Categoría Fondos museográficos

Pieza del mes agosto 2004: heladera

La historia del helado se remonta a muy antiguo. Parece ser que ya lo conocían en China y de aquí pasa a Turquía y Arabia. Llegó a Europa por el sur de Italia, atribuyéndose a Marco Polo el haber divulgado en este país una receta para su preparación al regresar de uno de sus viajes al Lejano Oriente.

Con la llegada del estío, era frecuente que los comercios y heladeros ambulantes vendiesen helados que ellos mismos fabricaban. En el siglo XVIII ya existían heladeras, utilizadas, en muchos casos, hasta finales de la primera mitad del siglo XX.

El objeto en sí constaba de dos partes que encajaban a la perfección: un cilindro de metal y un cubo de madera. El diámetro de aquél era inferior al del cubo de madera para que en el espacio entre ambos recipientes se pudiera echar hielo triturado y sal; la finalidad de ésta, según comentaban las personas mayores, era que el hielo tuviese más fuerza para helar.

En el cilindro metálico se mezclaban los ingredientes para hacer el producto. Este recipiente llevaba dentro un juego de aspas que se movían con una manivela acoplada a la tapa; al girarlas, batían y congelaban la mezcla, dándole una textura cremosa sin agujas de hielo.

El helado tradicional se hacía con leche endulzada y aromatizada combinada con frutas, que se batían hasta conseguir sus sabores característicos. Su elaboración no era sencilla, ya que era imprescindible disponer de nieve, difícil de conseguir y conservar de no ser por los pozos de nieve, como el que se conserva en nuestra localidad, próximo a la Charca.

Tabla de lavandera (1882), Pieza del Mes julio 2004

No siempre la vida fue tan cómoda como lo es ahora. Hace 30 años no era suficiente con abrir un grifo para disponer de agua en la vivienda.

Cuando  no existía  el beneficio del agua corriente, para lavar la ropa se acudía al río llevando un cesto con las prendas sucias y un cajón de madera para proteger las rodillas durante la labor. En un principio se frotaba y golpeaba la ropa sobre una lancha semihundida en el agua. Posteriormente ésta fue sustituida por una tabla de superficie ondulada donde se enjabonaba y se restregaban una y otra vez las prendas.

En estos lavaderos al aire libre se colocaron después cobertizos que permitían a las lavanderas dedicarse a sus faenas en días lluviosos. A estos cobertizos siguieron  los lavaderos cubiertos con edificios adecuados, donde las lavanderas y criadas podían, mediante el pago estipulado, lavar y tender la ropa al abrigo de la intemperie.

Para controlar y contabilizar las prendas que estas mujeres llevaban a lavar existía un instrumento como el que  mostramos este mes en el museo. Se trata de una tabla de madera fechada en 1882 que cuenta con numerosos orificios organizados en 18 filas, tantas como prendas, de 10 orificios cada una, es decir hasta un máximo de 10 prendas de cada clase. Además presenta en el lado izquierdo la relación manuscrita de dichas prendas, las habituales en la época. Cuando las lavanderas se llevaban la ropa anotaban el número de prendas sucias introduciendo un palito en el orificio correspondiente según la cantidad de cada una de ellas (ver dibujo adjunto). La tabla se quedaba en casa de la propietaria y cuando la lavandera regresaba con las prendas limpias se comprobaba si estaban todas y no había habido pérdida o sustracción.

Diploma al mérito en el trabajo, Pieza del Mes junio 2004

El 21 de septiembre de 1960 se aprobaba por Real Decreto la creación de la Medalla del Trabajo. Su finalidad era “recompensar una conducta constantemente ejemplar en el desempeño de los deberes que impone el ejercicio de cualquier profesión útil habitualmente ejercida por la persona individual o colectiva a quien se concede, o bien en reconocimiento y compensación de daños y sufrimientos padecidos en el leal cumplimiento de ese mismo deber profesional”. En el primer caso la condecoración se denomina Medalla al Mérito en el Trabajo y en el segundo Al sufrimiento en el Trabajo.

