Una Carta de Visita (Carte de Visite 1860-70), Pieza del Mes de abril 2019

El invento de la fotografía en las primeras décadas del s. XIX supuso uno de los adelantos técnicos más importantes de la historia; por primera vez nuestra realidad podía ser registrada tal cual era, paralizada para siempre en un instante que lograba traspasar la barrera del tiempo.

Muchos contribuyeron a su perfeccionamiento, pero fue Louis Daguerre quien revolucionó para siempre la industria logrando una placa en positivo única gracias a la evaporación del mercurio, consiguiendo una imagen revelada. Nace el daguerrotipo, en Francia, en 1839.

Hasta el nacimiento de este, el retrato pintado era la única forma de representación, y por su alto valor, era considerado un bien escaso y de lujo.

A pesar de la popularidad que alcanzó este invento en la década de 1840, el alto costo de producción y la imposibilidad de producir copias de la imagen, transformó al daguerrotipo en un objeto al que muy pocos podían acceder.

Se experimentó con nuevos procedimientos, que buscaban sobretodo acercar ese arte a la gente.

Hoy en día, cambiar nuestra foto de perfil o hacer un selfie para compartirlo con todos nuestros amigos, es algo muy cotidiano. Sin embargo, para la mayoría de las personas del s. XIX tener un retrato propio era extraño, por considerarlo un objeto prohibitivo al que pocos podían acceder.

Esto fue así hasta que en 1854 el francés André Adolphe Disdéri patentó un nuevo método fotográfico que permitió masificar y popularizar el arte del retrato dando origen a la famosa carta de visita (carte de visite). Con una cámara poco convencional con 4 objetivos conseguía obtener, en una misma toma, hasta ocho fotografías pequeñas en vez de una de gran formato. A partir del negativo generado, se podían hacer infinidad de copias en papel albúmina y a mitad de precio. Gracias al retrato de Napoleón III realizado por Disdéri, la carta de visita se convirtió en el objeto más codiciado de Francia y después de toda Europa, consiguiendo su autor un éxito sin precedentes que le hace rico y famoso. Se trataba de una pequeña fotografía rectangular vertical, (5,5cm de ancho por 9 de alto), pegada sobre un soporte de cartulina algo mayor en el que figuran impresos en la parte inferior o en el dorso algunos datos del fotógrafo autor de la imagen. Su nombre deriva del hecho de que su tamaño era similar al de una tarjeta de visita, aunque raramente se utilizaran con esa finalidad.

El Museo presenta este mes un modelo de carta de visita de 1860-1870, en color sepia, en la que figura una mujer de pie vestida con traje largo, abotonado en el delantero y con miriñaque debajo. Porta en su mano derecha un abanico y apoya la izquierda sobre el respaldo de una silla torneada.

Por regla general, la elección del vestuario en estas fotografías nunca es casual. El fotografiado o fotografiada posará con sus mejores galas o con aquellas que mejor representan su función social.

El escenario suele tener un telón de fondo, a veces liso, a veces pintado con paisajes. El suelo podía simular empedrado, hierba o cubierto con una alfombra. Se completaba con objetos que evidenciaban la profesión del fotografiado o su naturaleza moral, valiéndose además de plintos, telones de fondo, cortinajes, muebles de la época, etc.

En el reverso de la carta de visita que exponemos aparece impreso el nombre del fotógrafo en color verde. Se trata de E.B. sucesor de J. Martínez Sánchez, Puerta del Sol, nº 4, Madrid.

José Martínez Sánchez (1807-1874), natural de Bicorp (Valencia), tenía dos gabinetes fotográficos, uno en Madrid y otro en Valencia. Considerado por los historiadores de la fotografía uno de los primeros maestros españoles y uno de los más sobresalientes fotógrafos de obras públicas del s. XIX, debido al reportaje de estas edificaciones que realizó por toda España junto a su socio J. Laurent para la Exposición Universal de Paris en 1867. También destaca por ser el primer fotógrafo, junto con Antonio Cosmes, en realizar un reportaje oficial de un viaje de la reina Isabel II a Valencia en 1858. Tomó parte en la investigación y divulgación de las técnicas fotográficas con el descubrimiento, junto a Laurent, del procedimiento leptográfico, en 1866. Se trata de la utilización de un papel fotográfico que se vendía ya sensibilizado.

Martínez Sánchez deja Madrid en 1870 para instalarse definitivamente en Valencia, donde muere en 1874. El estudio queda a cargo de su sobrino Eduardo Blasco, entre 1869 y 1900.

