Moldes para hacer tocinillo de cielo, Pieza del Mes diciembre 2004

En Navidad, cuando el cocinar más que una necesidad diaria se convierte en un placer, los postres dulces ocupan un lugar destacado, siendo uno de los más exquisitos y conocidos de nuestra gastronomía  el tocinillo de cielo.

Parece que su origen se encuentra en un convento de Jerez de la Frontera, siempre ligado a la elaboración del vino, pues las claras de huevo se usaban para clarificarlo; por su parte, las yemas eran entregadas al convento de monjas, quienes las reutilizaban diseñando este postre, llamado así por su aspecto, textura y origen religioso. Los ingredientes básicos del tocinillo de cielo son  las yemas de huevo, azúcar y agua. Se hace almíbar con los dos últimos productos, cuando enfría se le añaden las yemas batiéndose la mezcla que, posteriormente, se desplaza a un recipiente caramelizado.

Para su  elaboración  se utilizaba una cacerola  de hojalata que hemos seleccionado como pieza del mes.  Este material es una delgada chapa de hierro bañada en estaño o cinc que se trabaja fácilmente cortándola, doblándola y soldándola de manera artesanal.  Con ella se producían objetos tales como alcuzas, embudos, coladores, ralladores moldes, medidas de líquidos, las cantaras, las lecheras de transporte, zafras para el aceite, candiles, faroles  y remates de chimeneas. En Olivenza,  la familia de hojalateros de la Granja forjó muchas de estas cacerolas.

El objeto expuesto consta de  tres piezas: la cacerola, una bandeja con dos asas y  cinco patas en forma de uve, y veinticuatro moldes troncocónicos para echar la masa del tocinillo de cielo; se cocía al baño María, con la finalidad de que la mezcla espesase. A continuación, se vertía en  moldes. Tras una espera  de 12 a 15 minutos se desmoldaban.

Batuta de D. José María Marzal Rebelo, Pieza del Mes noviembre 2004

Corría el mes de marzo de 1851 cuando un grupo de hombres inquietos, consigue convertir en realidad el sueño de formar una sociedad musical. Nos referimos a la Sociedad Cultural “La Filarmónica” que desde entonces ha hecho que el nombre de Olivenza recorra numerosas ciudades y pueblos de España y Portugal

Mecenas e iniciador de la idea fue D. José María Marzal Rebelo, miembro de una de las familias más importantes de Olivenza. Don José María encontró en el círculo de sus amistades a sus más firmes colaboradores: D. Fernando Cabrera, D. Antonio Dimas, D. Carlos Moreno, D. José Rocha, D. Manuel Quintana, D. Francisco Bonito, D. Antonio Macedo, D. Manuel Vallejo, D. Rafael Gumiel, D. Ángel Pereira, D. Antonio Bordallo y D. Francisco Pestana .

Pronto comenzaron los oliventinos y su Banda a recoger los frutos del tesón de aquellos buenos aficionados. El 17 de agosto de 1891 se celebró en Badajoz un Certamen Internacional de Bandas civiles y militares. Acudieron numerosas agrupaciones musicales de la provincia  y de Portugal. La Filarmónica, dirigida por D. José Mª Marzal, obtuvo el segundo premio por la interpretación de Paragraf III.

Su éxito  traspasó la frontera hispano-lusa y la Banda fue invitada a dar una serie de conciertos en la vecina ciudad de Elvas. Nada menos que ocho días de honores, agasajos y magníficos regalos fueron el exponente de sus actuaciones. El 29 de septiembre de 1892, la Cámara de Elvas obsequió a la Sociedad Cultural La Filarmónica con una corona de laurel y hojas de encina con bellotas de oro, y a su director con una batuta de madera y plata. En su estuche se lee:

AO DISTINCTO

                 Director da Philarmónica d´Olivença

  1. José María Marçal

A Cámara Municipal de Elvas

                                     23-9-92

La pieza fue donada por los hermanos Marzal Andrade, descendientes del fundador y director de esta centenaria Banda.

Prensa para confeccionar fardos de pieles, Pieza del Mes octubre 2004

En octubre, tránsito hacia el frío invernal, exponemos una herramienta que forma parte del proceso de elaboración de las prendas que nos protegen de las bajas temperaturas.

