresar sus pensamientos y sentimientos. Una de las formas más comunes y fáciles es, sin duda, utilizando el lápiz.

Inventar algo no es fácil. Muchos de los inventos han sido producto de la casualidad, mientras que otros lograron hacerse realidad por la insistencia de sus creadores.

En el caso que nos ocupa este mes, el lápiz, probablemente, no hemos pensado nunca cómo se inventó.

En 1564 una fuerte tempestad derribó un enorme árbol en un poblado de Cumberland (Inglaterra). Debajo de sus raíces apareció una masa negra de aspecto mineral, desconocida hasta entonces. Era una veta de plombagina o “plomo negro”.

Los pastores de los alrededores comenzaron a usar trozos de este material para marcar sus ovejas. Otros lo partían en varitas, que vendían en Londres con el nombre de “piedras de marcar”.

Tenían el inconveniente de que se rompían fácilmente y manchaban en exceso. Esto se resolvió enrollando un cordel alrededor de la vara, que se iba quitando a medida que se iba gastando.

A mediados del s. XVIII, las minas inglesas de grafito eran explotadas por la Corona, convirtiéndose en un mineral estratégico del ejército inglés, ya que se empleaba también en la fundición de cañones. Los mineros eran registrados, pudiendo ser castigados con la pena de muerte si llevaban escondido algún trozo del mineral.

La escasez de grafito en Europa obligó a buscar soluciones alternativas. Así, en 1760, Kaspar-Faber, artesano de Baviera, mezcló el grafito con polvo de azufre, antimonio y resinas, obteniendo una masa que moldeada en forma de una vara delgada y horneada después, se conservaba más firme que el grafito puro.

Posteriormente, en 1790, se mejoró la calidad de estas varitas, gracias al ingeniero, militar y pintor francés Nicolás Jacques Conté, que se dedicó a hacer lápices ante la escasez de los mismos a causa de la guerra con Inglaterra. Tuvo la idea de moler el grafito y mezclarlo con cierto tipo de arcilla, prensando barras y luego horneándolas en recipientes cerámicos.

Este método, patentado en 1795, dio paso a la fabricación de los lápices modernos. Según la cantidad de arcilla se podía regular la dureza del lápiz.

En 1812, el ebanista estadounidense William Monroe fabricó una máquina que producía estrechas tablitas semicilíndricas de madera de 16 a 18 cms. de longitud. A lo largo de cada una, el aparato producía estrías semicilíndricas sobre las que se fijaba con cola la barra de grafito. A continuación, se colocaba encima la otra sección de madera, pegándola en torno a la barra. Así es como nació el lápiz que conocemos en la actualidad.

El lápiz que exponemos, aún sin afilar, fue donado al Museo por Francisco López López en 2016.

Una caja de farmacia, Pieza del Mes de agosto 2017

La farmacia es la ciencia y práctica de la preparación, conservación, presentación y dispensación de medicamentos. Así mismo se llama al lugar donde se preparan y venden productos medicinales, también conocido como botica.

Las ideas ilustradas propician un cambio de mentalidad, que en el campo farmacológico se dirigirán hacia una mejora en la higiene. Esto se va a manifestar a la hora de envasar lo productos farmacéuticos.

Los envases de medicamentos más antiguos y bellos fueron los recipientes de cerámica esmaltada, empleados como contenedores de flores, raíces, piedras trituradas…Posteriormente, aparecen cajas de madera.

El farmacéutico D. Carlos Gómez Borrallo en la rebotica

En nuestro museo se recogen diferentes tipos de envases farmacéuticos, tanto de cerámica, vidrio o cartón. Un ejemplo es el que se expone como pieza del mes, una caja de cartón con forma rectangular, cuya parte superior se decora con carátula que imita la forma de un retablo con frontón partido, y en su centro se distingue a Higía, diosa griega de la sanidad, con la copa y una serpiente enroscada, simbolizando el poder del veneno, bien para curar, bien para matar.  A dicho frontón lo soportan dos columnas salomónicas que cobijan el nombre de la farmacia y laboratorio: C. Gómez Borrallo, junto con el producto, Carbonato Cálcico.