Las tarjetas de visita fueron populares hasta 1900 cuando Kodak introdujo la cámara Brownie y las instantáneas fotográficas se volvieron un fenómeno de masas.

Un arenero o salvadera, Pieza del Mes de marzo 2019

 

 

Es imposible hablar de la historia de la escritura sin hacer referencia a la importancia de los soportes en los que se plasma y de los útiles para ejecutarla. Estos han sido muy variados a lo largo de los tiempos.

En algunos casos, el material de escritura dejaba espesos trazos de tinta que exigía mucho tiempo de secado.

Antes de la aparición del papel secante y desde mediados del s. XVI, se usaba la salvadera para solventar este inconveniente.

El Museo muestra durante el mes de marzo un ejemplar de este antaño popular utensilio de escritorio. Se trata de un pequeño recipiente, parecido a un salero, que esparcía arena o polvos secantes sobre un manuscrito con objeto de acelerar el secado de la tinta. Es de cristal, de planta cuadrada y tapa metálica con agujeros; ésta es cóncava para que fuera más fácil volver a poner la arena dentro del recipiente.

El arenero podía ser de diferentes formas (cuadrado, hexagonal, cilíndricos, etc.) y materiales (loza, vidrio, plata, etc.). Necesariamente estaba incluido en los utensilios para escribir, al igual que el tintero, la pluma y el cuchillo abrecartas.

La palabra salvadera es un derivativo de la voz castellana salvado. Se le da este nombre al recipiente porque antiguamente en lugar de polvos se usaba salvado, es decir, cáscara del grano de los cereales desmenuzada por la molienda, con la finalidad de enjugar los escritos.

También se le llama arenero por ser la arena uno de los materiales que contenía.

La pieza que exponemos fue donada al Museo por su fundador y primer director D. Francisco González Santana.

Una caja de rapé con simbología masónica, Pieza del Mes de febrero 2019

La palabra rapé procede del término francés râpé, que significa rallado, y es un preparado de tabaco tostado puro, molido hasta convertirlo en polvo muy fino, que se esnifa. Fue muy popular entre los pueblos originarios de América Latina y es de Brasil de donde se tienen los primeros registros de su consumo.

Llega a España a mediados del s. XV, cuando Felipe II ordenó al médico y botánico Francisco Hernández de Boncalo que trajera semillas de tabaco de América para plantarlas en Toledo.

Además de su consumo recreativo, en Europa, en sus primeros momentos, tuvo aplicaciones medicinales. Fue el embajador francés en Lisboa, Jean Nicot quien envió rapé a Catalina de Médici para tratar las migrañas padecidas por su hijo.

En los siglos XVIII y XIX era una moda muy extendida entre la aristocracia europea esnifar rapé. Los hombres que presumían de ser elegantes llevaban en su bolsillo un bonito recipiente, en forma de caja, como la que exponemos este mes, donde almacenaban este polvo, que se intercambiaban como signo de cortesía. Era de mala educación inhalar ante las señoras, por tanto, los hombres cuando sentían esa necesidad se retiraban a otra estancia con la intención de “echarse unos polvos a la nariz”.

Con el tiempo, la excusa para ausentarse de la reunión comenzó a utilizarse también para poder tener fugaces y apasionados encuentros con la amante de turno, de ahí el origen de un dicho muy frecuente entre el pueblo. ¿Sabes cuál es?

La caja que mostramos, de 1,5 cm. de altura y 3 cm. de diámetro, presenta en la tapa un compás sobre una escuadra, simbología masónica que hace referencia al grado de “maestro” , el tercero de la jerarquía tras los de “aprendiz” y “compañero”.

La escuadra representa la norma, la referencia, lo que está ahí, lo que es previo a la creación. El compás, por el contrario, representa la sabiduría del espíritu, la creación, la creatividad que se puede permitir el que ya conoce normas y reglas.

La escuadra es por ello mismo, la herramienta que permite poner derecho, conforme a la regla los errores del profano, entendiendo por profano, en terminología masónica, el que no pertenece a la masonería.

Así, en el primer grado, sobre el altar de los juramentos que se encuentra a los pies del Venerable Maestro que preside la ceremonia de admisión, la escuadra es colocada sobre el compás, la norma sobre la creación. En el segundo grado, el de compañero, escuadra y compás están entrelazados, pues aunque el iniciado aún no puede desprenderse de la norma, puede empezar a ejercitarse en la creatividad. Mientras que en el tercer grado, el de maestro, el compás ya aparece sobre la escuadra, signo de la perfecta y total maestría que permite utilizar el compás en todos los grados de abertura, la creación más allá de la norma.