El 18 de Julio de 1970, siendo Ministro de Trabajo Licinio de la Fuente, le fue concedida la Medalla de bronce al Mérito en el Trabajo al oliventino Antonio Martínez Falero, entonces con 98 años. Esta concesión tuvo lugar gracias al tesón de su nieto, Antonio Martínez Rodríguez, trabajador en la Delegación Comarcal de Sindicatos, quien luchó durante mucho tiempo para que su abuelo tuviera tan merecida condecoración. Dicha medalla, que no se encuentra entre los fondos del museo, se acompañó de un Diploma acreditativo, el cual ha sido elegido como pieza del mes de junio.

La entrega del galardón fue realizada por  D. Federico Alonso-Villalobos Medina, Delegado Provincial de Trabajo. Tuvo lugar en la Huerta de Pablito, ubicada a 1 Km. de Olivenza por la carretera de Puente Ajuda,  donde Antonio Martínez pasó la mayor parte de su vida. En ese mismo lugar ofició una misa D. Luis Pérez Rangel y tuvo lugar una comida servida por el bar Pensilvania.

Este hombre, al que el Diario Pueblo apodó como El Azorín Extremeño, nació el 25 de enero de 1872. Comenzó a trabajar en 1888, cuando contaba 16 años. A partir de 1965 y con 93 años no abandonaba la mencionada huerta ni en Navidad. Murió el 31 de diciembre de 1973.

El ser fumador empedernido no le impidió vivir casi 101 años sin padecer enfermedad alguna, tan solo un catarro gripal que curó con algunas inyecciones. Tenía vista de lince, aunque el oído le fallaba. No conocía el cine sonoro. Nunca montó en coche, ni habló por teléfono. La televisión la vio una vez (en casa de una vecina) y se aburrió. Desconocía el fútbol. El único espectáculo que le gustó, alguna vez, fue la fiesta de los toros.

Este personaje, que tuvo doce hijos aunque no le vivieron todos, no sabía leer ni escribir: solamente aprendió a trabajar

Un traje de novia de 1887, Pieza del Mes Mayo 2004

En este mes primaveral, propicio a las bodas, el Museo Etnográfico Extremeño González Santana expone un vestido de novia de finales del  XIX. Con este gesto nos queremos sumar a todos aquellos sectores de la vida social y cultural de nuestro país en las  felicitaciones  a  Su Alteza Real el Príncipe D. Felipe y D.ª Leticia Ortiz.

El vestido es de color beige en seda rallada. Está compuesto de dos piezas: la chaqueta y la falda. La primera es de corte entallado en la cintura con varillaje delantero y en la espalda. Tiene la abertura en el  lateral derecho, sin montar, y el cierre con enganches metálicos (corchetes). La parte trasera termina  en aletas triangulares. Se reconocen pliegues sobre el pecho y dos  ramitos de  flor de azahar. El cuello es cerrado a la caja con tirilla; las mangas, largas, estrechas y sin abertura en la bocamanga. Su  forma es curva y  sin frunce.

La falda consta de dos partes: la delantera, de un metro de altura, se recoge a  ambos lados de la cintura formando pliegues; la parte posterior  cae dando vida a  una cola de metro y medio. El cierre está en el  lateral izquierdo con corchetes.

La exposición de este vestido  pretende ser un modesto homenaje al gremio de modistas y planchadoras de  finales del siglo XIX. Con medios muy rudimentarios, y muchas  horas de trabajo, conseguían obras de artesanía como la expuesta.

El traje fue donado al Museo por D. Avelino Marzal de Matta Antunes. Perteneció a su abuela D.ª Mª José da Silva y Matta (Crato,1867-Elvas 1967), mujer profundamente religiosa cuyas aficiones eran las propias de su  sexo: bordar, tocar el piano y ser una buena anfitriona. Su padre, de profesión Ingeniero, llegó a ser General  del Ejército Portugués.

Se casó con el labrador elvense D. Joaquín Antunes Barradas. Vivieron en la Rúa de Padrón nº 7 de Elvas, en un caserón  que contaba con setenta y dos habitaciones. Tuvieron siete hijos y treinta y seis nietos. La primera vez que hablaron los novios  fue en  la  pedida de mano, anécdota contada por su nieto D. Avelino.