Carlos Gómez Borrallo, hijo del también farmacéutico Carlos Gómez González, tenía su farmacia en la Calle Victoriano Parra de Olivenza. Junto a la suya localizamos las de Enrique Rodríguez, en Paseo de San Fernando, y Casimiro Blasco, en Plaza de la Magdalena. Para más información puede consultarse  en Issuu.com la monografía Consulta Médica que para tal fin ha sido elaborada por el Museo Etnográfico Extremeño González Santana, publicada por la Excma. Diputación Provincial de Badajoz.

La pieza fue donada por Francisco González Santana en 1996.

Un Paipái de la antigua tienda “La Ideal”, pieza del mes de julio 2017

Desde que existen productos que comercializar ha existido la necesidad de comunicar su existencia. La forma más común de publicidad era la oral.

Ya en la civilización egipcia, Tebas conoció épocas de gran esplendor económico y religioso. A esta ciudad tan próspera se le atribuye uno de los primeros textos publicitarios, una frase encontrada en un papiro egipcio que ha sido considerada el primer reclamo publicitario del que se tiene noticia.

Los productos promocionales  son objetos o mercancía que se utiliza en los programas de marqueting y comunicación. Se utilizan para promover una empresa, imagen corporativa, marca o evento.

Interior de la tienda de tejidos La Ideal. El segundo empezando por la izquierda, Francisco Píriz Núñez y el cuarto, Joaquín Mora Píriz.

Desde el s. XVII, ya con la invención y popularización de la imprenta, aparecen las primeras tarjetas de presentación, que no fueron muy exitosas. En realidad, se puede decir que el primer producto promocional surgió en Norteamérica, son botones conmemorativos para celebrar la elección de George Washington como presidente, en 1789. Más adelante, a mediados del s. XIX, se volvieron populares los objetos como almanaques con publicidad. En 1904, doce fabricantes de artículos promocionales se unieron para fundar la primera asociación comercial para la industria, conocida hoy como la Asociación Internacional de Productos  Promocionales. Pero no fue hasta la última mitad del siglo XX cuando se empezaron a crear y comercializar este tipo de productos en abundancia dando paso a la gigantesca industria que conocemos hoy en día.

Los artículos promocionales son elementos prácticos que pueden ser utilizados por el receptor a diario, lo que significa que el logo o mensaje del anunciante será visto continuamente y será más probable que sea recordado.

Un reflejo de estos artículos es la pieza que exponemos este mes. Se trata de un paipái de cartón con mango de madera. Representa una concha en la que figuran dos niños en el mar, uno, desnudo, en actitud de hacer sonar una caracola, y otro, con bañador a rayas, tapándose los oídos para no escucharlo. Al dorso aparece publicidad del establecimiento oliventino La Ideal, Novedades para Señoras y Caballeros, propiedad de José Píriz Méndez, ubicada en la calle Colón, 2, a principios del siglo XX.

La pieza fue donada por Francisco Borrallo González a finales del 2016. La fotografía fue donada por María Mercedes Mora.

Una obra del médico oliventino D. Francisco Ramírez Vas, Pieza del Mes de junio 2017

El cambio de mentalidad ocasionado por las ideas ilustradas del siglo XVIII alcanzó también a la medicina. Las altas tasas de mortalidad que padecían los sectores de población más pobre, junto a sus miserables condiciones de vida, motivó la denuncia de los médicos que estaban en contacto con ellos. El higienismo imperante en la época propugna la supervisión médica de todos los espacios de la existencia humana, especialmente los de los pobres, centrándose la aplicación de las medidas higiénicas en las ciudades, quedando las poblaciones rurales fuera de ellas.

Los compendios de higiene, divulgativos o científicos, fueron una moneda de curso bastante corriente durante el siglo XIX. El museo muestra uno de estos pequeños libros titulado Compendio de higiene o arte de conservar la salud, escrito por Don Francisco Ramírez Vas y publicado en Badajoz en 1858.

Su autor, nació en Santoña (Cantabria) en 1818, por estar allí destinado su padre, alistado en el ejército en 1812. Antes de finalizar ese año, su familia regresó a Olivenza, pueblo natal de su madre.