En el centro, entre el compás y la escuadra, figuran las iniciales F&U, abreviaturas masónicas que significan Fuerza y Unión.

Esta bonita e interesante pieza fue donada al Museo por la Asociación Limbo Cultura.

Una muñeca Mariquita Pérez , Pieza del Mes de enero 2019

En palabras de Cesar Antonio Molina, Ministro de Cultura 2007-2009, “Hasta mediados del s. XX el papel de la mujer en la sociedad occidental era el de ama de casa, esposa y madre, guardiana del hogar y de las tradiciones. Los juguetes “de niña” le enseñaban a asumir esos roles”. 

En este ambiente aparece Mariquita Pérez y el fenómeno sociológico al que dio lugar.

Es considerada la muñeca más famosa de las décadas de los años 40 y 50. Era el lujo de la posguerra civil española, al alcance de muy pocas familias, ya que mientras una muñeca “pepona”, que era lo más común de la época, se adquiría por 5 ptas., el modelo más económico de la Mariquita Pérez costaba cerca de 100 ptas. Hay que tener en cuenta que al principio  de los años cuarenta, el alquiler de un piso rondaba las 250 ptas.

Las primeras Mariquita Pérez se fabricaron en Onil (Alicante), en 1940, en el taller de Bernabé Molina. Eran de cartón piedra, con ojos fijos de cristal, boca cerrada y peluca natural. Su primer vestido,  a rayas rojas y blancas, conocido como “Mi delantal”, supuso la imagen corporativa de la empresa.

Se fabricó durante más de treinta y cinco años entre 1940 y 1976. A lo largo de este tiempo se modificó varias veces, según la evolución de los materiales y los cambios en la estética y moda infantil del momento.

Su ajuar fue creciendo y pronto se dio a conocer a su familia y amigos. Parte de su éxito se lo debe a su extenso guardarropa, así como a la gran cantidad de complementos que la acompañaban. Mariquita llegó a tener su propia tienda en Madrid e incluso se escribieron cuentos en los que la muñeca era la protagonista y se hablaba de ella en todos los programas de radio.

Su creadora fue Leonor Coelho de Portugal, una dama de la alta burguesía que, en los años de la Guerra Civil vivía en San Sebastián. Según se cuenta, viendo a su hija jugar en la playa con una muñeca, se le ocurrió que podría crear una parecida a la niña y vestirlas iguales, de ahí que se la conozca como “la muñeca que viste como una niña”. De hecho, en una casa de tres pisos en la Calle Núñez de Balboa de Madrid, se instaló un taller y una tienda de trajes de niña, para que fueran vestidas igual que sus muñecas.

La que exponemos en el Museo pertenece a la tercera época (1943-1953) cuyo fabricante fue José Florido. Es de cartón piedra, pelo natural con bucletón, cejas de aerógrafo, ojos durmientes de cristal de color azul, pestañas inferiores pintadas a trazos, superiores naturales,  boca entreabierta con dientes superiores y lagrimales y orificios nasales señalados con un puntito rojo. El vestido y los zapatos que lleva son originales.

Ha sido donada el pasado mes de julio por Rosa Píriz Ruiz, junto con una colección de vestidos y dos pares de sandalias confeccionados por ella misma.

Recientemente han sido restaurados sus ojos y el pelo en el taller de Teresa Martín, coleccionista y restauradora de muñecas antiguas de Sevilla.

Una máquina de remallar medias, Pieza del Mes de diciembre 2018

Las medias femeninas permanecieron durante siglos ocultas a la mirada (y con mayor motivo las piernas). Entonces se llamaban calzas. A través de los siglos, las mujeres usaron medias más o menos finas y caras, según la moda, pero éstas permanecían ocultas por la longitud de las faldas, prestándose mayor atención a los zapatos.

En el siglo XX, la palabra calzas es sustituida por medias. En la primera década las faldas se acortan dejando al descubierto la pantorrilla hasta cerca de la rodilla, y aquí es donde la media empieza a constituir un objeto visible. Es en 1920 cuando la mujer, por primera vez, muestra las piernas.

En un principio, las medias se tejían con seda pero, en 1935, se produjo la primera fibra de nailon, y es en la Exposición Universal de Nueva York, en 1939, cuando se presenta al  público la media confeccionada con esta fibra, poniendo la prenda al alcance de todo el mundo.