La muestra de este traje es posible gracias a la Asociación de Amigos del Museo, que ha costeado el planchado y compra del maniquí para su exposición.

Un altar portátil, Pieza del Mes abril 2004

Puesto que la Semana Santa de 2004 coincide con el mes de abril, el Museo Etnográfico Extremeño González Santana quiere resaltar de entre sus fondos un altar portátil.

Éstos adquieren su punto álgido en el siglo XVIII, siendo Andalucía donde alcanzan mayor relevancia. En   Portugal se emplearon  las llamadas Urnas del Santísimo hasta el Concilio Vaticano II.

Se utilizaron con dos fines: por un lado, para visitar a toda aquella persona enferma que lo solicitase, con el fin de administrarle la Sagrada Forma; por otro, para ser transportado y adorado en pequeñas procesiones.

En cuanto a su forma, digamos que plegado se asemeja a un libro, realizado con madera y piel para simular sus tapas, mientras que con tela adamascada se tapiza su interior. Las cubiertas llevan cantoneras metálicas y se decoran con ramos de flores formalizando rombos con un rectángulo invertido en el centro. Todo ello dorado sobre fondo granate. Cuando se abre, presenta dos laterales de silueta recortada, de pasamanería lisa, con una pieza en la parte superior, a modo de visera con flecos.

Este altar se puede admirar en la sala de arte sacro del Museo Etnográfico Extremeño González Santana, siendo depósito del arzobispado de Mérida-Badajoz.

PIEZA DEL MES MARZO 2004: TOSTADOR DE CAFÉ

El café no es un alimento básico. Su consumo habitual después de la comida se remonta tan sólo al s. XIX, entre la burguesía y la aristocracia. En esta época aparece también como acompañamiento de la leche en el desayuno. Sorprende comprobar cómo en el mundo rural esta dieta tan común en nuestros días se retrasa hasta entrado el s. XX.

Sea por su relativa novedad o porque su consumo no es imprescindible, el café se ve como un pequeño regalo que nos damos a diario, un buen pretexto para la tertulia, la charla y el debate.

El café, como otros productos coloniales, se adquiría en los comercios de ultramarinos. Desde el s. XIX, cuando se generalizaron aquellos, ya hubo establecimientos especializados exclusivamente en el tueste y venta de café. En estos comercios se tostaban los granos llegados de América o África en calderas  de hierro de forma esférica o de tambor que se hacían girar sobre un fuego de carbón o leña para asegurar un tueste uniforme. El procedimiento se mantuvo hasta principios de siglo y sigue hoy vigente, salvo que se han modernizado los materiales y el combustible, y el tueste se hace en fábricas fuera del punto de venta, donde también se envasa el café para su distribución.

No obstante, también había pequeños tostadores como éste que mostramos. Reproducían en miniatura el mecanismo de las grandes calderas y hacían girar sobre las brasas unos tamborcillos con la cantidad deseada de café, que luego se guardaba  cuidadosamente en latas. En este caso, la pieza expuesta lleva incorporado el brasero o depósito para el carbón. Existen otros modelos que se colocaban directamente sobre la lumbre.

El café adquirido en el comercio podía ser molido en el momento si el comprador lo pedía. Con él se hacía una infusión añadiéndolo al agua que acababa de hervir en un puchero y dejándolo reposar durante un rato para servirlo en una cafetera o en la taza directamente y filtrándolo con un colador de tela de forma cónica.

El resultado es una bebida negra, amarga, caliente y estimulante, que se endulza al gusto con azúcar, se toma sólo o se acompaña con leche, y a menudo sirve de excusa para degustar pastas, dulces y bollos. El café ha generado un sinfín de objetos y mobiliarios exclusivamente relacionados con él: desde el juego de tazas donde se sirve y consume hasta el local que también lleva su nombre.