Se trata de una pieza que se ha utilizado sin interrupción  durante más de un siglo.

El oficio de pielero  suponía recorrer grandes distancias a caballo por cortijos, pueblos, aldeas y lugares recónditos comprando a pastores, ganaderos, matarifes y otras personas las pieles en bruto o en fresco. Acto seguido, éstas  eran cargadas sobre caballos. El transporte de la mercancía solía hacerse en recuas de tres o cuatro caballos de carga.

Los porteadores dormían y comían en posadas, cortijos e incluso al raso, hasta que las cabalgaduras estuvieran bien cargadas, momento en el cual retornaban a casa para almacenar las pieles. Cada uno de estos profesionales ejercía su actividad en una zona determinada, en la cual no solían actuar los demás compañeros de la competencia, pues existían entre ellos unas reglas no escritas que marcaban estas pautas.

Antes de enfardar las pieles, las secaban al sol y posteriormente las limpiaban. Se cortaban  las patas y los cuernos, embadurnándolas de naftalina para que las polillas no deterioraran el casco de la piel. Los fardos de pieles se iban apilando sobre la base acanalada y se sujetaban con unas cuerdas. Después  se ponía, sobre los fardos, la plancha de madera para hacer presión. Una vez que las pieles estaban apiladas y bien sujetas se presionaban por medio de  los rulos. La fuerza de  dos hombres era suficiente. Normalmente, trabajaban entre cuatro y cinco  en todo el proceso.

A la operación de enfardar las pieles, proceso que duraba tres o cuatro días,  se procedía cuando había almacenadas miles de pieles, que casi siempre se vendían a las mismas personas por razones de fidelidad y confianza.

La prensa expuesta  consta de una plataforma rectangular sobre la que hay un tablón acanalado y dos rulos a ambos lados. Sobre esa base se encajaban cuatro palos. La herramienta se completa con varillas de hierro para acoplar las distintas partes y un tablón de madera de iguales dimensiones que la base de la plataforma. La estructura es de madera. También lleva hierro para reforzar algunas partes y para sujetar las cuerdas.

La pieza perteneció a la familia García Cuadrado desde que el padre del donante, D. Miguel García Cuadrado, la  compró en Barcelona a finales del siglo S XIX. Esta familia era natural de Veguillas, en la provincia de Salamanca,

El destino de las pieles es diverso: las de vacuno y caprino se utilizan principalmente en calzado y tapizado de muebles;  las de cabrito en guantería, marroquinería y encuadernación.

Máquina de escribir (1903), Pieza del Mes septiembre 2004

En un mundo con procesadores de textos, impresoras, fotocopiadoras, faxes y correos electrónicos, es difícil creer que la máquina de escribir se inventó hace poco más de cien años. Antes de la computadora, fue la herramienta más importante en los negocios y el mundo  académico. Permitió suplantar a los lentos copistas y le dio un carácter más oficial e impersonal a los escritos comerciales y políticos.

El procedimiento mecánico de escritura aceleró el ritmo de las comunicaciones, marcó un punto importante en el desarrollo de las relaciones sociales y permitió a la mujer ingresar masivamente en el mundo laboral como dactilógrafa, entre los s. XIX y XX.

La invención de la máquina de escribir tiene múltiples paternidades. Durante los s. XVIII y XIX hubo una media centena de inventores que trataron de lograr, en distintos lugares del mundo, una forma de escritura mecánica, pero todos los ensayos fracasaron.

La primera máquina de escribir fabricada en serie y comercializada a gran escala por la fábrica Remington se basó en un modelo perfeccionado por Christopher Sholes, Carlos Glidden y Samuel Soulé, en 1868. Esta máquina, más eficaz que todas las precedentes, acabaría imponiéndose, con un tipo de teclado que luego sería aceptado como estándar. Comenzó a venderse en 1874, siendo fantástica para su época, aunque aún no tenía letras minúsculas.

