A lo largo de casi toda su historia, el traje no ha respondido sólo a la primaria necesidad de protección y abrigo, sino que ha servido como indicador, entre otras muchas cosas, de la posición social, el estado civil e incluso el de ánimo.

La pequeña colección que se muestra en esta sala abarca desde mediados del siglo XIX hasta los años 20, poniendo de relieve la diferente evolución de la indumentaria rural, mucho más lenta y resistente a los cambios, y a la urbana, sujeta a modas más o menos efímeras, especialmente por la publicación y difusión de figurines y láminas.
Predomina la indumentaria femenina, dividida en dos secciones. En la dedicada a las prendas de carácter popular, destacan algunas faldas largas y fruncidas, estampadas a rayas verticales, camisas, medias tejidas a cuatro agujas, ropa interior, faldriqueras y los tradicionales rodetes para transportar cántaros en la cabeza.

En la indumentaria urbana pueden apreciarse, en cambio, algunos cuerpos de mangas dobles, fruncidas, afaroladas y con volantes característicos de la moda imperante a principios del siglo XX. Mención especial merecen un traje de tres piezas realizado en raso y muaré, utilizado por su propietaria como vestido de segundas nupcias en 1893, y dos esclavinas o capas cortas con aplicaciones de azabache.

Los complementos incluyen sombreros, que adoptan diferentes formas (de torta y cloché, típico de los años 20) y tejidos, como el terciopelo, raso, tul y cuerda, además de bolsos, cinturones y abanicos, algunos pintados con acuarela.

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