Pieza del mes

Un portadocumentos de Licencia Absoluta, Pieza del Mes de julio 2015

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Los españoles varones que en la actualidad cuentan con más de cuarenta años de edad fueron protagonistas de la “mili”, como se denominaba a aquel servicio que de forma forzosa los convertía en soldados uniformados y armados, con los que año tras año se nutrían los Ejércitos de España. No obstante, las diferentes épocas y transformaciones de nuestra sociedad determinaron desiguales plazos de permanencia en filas, y distintas fueron las circunstancias que el sorteo les deparaba ya que mientras unos podían quedarse al “lado de casa” otros tenían que desplazarse a los restos del Imperio español (Cuba, Puerto Rico y Filipinas hasta 1898, y África hasta 1975) y su “mili” fue incomparable y escasamente conocida por sus compatriotas, ya que el tema de los soldados de quinta no fue demasiado agradable para las clases dominantes.

Hasta el siglo XVIII el reclutamiento en nuestro país se realizaba a través de enganches pagados y reclutamiento de vagos, de mendigos y gente marginada, hasta que con la llegada de los Borbones (año 1704) se adoptó el modelo francés, que introdujo el reclutamiento de “quintas”, llamado así porque se elegía a uno de cada cinco mozos en edad militar, mediante sorteo. Y como el Ejército era propiedad real, a los quintos se les decía que iban a servir al Rey, denominación que perduró en España hasta la instauración de la II República en 1931.

Las Cortes de Cádiz de 1812 instauraron la obligatoriedad del servicio militar de todos los varones, sin discriminaciones, por primera vez. En la de 1837 se abolieron todas las exenciones de que habían gozado determinados sectores privilegiados.

En la Constitución de 1876 se generalizó en toda España el alistamiento obligatorio, aunque hasta 1912 perduraron los privilegios del pago de cuotas y la sustitución, a los que tan solo podían acogerse aquellos que poseían medios de fortuna e influencias caciquiles o políticas. En la Ley de 1940 se consiguió eliminar los “sustitutos”, aunque no las “cuotas”.

La duración del servicio militar fue variando teniendo en cuenta el interés castrense de poder contar con soldados expertos/veteranos y el interés público de no retener a los ciudadanos más tiempo del necesario para el bien de la sociedad civil.

A pesar de ello fue siempre muy largo, oscilando entre dos y cuatro años el servicio activo, además del período de reserva.

En general, la evolución legal tiende a reducir el período de actividad e incrementar el de reserva.

El mecanismo de reclutamiento era complejo y se desarrollaba por diversos organismos. El Gobierno fijaba cada año el cupo global de reclutas que estimaba necesario y los seccionaba por provincias. Las Diputaciones establecían el porcentaje que tenían que aportar, y lo trasladaban a los distintos municipios cuyos ayuntamientos facilitaban las listas de mozos a los que, por su edad y estado físico, correspondía incluir en las Cajas de Reclutas.

El Ayuntamiento, a través del padrón municipal, los Registros Civiles e incluso los parroquiales, controlaba a los jóvenes que habían cumplido 20 años de edad durante el año anterior. Estos mozos eran citados a las dependencias municipales en donde se les filiaba, medía la estatura y su peso, y posteriormente se publicaban las listas con los nombres de los mozos considerados útiles para el servicio. Ese día también se podían hacer las alegaciones para librarse de hacer el servicio militar entre las que estaban pie planos, minusvalías físicas (corto de vista, sordera, etc.), hijo de padres sexagenarios, ser el sostén familiar, hijo de viuda, etc. Una vez conocidas las listas definitivas se llevaba a cabo el sorteo, que en un principio se realizaba en los Ayuntamientos y posteriormente en las Cajas de Reclutas.

Con la entrada en Caja, los mozos perdían su estatus civil y pasaban a la jurisdicción militar hasta el momento de la Licencia Absoluta o la blanca. Esta era un pliego manuscrito sellado y firmado por el jefe de su Ejército y en el que acreditaba los datos del soldado, destinos y vicisitudes de campaña. Era un documento importantísimo, que, en tiempos pasados, se entregaba dentro de un “canuto” o cilindro metálico de lata y se colgaba al cuello con cordeles de colores.

Durante el mes de julio queremos mostrar uno de estos cilindros donado al Museo por Francisco González Santana

 

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