Algunos modelos son difíciles de encontrar debido a que se fabricaron pequeñas series. Uno de ellos es el que mostramos este mes en el museo. Se trata de una máquina AEG Mignon de fabricación alemana fechada en  1903. Para hacerla funcionar, había que señalar las letras con un punzón conectado a un cilindro donde se encuentran los tipos. Para esta operación se utilizaba la mano izquierda. Con la mano derecha se hacía pulsar una tecla para que tuviera lugar la impresión por medio de la cinta. La máquina se dispone sobre una base de madera y cuenta con tapa de protección.

Pieza del mes agosto 2004: heladera

La historia del helado se remonta a muy antiguo. Parece ser que ya lo conocían en China y de aquí pasa a Turquía y Arabia. Llegó a Europa por el sur de Italia, atribuyéndose a Marco Polo el haber divulgado en este país una receta para su preparación al regresar de uno de sus viajes al Lejano Oriente.

Con la llegada del estío, era frecuente que los comercios y heladeros ambulantes vendiesen helados que ellos mismos fabricaban. En el siglo XVIII ya existían heladeras, utilizadas, en muchos casos, hasta finales de la primera mitad del siglo XX.

El objeto en sí constaba de dos partes que encajaban a la perfección: un cilindro de metal y un cubo de madera. El diámetro de aquél era inferior al del cubo de madera para que en el espacio entre ambos recipientes se pudiera echar hielo triturado y sal; la finalidad de ésta, según comentaban las personas mayores, era que el hielo tuviese más fuerza para helar.

En el cilindro metálico se mezclaban los ingredientes para hacer el producto. Este recipiente llevaba dentro un juego de aspas que se movían con una manivela acoplada a la tapa; al girarlas, batían y congelaban la mezcla, dándole una textura cremosa sin agujas de hielo.

El helado tradicional se hacía con leche endulzada y aromatizada combinada con frutas, que se batían hasta conseguir sus sabores característicos. Su elaboración no era sencilla, ya que era imprescindible disponer de nieve, difícil de conseguir y conservar de no ser por los pozos de nieve, como el que se conserva en nuestra localidad, próximo a la Charca.

Tabla de lavandera (1882), Pieza del Mes julio 2004

No siempre la vida fue tan cómoda como lo es ahora. Hace 30 años no era suficiente con abrir un grifo para disponer de agua en la vivienda.

Cuando  no existía  el beneficio del agua corriente, para lavar la ropa se acudía al río llevando un cesto con las prendas sucias y un cajón de madera para proteger las rodillas durante la labor. En un principio se frotaba y golpeaba la ropa sobre una lancha semihundida en el agua. Posteriormente ésta fue sustituida por una tabla de superficie ondulada donde se enjabonaba y se restregaban una y otra vez las prendas.

En estos lavaderos al aire libre se colocaron después cobertizos que permitían a las lavanderas dedicarse a sus faenas en días lluviosos. A estos cobertizos siguieron  los lavaderos cubiertos con edificios adecuados, donde las lavanderas y criadas podían, mediante el pago estipulado, lavar y tender la ropa al abrigo de la intemperie.

Para controlar y contabilizar las prendas que estas mujeres llevaban a lavar existía un instrumento como el que  mostramos este mes en el museo. Se trata de una tabla de madera fechada en 1882 que cuenta con numerosos orificios organizados en 18 filas, tantas como prendas, de 10 orificios cada una, es decir hasta un máximo de 10 prendas de cada clase. Además presenta en el lado izquierdo la relación manuscrita de dichas prendas, las habituales en la época. Cuando las lavanderas se llevaban la ropa anotaban el número de prendas sucias introduciendo un palito en el orificio correspondiente según la cantidad de cada una de ellas (ver dibujo adjunto). La tabla se quedaba en casa de la propietaria y cuando la lavandera regresaba con las prendas limpias se comprobaba si estaban todas y no había habido pérdida o sustracción.

Diploma al mérito en el trabajo, Pieza del Mes junio 2004

El 21 de septiembre de 1960 se aprobaba por Real Decreto la creación de la Medalla del Trabajo. Su finalidad era “recompensar una conducta constantemente ejemplar en el desempeño de los deberes que impone el ejercicio de cualquier profesión útil habitualmente ejercida por la persona individual o colectiva a quien se concede, o bien en reconocimiento y compensación de daños y sufrimientos padecidos en el leal cumplimiento de ese mismo deber profesional”. En el primer caso la condecoración se denomina Medalla al Mérito en el Trabajo y en el segundo Al sufrimiento en el Trabajo.

