Destinada en principio a la compostura masculina, la barbería encerraba al mismo tiempo un complejo mundo de relaciones que iban más allá del simple corte de pelo o afeitado. En la barbería se comentaban todos los acontecimientos y noticias ocurridas en la localidad, siendo el barbero confidente e incluso depositario de llaves de sus vecinos.
Entre el mobiliario figuran mesillas, rinconeras y repisas donde se colocaban los útiles propios del oficio, además de sillones con apoyo para la cabeza y espejos.
Los niños se sentaban en una silla alta, para facilitar la tarea del barbero.
Pieza emblemática del oficio es la bacía, o recipiente de loza blanca con escotadura para apoyar el cuello.

Repartidos por la sala pueden apreciarse diversos utensilios como peines, tijeras, navajas, maquinillas de cortar el pelo y cepillos, además de piedras y otros instrumentos para el afilado.
A simple vista se observa una completa colección de recipientes metálicos, entre los que destacan cuencos para jabón, botes de perfume y jarras.
Piezas curiosas son dos botellas con dosificador, que se llenaban de colonia, marcándose en una escala graduada la cantidad deseada por el cliente.
Los periódicos y revistas se mezclaban, ojeados de vez en cuando por algún parroquiano en espera de turno. Entre los expuestos se encuentran ejemplares de finales del siglo XIX y principios del XX, como El Globo (1876), El Imparcial (1919), y revistas como Mundo Gráfico (1919) y Nuevo Mundo (1936).

El barbero también realizaba sangrías, ayudándose de un objeto de vidrio y goma que actuaba a modo de ventosa. Otra de sus funciones era la extracción de muelas y dientes, para ello se servía de una especie de tenazas, conocidas popularmente en nuestra Villa como dentusas. A finales del XIX se prohibió de forma terminante a los barberos y a todos los que no tuvieran título, la práctica de este tipo de operaciones.

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