A finales de los años 50 el panti hizo su aparición de la mano de una mujer embarazada, Ethel Boone, que aquejada de la incomodidad de llevar medias, liguero y todo un conjunto de ropa interior que producía molestias en sus piernas, unió las medias con el liguero y la faja. De ahí salió el primer panti que, en principio, no gozó de mucha aceptación. Pero, en los años 60, con los cambios en el modo de vestir femenino (como faldas cortas), los nuevos pantis se hicieron imprescindibles.

Nace también, en esta época, la licra, material tan elástico y resistente que derrocaría al nailon.

Con la media surge una pesadilla femenina: la siempre inoportuna “carrera”. Para repararlas existía, por los años 50, las llamadas remalladoras de medias o costureras que dominaban el arte de reparar el tejido de las vulnerables medias de nailon, a las que con alguna –o mucha- frecuencia se les iba un punto.

Estas mujeres estaban provistas de un agudísimo ojo, de la fibra, de las agujas y de un aparato con el que se les devolvía la vida útil a las valiosas medias, ya que aún no se habían impuesto los ordinarios artículos desechables.

Uno de estos aparatos es lo que muestra el Museo este mes. Consta de un motor eléctrico, cuya velocidad se regula por pedal, que mueve una pequeña bomba neumática de diafragma. El recorrido de la bomba, y por tanto, su caudal, también es ajustable. Los pulsos de aire mueven la aguja oscilante a través de una fina cánula de plástico. La media, estirada, se colocaba sobre la boca de un vaso y se procedía al cosido, que consistía en enganchar uno a uno los puntos de cada lado de la carrera y entrelazarlos. Para tener mayor visión, la máquina se acompaña de un flexo.

Esta máquina, fabricada por Industrias VALE, de San Sebastián, se utilizaba tanto a nivel particular, en los domicilios que podían permitirse gastar 5000 ptas. en ella, o bien para prestar un servicio público.

Fue donada al museo por Francisco Borrallo González en 2017.

Una sombrilla de luto, Pieza del Mes de noviembre 2018

Durante el mes de noviembre el Museo quiso tratar el luto mostrando una sombrilla negra.

A finales del s. XIX y principios del XX el ser humano afrontaba el tema de la muerte de manera diferente. Hoy la defunción se esconde en hospitales y tanatorios, lejos de la vista y de la casa familiar; pero antes, para la gente en duelo, la demostración pública de su pena era tanto una necesidad como un deber.

Así, en el siglo XIX, el dolor por la pérdida de un ser querido se manifestaba mediante una indumentaria de color negro, sujeta a unas reglas.

El negro no es el color universal del luto, así, por ejemplo, en Corea es el azul y en Oriente el blanco. En Occidente, el difunto vuelve a la tierra, deviene en cenizas y parte hacia la oscuridad, de ahí el color negro, que empezó a usarse para este fin, en 1498, cuando la reina Ana de Bretaña lo adoptó tras la muerte de su esposo, Carlos VIII rey de Francia. Igualmente la reina Victoria, tras la muerte de su amado Alberto en 1861, dio paso a un largo proceso de luto y dolor.

El tiempo dedicado al luto dependía de las zonas geográficas. A principios del siglo XX se esperaba que una mujer llevara luto unos dos años más seis meses de alivio por su marido, otros dos años más seis meses de alivio por un hijo, un año y seis meses de alivio por padres, seis  meses por los abuelos y hermanos. En Olivenza, según texto de Rita Asensio, por  un padre o madre se podía estar hasta cinco años de luto.

Estar de luto significaba poner un paréntesis en la vida social, así como impedir toda actividad que pudiera interpretarse como entretenimiento. En Olivenza, no se pintaban las fachadas, no se barría la puerta de la calle, ni se limpiaban los llamadores de metal, tampoco se tocaba instrumento musical, ni se cantaba, entre otras muchas cosas.

En cuanto a la vestimenta, el período de duelo se dividía en tres etapas: luto riguroso, medio luto y luto aliviado. Durante el luto riguroso era imprescindible vestir completamente de negro, con tejidos sin brillo y usar velo, sobre todo en el primer año. Durante el medio luto los tejidos eran más ricos y los trajes menos severos a los que se podía añadir adornos de muselina de seda negra, guipur o bordados. El luto aliviado implicaba usar ropas normales en colores apagados como gris, blanco, morado, lila, etc.

Para el hombre era más sencillo, solo tenía que anunciar su pérdida mediante una corbata negra, un brazalete o un botón forrado de tela negra colocado en el ojal de la chaqueta.