El 18 de Julio de 1970, siendo Ministro de Trabajo Licinio de la Fuente, le fue concedida la Medalla de bronce al Mérito en el Trabajo al oliventino Antonio Martínez Falero, entonces con 98 años. Esta concesión tuvo lugar gracias al tesón de su nieto, Antonio Martínez Rodríguez, trabajador en la Delegación Comarcal de Sindicatos, quien luchó durante mucho tiempo para que su abuelo tuviera tan merecida condecoración. Dicha medalla, que no se encuentra entre los fondos del museo, se acompañó de un Diploma acreditativo, el cual ha sido elegido como pieza del mes de junio.

La entrega del galardón fue realizada por  D. Federico Alonso-Villalobos Medina, Delegado Provincial de Trabajo. Tuvo lugar en la Huerta de Pablito, ubicada a 1 Km. de Olivenza por la carretera de Puente Ajuda,  donde Antonio Martínez pasó la mayor parte de su vida. En ese mismo lugar ofició una misa D. Luis Pérez Rangel y tuvo lugar una comida servida por el bar Pensilvania.

Este hombre, al que el Diario Pueblo apodó como El Azorín Extremeño, nació el 25 de enero de 1872. Comenzó a trabajar en 1888, cuando contaba 16 años. A partir de 1965 y con 93 años no abandonaba la mencionada huerta ni en Navidad. Murió el 31 de diciembre de 1973.

El ser fumador empedernido no le impidió vivir casi 101 años sin padecer enfermedad alguna, tan solo un catarro gripal que curó con algunas inyecciones. Tenía vista de lince, aunque el oído le fallaba. No conocía el cine sonoro. Nunca montó en coche, ni habló por teléfono. La televisión la vio una vez (en casa de una vecina) y se aburrió. Desconocía el fútbol. El único espectáculo que le gustó, alguna vez, fue la fiesta de los toros.

Este personaje, que tuvo doce hijos aunque no le vivieron todos, no sabía leer ni escribir: solamente aprendió a trabajar

Un traje de novia de 1887, Pieza del Mes Mayo 2004

En este mes primaveral, propicio a las bodas, el Museo Etnográfico Extremeño González Santana expone un vestido de novia de finales del  XIX. Con este gesto nos queremos sumar a todos aquellos sectores de la vida social y cultural de nuestro país en las  felicitaciones  a  Su Alteza Real el Príncipe D. Felipe y D.ª Leticia Ortiz.

El vestido es de color beige en seda rallada. Está compuesto de dos piezas: la chaqueta y la falda. La primera es de corte entallado en la cintura con varillaje delantero y en la espalda. Tiene la abertura en el  lateral derecho, sin montar, y el cierre con enganches metálicos (corchetes). La parte trasera termina  en aletas triangulares. Se reconocen pliegues sobre el pecho y dos  ramitos de  flor de azahar. El cuello es cerrado a la caja con tirilla; las mangas, largas, estrechas y sin abertura en la bocamanga. Su  forma es curva y  sin frunce.

La falda consta de dos partes: la delantera, de un metro de altura, se recoge a  ambos lados de la cintura formando pliegues; la parte posterior  cae dando vida a  una cola de metro y medio. El cierre está en el  lateral izquierdo con corchetes.

La exposición de este vestido  pretende ser un modesto homenaje al gremio de modistas y planchadoras de  finales del siglo XIX. Con medios muy rudimentarios, y muchas  horas de trabajo, conseguían obras de artesanía como la expuesta.

El traje fue donado al Museo por D. Avelino Marzal de Matta Antunes. Perteneció a su abuela D.ª Mª José da Silva y Matta (Crato,1867-Elvas 1967), mujer profundamente religiosa cuyas aficiones eran las propias de su  sexo: bordar, tocar el piano y ser una buena anfitriona. Su padre, de profesión Ingeniero, llegó a ser General  del Ejército Portugués.

