Hasta mediados de siglo, los roles tradicionales de la vida adulta estaban presentes, desde la más tierna infancia, tanto en los juegos como en los juguetes. La diferenciación sexual y social se proyectaba reproduciendo para niños y niñas universos paralelos y en miniatura a los de sus mayores. Esta sala refleja también, a pequeña escala, el modo de vida, los gustos y hasta la tecnología de una época.

Las muñecas, sus casas y ajuares anunciaban ya la futura maternidad, las predestinadas faenas domésticas y la rutina propia de la organización de un hogar. Pueden apreciarse ejemplares de loza, todo un lujo para la mayoría, de trapo, cartón e incluso de hule. Según las posibilidades de sus dueñas, podían ir vestidas con simples retales o primorosos vestidos, de los que puede observarse una pequeña colección. La casa de muñecas, concebida como un mueble más, muestra en su interior un completo surtido de enseres, de proporciones a veces inverosímiles. Magnífico trabajo de ebanistería son los muebles de juguete que se muestran sobre las vitrinas.

La madera y el hierro están presentes en triciclos y patinetes de fabricación artesanal, construidos por algún padre o abuelo habilidoso. También en los juguetes de arrastre, de gran tradición en la vecina Portugal, con mecanismos rudimentarios que hacían mover las alas de una paloma o las piernas de un ciclista.

El juguete didáctico, de aparición más tardía, está representado por un juego de arquitectura en piedra y otro, más rústico, en corcho, así como por un proyector NI, con sus toscas películas de papel vegetal.
Mención especial merecen los juguetes mecánicos de hojalata litografiada de los Hermanos Rico y Payá, fabricados en los años 30, y el entrañable tren eléctrico.

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