Destinado al sacerdocio, el cierre en 1835 de los centros de enseñanza religiosa, le empujó hacia la medicina, que estudió en Salamanca y Madrid. Es en esta ciudad donde terminó sus estudios en 1848, después de un amplio paréntesis de cinco años que pasó en la Habana cumpliendo sus deberes militares.

Concluidos sus estudios, se asienta en Olivenza como médico de la Santa Casa de Misericordia y como médico cirujano titular de la localidad, desarrollando su labor en ella hasta su muerte en 1880.

Páginas interiores de compendio

Además del cargo de médico cirujano, obtuvo el título de higienista debido al interés por este campo y que plasmó en diversos trabajos, proponiendo así la creación de una asignatura de higiene en la enseñanza primaria, como primer escalón para acogerse a hábitos saludables.

Siguiendo la costumbre de poner en práctica lo que pensaba, publicó el libro que nos ocupa. La obra, escrita en 1852, iba destinada a convertirse en texto escolar, pero el Real Consejo de Instrucción Pública no lo consideró oportuno “porque debiera reducirse a reglas y preceptos propios para niños, suprimiendo lo que conviene que estos ignoren, y redactándose en términos adecuados a su comprensión”. No obstante, considerando el mérito de la obra, la Reina recomendó su estudio a los profesores y corporaciones, invitando a su autor a que la imprimiera.

Fue impresa en la Imprenta Arteaga y Compañía, ubicada en la calle de la Cuerna, num. 2 (actual Vicente Barrantes) de Badajoz.

Entró a formar parte de los fondos de Museo gracias a la donación de Francisco González Santana en 1991.

Una Caja de café “La Estrella”, pieza del mes de mayo 2017

El origen de la hojalata se remonta a la Baja Edad Media. Hay constancia de que en el 1240 en Bohemia (Alemania) ya se usaba para hacer utensilios, que eran muy apreciados por sus propiedades anticorrosivas. Pero hay que esperar al siglo XIV para que comience la evolución del producto, hasta llegar a la forma en que es conocido en nuestros días.

La concesión a Nicolás Appert en 1810 del premio de 12.000 francos convocado por el gobierno francés, destinado  a quien descubriera un método de conservar los alimentos y poder suministrar  al ejército comida en buen estado durante las campañas, marca el inicio de la industria de las conservas en el mundo. Su método consistió en poner carne, fruta, vegetales y pescado fresco o cocido en botellas herméticamente cerradas, sumergiéndolas en agua hirviendo durante cierto tiempo.

Si la hojalata no hubiese existido, los descubrimientos de Nicolás Appert sobre la conservación de los alimentos difícilmente hubieran tenido una aplicación práctica en el mundo industrializado de mediados del siglo XIX y XX. Así, Peter Durand patentó en el Reino Unido la idea de usar recipientes de hojalata para desarrollar el procedimiento de Nicolás Appert.

Las primeras utilizaciones comerciales fueron para contener galletas y bizcochos, inicialmente de hojalata sin decorar. Fue en 1866 cuando se presentaron en el mercado los primeros envases decorados. El Modernismo se apodera de las serigrafías que se diseñan para el exterior de las cajas.

El Museo expone este mes una caja de principios del siglo XX, decorada en tonos rojos, utilizada por el único empresario español, de Badajoz, que desde 1901 tenía la patente para elaborar café torrefacto.

Se trata de José Gómez Tejedor, quien había escuchado que en Cuba los mineros envolvían los granos de café con azúcar para su mejor conservación. Desarrolló esta técnica e inauguró en Badajoz la fábrica Cafés La Estrella para el tostado del grano de café.

Cafés La Estrella tuvo numerosos reconocimientos en Europa y América, siendo también nombrada proveedora de La Casa Real, como se indica en el envase. En la tapa se observa, además, un señor sentado tomando un café y fumando un cigarro, y sobre él la leyenda Una taza de café superior y un cigarro habano son las delicias del hombre. En los laterales figura el nombre del propietario y la dirección del establecimiento (Muñoz Torrero, 13 y 15, Badajoz).

Esta pieza fue donada al Museo por la familia Garrido Méndez en 1995.