Se casó con el labrador elvense D. Joaquín Antunes Barradas. Vivieron en la Rúa de Padrón nº 7 de Elvas, en un caserón  que contaba con setenta y dos habitaciones. Tuvieron siete hijos y treinta y seis nietos. La primera vez que hablaron los novios  fue en  la  pedida de mano, anécdota contada por su nieto D. Avelino.

La muestra de este traje es posible gracias a la Asociación de Amigos del Museo, que ha costeado el planchado y compra del maniquí para su exposición.

Un altar portátil, Pieza del Mes abril 2004

Puesto que la Semana Santa de 2004 coincide con el mes de abril, el Museo Etnográfico Extremeño González Santana quiere resaltar de entre sus fondos un altar portátil.

Éstos adquieren su punto álgido en el siglo XVIII, siendo Andalucía donde alcanzan mayor relevancia. En   Portugal se emplearon  las llamadas Urnas del Santísimo hasta el Concilio Vaticano II.

Se utilizaron con dos fines: por un lado, para visitar a toda aquella persona enferma que lo solicitase, con el fin de administrarle la Sagrada Forma; por otro, para ser transportado y adorado en pequeñas procesiones.

En cuanto a su forma, digamos que plegado se asemeja a un libro, realizado con madera y piel para simular sus tapas, mientras que con tela adamascada se tapiza su interior. Las cubiertas llevan cantoneras metálicas y se decoran con ramos de flores formalizando rombos con un rectángulo invertido en el centro. Todo ello dorado sobre fondo granate. Cuando se abre, presenta dos laterales de silueta recortada, de pasamanería lisa, con una pieza en la parte superior, a modo de visera con flecos.

Este altar se puede admirar en la sala de arte sacro del Museo Etnográfico Extremeño González Santana, siendo depósito del arzobispado de Mérida-Badajoz.

PIEZA DEL MES MARZO 2004: TOSTADOR DE CAFÉ

El café no es un alimento básico. Su consumo habitual después de la comida se remonta tan sólo al s. XIX, entre la burguesía y la aristocracia. En esta época aparece también como acompañamiento de la leche en el desayuno. Sorprende comprobar cómo en el mundo rural esta dieta tan común en nuestros días se retrasa hasta entrado el s. XX.

Sea por su relativa novedad o porque su consumo no es imprescindible, el café se ve como un pequeño regalo que nos damos a diario, un buen pretexto para la tertulia, la charla y el debate.

El café, como otros productos coloniales, se adquiría en los comercios de ultramarinos. Desde el s. XIX, cuando se generalizaron aquellos, ya hubo establecimientos especializados exclusivamente en el tueste y venta de café. En estos comercios se tostaban los granos llegados de América o África en calderas  de hierro de forma esférica o de tambor que se hacían girar sobre un fuego de carbón o leña para asegurar un tueste uniforme. El procedimiento se mantuvo hasta principios de siglo y sigue hoy vigente, salvo que se han modernizado los materiales y el combustible, y el tueste se hace en fábricas fuera del punto de venta, donde también se envasa el café para su distribución.

No obstante, también había pequeños tostadores como éste que mostramos. Reproducían en miniatura el mecanismo de las grandes calderas y hacían girar sobre las brasas unos tamborcillos con la cantidad deseada de café, que luego se guardaba  cuidadosamente en latas. En este caso, la pieza expuesta lleva incorporado el brasero o depósito para el carbón. Existen otros modelos que se colocaban directamente sobre la lumbre.

El café adquirido en el comercio podía ser molido en el momento si el comprador lo pedía. Con él se hacía una infusión añadiéndolo al agua que acababa de hervir en un puchero y dejándolo reposar durante un rato para servirlo en una cafetera o en la taza directamente y filtrándolo con un colador de tela de forma cónica.

El resultado es una bebida negra, amarga, caliente y estimulante, que se endulza al gusto con azúcar, se toma sólo o se acompaña con leche, y a menudo sirve de excusa para degustar pastas, dulces y bollos. El café ha generado un sinfín de objetos y mobiliarios exclusivamente relacionados con él: desde el juego de tazas donde se sirve y consume hasta el local que también lleva su nombre.