Los accesorios como sombreros, sombrillas, abanicos, pañuelos de mano, etc., también debían ser de color negro riguroso. Un ejemplo es la sombrilla que exhibimos este mes, toda de color negro, incluidas las varillas que están empavonadas para evitar la nota clara del metal.

En cuanto a las joyas, se podían llevar agujas de sombrero, broches y collares de madera negra. En la era victoriana, el azabache era la piedra más popular de la joyería de luto, así como los broches y pendientes que contenían un mechón de cabello del difunto. Los motivos decorativos en las joyas de luto solían ser temas florales. La rosa, si estaba en forma de capullo, significaba la muerte de un niño, y si estaba abierta significaba la muerte de un adulto.

A mediados del siglo XX, el negro perdió su connotación funeraria, dejó de ser exclusivo de luto para convertirse en sinónimo de elegancia, muy usado en actos sociales de etiqueta.

La sombrilla fue donada por Francisco Borrallo González en 2017.

Un asentador o suavizador de navaja de afeitar, Pieza del Mes de octubre 2018

Quitarse el pelo de la cara parece haber sido un deseo del hombre desde los tiempos más remotos. Los arqueólogos han encontrado pinturas rupestres que representan a hombres con barba y otros sin ella. Además en muchos yacimientos se han encontrado conchas marinas y pedernales afilados que fueron las primeras cuchillas de afeitar.

En el Antiguo Egipto, sacerdotes y sacerdotisas debían depilarse el cuerpo entero antes de entrar en los templos. Los griegos consideraban que un cuerpo depilado era ideal de belleza, juventud e inocencia y en los baños públicos romanos existían cuartos para la depilación.

En la civilización egipcia las primeras herramientas de corte fino se hicieron con bronce. En la Edad Media usaban navajas de hierro. En el siglo XVIII y XIX se sucedieron una serie de navajas con protección de seguridad.

El afeitado de navaja fue el habitual hasta la aparición de las cuchillas rectangulares introducidas por Gillette en 1904.  Para conservar y poner a punto el filo de la navaja se empleaba el asentador o suavizador, que consistía en dos tiras de cuero montadas sobre un bastidor con mango. La podemos ver en la pieza que muestra el Museo este mes.

Una de las dos tiras se untaba con pasta para navajas, una barrita densa de grasa con propiedades abrasivas que hacía que el filo quedara en buenas condiciones para el afeitado. Después, y tras haberle dado dos o tres pasadas sobre esta cara del suavizador, se volvía a repetir la operación por el otro lado cuyo cuero estaba bien impregnado con aceite de oliva, quedando la navaja lista para el rasurado, al que se procedía no sin antes haberle proporcionado unos cuantos pases sobre la palma de la mano del fígaro.

Una encorchadora manual, Pieza del Mes de septiembre 2018

El vino es una de las bebidas más antiguas que se conocen. Su historia es paralela a la historia de la humanidad. Son muchos los pasajes de la historia en los que el vino se representa como protagonista de eventos importantes.

El primer paso para la vinificación es la vendimia, o recolección de la uva, que resulta ser un proceso delicado ya que tiene que pasar el menor tiempo posible desde su recolección hasta su elaboración. Una vez recogida la uva pasa por una serie de fases como el despalillado, estrujado, primera fermentación y maceración, segunda fermentación o fermentación maloláctica, trasiego, clarificación y filtración, crianza, embotellado y etiquetado.

El embotellado consta de un conjunto de operaciones para el acondicionamiento final del vino con el objeto de realizar su expedición y venta final al consumidor. Uno de los aspectos más importantes es el taponado y encapsulado.

Hace algunos años, en bodegas pequeñas, donde el proceso de embotellado era manual o poco profesional, para insertar el corcho se usaba una encorchadora como la que muestra el Museo. Se trata de una pieza de madera de sección circular con el interior hueco, con una cámara conectada a una barra de madera que se encuentra en la parte superior.

Para su uso se pone en contacto la pieza con el cuello de la botella y se dispone un tapón de corcho en el interior de la cámara, para que, ejerciendo presión o golpeando la barra de madera, introduzca el tapón en la boca de la botella. Para facilitar el proceso se podía remojar el tapón en agua caliente o en líquido, preferentemente vino.

Esta pieza forma parte de los Fondos Antiguos del Museo.