PIEZA DEL MES FEBRERO 2004: FRAGMENTO DE METEORITO CAÍDO EN OLIVENZA EL 19 DE JUNIO DE 1924

En España han caído multitud de meteoritos, pero sólo unos pocos han sido recogidos en los documentos de la época y pocos los conservados. Uno de ellos cayó en Olivenza, el 19 de junio de 1924. Fernández Navarro nos comenta que “a las nueve de la mañana se distinguió una nube blanca muy alargada, como la cola de un cometa, orientada NNE a SSO (…) Al caer, la piedra explotó, quedó clavada en tierra, abierta por tres fracturas. Levantó una gran polvareda y afirman que daba olor a azufre”.

Además de en la finca El Lemus, otros fragmentos se recogieron en otros lugares próximos como La Sancha, donde se descubrieron dos, uno de unos 30 kilogramos, en La Moreriña, Doña María, tres, y en Juan Castaña, varios.

La mayor porción del meteorito entró a formar parte de la colección del Museo Nacional de Ciencias Naturales, pero algunos de las piezas conservadas desaparecieron misteriosamente, apareciendo posteriormente en instituciones de EE. UU.

El mayor fragmento forma parte de las colecciones del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid. También fueron remitidos  ejemplares al Instituto Geográfico, Facultad de Ciencias de Madrid, Instituto Nacional de Segunda Enseñanza de Badajoz, Instituto Geológico de España, Museo Arqueológico de Badajoz,  Portugal (Lisboa, Coimbra), París y Londres (British  Museum).       

El examen directo del meteorito de Olivenza permite afirmar que se trata de una condrita, con superficie de fractura irregular, color gris-ceniza, con motas oscuras redondeadas, condros. En cuanto a los granos metálicos, de tamaño mayor que los mencionados condros, están rodeados de una aureola amarillenta de hidróxido de hierro. En su corteza de fusión, totalmente negra,  fruto de la elevada temperatura, se reconocen las hendiduras provocadas durante la caída y las líneas de vuelo. El material interno preponderante es el hierro, pero además contiene magnesio, aluminio, silicio, potasio, calcio, titanio, cromo, manganeso, cobalto y estroncio.

MOTO CON SIDECAR DE HOJALATA DE LOS HERMANOS PAYÁ, PIEZA DEL MES ENERO 2004

 

Llega enero y con él los Reyes Magos, a los que relacionamos desde siempre con los regalos. Por ello, la pieza elegida para este mes, es una moto con sidecar, fabricada por la empresa Payá Hermanos, en 1932, elaborada toda ella en hojalata. Entre el pueblo se la conoció como moto Tuf-Tuf, porque llevaba un fuelle que emitía ese sonido. Junto al conductor, su acompañante quien aparece tocando una trompeta.

El juguete de lata en España tuvo su edad de oro desde 1906 hasta 1936. En Barcelona destacaron los llauners -hojalateros- del Barrio de Gracia. En Madrid, la fábrica de Moreno, especializada en la construcción de carrozas de caballos. Pero fue un pequeño pueblo de Alicante quien acabaría convirtiéndose en el principal centro juguetero del país, nos referimos a Ibi, localidad que hacia 1900 contaba con unos mil vecinos que vivían en su mayoría del campo como temporeros y ninguna industria. Rafael Payá era el hojalatero del pueblo. Durante algún tiempo alternó los encargos tradicionales con la realización de los primeros juguetes artesanales de hojalata. Sus tres hijos le dieron a la profesión de su padre un sesgo nuevo y en 1912 se constituyó formalmente la  industria Payá Hermanos, S. A. capaz de inundar media España con sencillos juguetes de lata.

Junto a Paya se estableció, en la misma localidad, Rico S.A., convirtiéndose ambas en industrias pioneras del sector con un gran nivel de calidad. Uno de los grandes atractivos de este tipo de juguetes fue la velocidad, de ahí que cobren vida coches, motos, aviones, autobuses, trenes…

La Guerra Civil marcó el final de 30 años ininterrumpidos de fabricación juguetera en Ibi. Terminada ésta, la escasez de hojalata fue el principal problema; en ocasiones se recurrió al reciclado de material, adquiriendo botes a fábricas conserveras. También decir que se siguieron utilizando las matrices anteriores a la guerra, de ahí que en nuestro país dos generaciones muy diferentes crecieran y fantasearan con el mismo tipo de juguete, ese reflejo siempre cambiante de los gustos y la tecnología de cada época.