Los olivares dieron siempre un carácter inconfundible al paisaje rural oliventino, cubriendo casi por completo lugares de topografía irregular situados en la Sierra de Alor. A las almazaras de la Villa llegaban , durante los meses de noviembre, diciembre y enero ,las aceitunas.

En primer plano, molino de aceite. Consta de una tolva en la que vaciaban los cestos, cayendo gradualmente el fruto a través de una compuerta a la solera, plataforma circular de piedra. La pasta obtenida se depositaba en un canalillo del que se recogía para ser prensado en capachos de esparto.

El mejor aceite se destinaba al consumo humano, almacenándose en bidones, cántaros o zafras de hojalata, que pueden apreciarse en distintos puntos de la sala. Éstos se transportaban en unas curiosas carretillas.

El aceite de inferior calidad se reservaba para combustible o se usaba en la fabricación de jabón, añadiéndole sosa. Este producto, junto con algunas muestras etiquetadas y varios instrumentos de laboratorio, pueden apreciarse también en la sala.

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