 

Un hierro de marcar, Pieza del Mes de agosto 2018

Desde que el hombre primitivo comenzó a domesticar los animales, sintió la necesidad de marcar el ganado, como distintivo o identificación de pertenencia, para distinguirlos de los de sus vecinos, en caso de que se mezclase, y por evitar el robo.

Hoy en día existen dos razones básicas por las que se debe marcar el ganado, una es para que el dueño lo identifique y la otra es controlar la productividad de las reses. Las marcas están reglamentadas por  ley y deben registrarse.

La marcación a fuego es el método más común y para ello se utiliza un instrumento llamado hierro que se calienta al rojo vivo y se presiona en el ganado.

Uno ejemplo de ellos es el que muestra el Museo. Consta de un mango de madera para evitar la transferencia de temperaturas, permaneciendo frío mientras que el hierro está candente. En el extremo opuesto aparecen las iniciales AV.

Por lo general, esta marca consistía en las iniciales del propietario, aunque no siempre es así, pues, a veces, se recurre al nombre de la finca, a algún juego de palabras con el nombre y/o apellido del ganadero, etc. En caso de que el ganadero pertenezca a la nobleza, puede cargarla con la corona correspondiente a su título; si se trata de ganaderías vinculadas a la Iglesia, con una cruz. Estas dos figuras, corona y cruz, no obstante, son empleadas por ganaderos que no cumplen tal condición, bien porque les guste, bien por alguna relación por lejana que sea, con las normas citadas.

El animal ha de estar inmovilizado y la aplicación debe durar poco tiempo siendo la mejor zona de marcación la que posee una adecuada masa muscular.

El sistema de marcar el ganado, además de que debe ser un método cómodo y fácil, debe ser no dañino para el animal, claro y fácil de identificar, perdurable en el tiempo, difícil de falsificar, marca única y de dimensiones apropiadas, no más de 10 cm.

Esta pieza fue donada al Museo por Francisco González Santana.

Un Frontil, Pieza del Mes de julio 2018

La palabra esparto viene del griego y significa cuerda.

El esparto es una planta herbácea perteneciente a la familia de las gramíneas. Tiene unas hojas largas y duras tan fuerte y resistente que parecen hilo, llegando a alcanzar el metro de altura. Florece de marzo a junio y se recolecta entre julio y agosto.

Desde antes de los romanos, la recolección y cultivo de esta fibra ha tenido gran importancia en la economía de muchos hogares españoles. La manera de cosecharlo, arrancado sus hojas con la ayuda de un palo corto, apenas ha cambiado desde la descripción de Plinio en el siglo I.

Después era tendido en el suelo para su secado al sol, pasando, posteriormente, por una serie de procesos como sumergirlo en agua durante cuarenta días, aplastarlo con mazos para desprender la parte leñosa de la fibra, etc, convirtiéndose, hasta bien entrado el siglo XX, en el soporte básico sobre el que se confeccionaban antiguamente infinidad de útiles domésticos, de labranza y para los animales como alforjas, esteras, serones, cinchos para quesos, capachos, soplillos, cestos, frontiles, etc.

Uno de estos frontiles es la pieza del mes de julio. Se trata de unas almohadillas que se colocan  en la frente de cada buey o cualquier animal de tiro para aguantar la presión que ejerce la soga o coyunda utilizada para sujetar el yugo. Siempre van en pareja con otra exactamente igual que, en este caso, no se conserva. El animal rendía más en el trabajo ya que no sufría tan fuerte la presión de la carga o el roce de la cuerda.

El frontil consta de tres partes, cosidas entre sí, una parte delantera en la que se colocan trenzas cuya función es evitar el desplazamiento de la soga o coyunda que se utiliza para amarrar, una parte central compuesta por una pleita enrollada y cosida y el empaquetado o parte posterior que se corresponde con la zona que está en contacto con la frente del animal, confeccionada con ramilletes de esparto entrelazados mediante costuras y desde donde parten los flecos.

Bueyes con frontiles

Los útiles o herramientas empleados para dar forma a los frontiles son, entre otros, martillo, tenaza, aguja de 27 cm. de longitud, cuchillo, navaja, azuela, mazo de madera, etc.

Su elaboración ha sido llevada a cabo por hombres, dado el esfuerzo que se requiere para tirar de la aguja y golpear con el mazo. El tiempo invertido puede ser de unos seis meses.

Bueyes engalanados con frontiles

La durabilidad del frontil depende de varios factores como el uso, la humedad, los ratones, etc.

Actualmente, su utilización se limita a fiestas, principalmente romerías, en las que se engalana al animal que va tirando de las carrozas.