Dentro de los oficios artesanales, el de sastre era quizás el más reconocido socialmente y el que implicaba de forma directa a casi todos los miembros de la familia. La especialización que requería hacía necesaria, además, la presencia de aprendices, casi siempre mujeres, como puede observarse en las fotografías presentes en la sala.
El taller, ubicado por lo general en una dependencia de la misma casa, acentuaba aún más el sentido fraternal de una relación de trabajo, presidida por la confianza.
Las prendas demandadas eran, sobre todo, chalecos, chaquetas y pantalones. Las telas más comunes, el paño, la pana y el dril.

De las sastrerías oliventinas salía ropa para el campo, trajes de vestir e incluso, uniformes para los componentes de La Filarmónica y demás agrupaciones culturales de la ciudad.
Repartidos por la sala se encuentran los útiles empleados en el proceso de confección: cinta métrica, dedal, hilo, patrones, jaboncillo, regla, escuadra, tijeras, máquina de coser…, así como maniquíes para las pruebas.
En el acabado de las prendas se empleaban planchas de hierro. Unas se calentaban introduciendo carbón en sus depósitos y otras, más sencillas, colocándose directamente sobre el fuego, asiéndolas con un agarrador. La de mayor tamaño y peso era manejada exclusivamente por el maestro.
Aunque en el medio rural la ropa de hombre no sufría cambios exagerados, la moda fue introduciéndose paulatinamente con la aparición de figurines y revistas a partir de los años 40.
Con la estandarización en el vestir, el oficio casi ha desaparecido en nuestros días, ya que sobreviven muy pocos talleres localizados solo en grandes poblaciones.

Sastreria detalle

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