Plancha de carbón, Pieza del Mes septiembre 2005

Planchar es un menester cotidiano de lo más tedioso, aunque hoy en día disponemos de planchas eficaces, rápidas en calentarse y con gran  potencia.

Los orígenes de la plancha son remotos. Se sabe que la utilizaron los chinos en el siglo IV para alisar la seda. Aún se conservan algunas estampas de este país en las que aparecen artefactos que, por su forma, podrían representar planchas rudimentarias provistas de un mango y calentados por medio de brasas.

En Occidente, las primeras planchas fueron alisadores de madera, vidrio o mármol que hasta el s. XV se utilizaron en frío. Estas primeras piezas se combinaban con el uso de la goma de almidonar, un material que no admitía el calor.

La palabra “plancha” no apareció en castellano, con el significado que hoy le damos, hasta el s. XVII. Fue en esa época cuando empezó a utilizarse de forma generalizada.

Las primeras planchas, generalmente realizadas en hierro fundido y macizo, se calentaban directamente sobre la trébede de la lumbre, de modo que era necesario disponer al menos de dos para trabajar con una mientras otra se calentaba.

Posteriormente los modelos de metal huecos, rellenos de brasas de carbón inauguraron una nueva etapa. Este tipo, como el que mostramos este mes en el Museo, tiene una caja de base triangular, con una tapa superior por donde se introducían ascuas o escorias calientes. Iban provistas de una chimenea y de un tiro como si se tratase de un pequeño hogar en miniatura para controlar el calor y su duración.

Durante el s. XIX, el desarrollo industrial de las técnicas de planchado ofreció nuevas y eficaces experiencias, utilizando como métodos de alimentación el gas, el alcohol o el agua hirviendo.

En 1882 apareció la primera plancha eléctrica. Habría que esperar varios años para que este proyecto fuese rentable en el ámbito doméstico, puesto que en aquellos años la red eléctrica no estaba plenamente extendida.

Con el tiempo su uso se generalizó y comenzaron a incluirse nuevas funcionalidades, como el termostato, en 1924, o el dispensador de vapor, en 1926.

Son muchos los años de historia que respaldan a este pequeño electrodoméstico. Todas estas innovaciones han dado un nuevo sentido al arte del planchado, convirtiéndolo en una tarea más fácil y mucho más llevadera que en los primeros años.

Lavadora, Pieza del Mes agosto 2005

Aún no está claro el origen de la lavadora. Se acepta  que, a principios del siglo XIX, en Europa occidental, comenzó a difundirse la práctica de meter la ropa en una caja de madera, una especie de tambor, que giraba con una manivela. No obstante, las primeras máquinas para lavar ropa no surgirían hasta 1907. En ese año el  norteamericano Alva Fisher crea una lavadora que ya incluía el giro del tambor para evitar el amontonamiento de la ropa.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX  lavar la ropa en el mudo rural era un trabajo muy pesado, cuya labor correspondía siempre a la mujer. Éstas solían desplazarse hasta la orilla del río, arroyo o lavadero público para  frotarla  contra una piedra. En  nuestra localidad se frecuentaban los arroyos cercanos de La Charca y San Amaro,  y las  fuentes de la  Rala y Cuerna; en esta última se levantaron dos lavaderos, uno público, otro de la Santa Casa de Misericordia, donde se lavaba la vestimenta de los enfermos en ella acogidos.

También era frecuente que las casas con pozo dispusieran de cucharros de madera, fabricados por los carpinteros locales.

Para blanquearla, la ropa en cuestión se metía en un baño que se tapaba con un paño, que actuaba de filtro, sobre el que se colocaba ceniza; sobre ella se echaba agua. La ceniza se diluía, procurando el mismo efecto de la lejía. Los colores se   avivaban  con  azufre  y azulillo, para las prendas de color azul.

La lavadora expuesta es de madera, de forma circular  sustentada sobre tres patas. Se accionaba haciendo girar con la mano una manivela que daba vueltas a la ropa dentro del tambor. Tanto la parte  inferior como la  superior del  cajón tienen unas tablillas que actúan  de saliente para frotar la ropa, que se metía  a capas y mojada  con jabón verde hecho en casa. Para desalojar el  agua sucia el tambor disponía de un orificio en su parte inferior.

En una de las tablillas superiores se distingue la inscripción: Patented Washer Morrisons Antowerr Belgium.

La llegada a Olivenza de esta lavadora, a principios de 1900, fue  fortuita. La persona que donó la pieza, Dª Teresa Piriz, nos ha contado, a sus 83 años, que a su abuela se la dejaron unos inquilinos de origen alemán.

Un abanico, Pieza del Mes julio 2005

El abanico es una pieza que ha sobrevivido a los avances tecnológicos.

Tal como lo conocemos hoy, es un  instrumento generalmente de forma semicircular que sirve para dar o darse aire. Pero el origen de este utensilio tan común es incierto y se pierde en el tiempo. Fue empleado por egipcios, babilónicos, persas, griegos y romanos, según las abundantes reproducciones de este instrumento en sus representaciones artísticas.

La gran revolución en el mundo del abanico llegó cuando se hace plegable, en torno al s. VII de nuestra era. Se atribuye su invención a un fabricante japonés, que tuvo la idea al observar las alas de un murciélago.

En Europa, el abanico plegable aparece en el S. XVI, probablemente a través de Portugal, país que en aquella época mantenía una intensa actividad comercial con Oriente.

En principio era un objeto caro del que sólo las damas de alto linaje podían gozar. Pero pronto surge una gran industria abaniquera que, extendiéndose por toda Europa, copia y fábrica el modelo plegable. Así el abanico se populariza y puede ser adquirido por todas las clases sociales.

Se compone de dos partes principales: la superior, que se denomina país, y la inferior, llamada fuente, formada por una serie de varillas, que pueden ser de madera, plástico, nácar, carey, etc, rematadas en dos pinzas laterales más gruesas, mientras el clavo que une todo el abanico es conocido  como clavillo.

         El país es la tela, papel o cualquier otro material que sirve de membrana de unión entre las varillas. El motivo de este “país” es de lo más diverso, pudiendo ser pintado a mano (el ejemplar que mostramos como pieza del mes),  impreso, o incluso bordado con telas y encajes. En los siglos pasados se plasmaban en ellos los acontecimientos sociales y políticos fundamentales para la historia de un pueblo, por lo que se les ha considerado como antecedentes de los periódicos.

Ha sido y es utilizado en mayor medida por las mujeres, aunque los hombres también usaban uno de menor tamaño que podían guardar en los bolsillos del gabán.

Siempre fue  un leal compañero de la mujer en el arte de seducir. Totalmente perdido en la época actual, como medio de comunicación, el rico lenguaje del abanico jugó un importante papel en las relaciones humanas, más concretamente, en el flirteo entre mujeres y  hombres. Este instrumento servía para pasar mensajes al galán que las cortejaba y así expresar sus deseos de manera discreta.

En España, debido a las condiciones climáticas, el uso del abanico ha perdurado, no sólo como elemento de adorno y moda, sino también por necesidad.

En la actualidad existe en Valencia una floreciente industria abaniquera que exporta a todo el mundo este precioso complemento.

Prensa de papel, Pieza del Mes junio 2005

Esta pieza podía servir, bien para encuadernar, bien para hacer copias.

El hacer copias de  documentos originales se ha convertido en algo habitual en nuestra vida cotidiana. Tradicionalmente, hasta  1450, los copistas, monjes y frailes, realizaban esta actividad de manera manual. Fue en 1778 cuando James Watt inventa la prensa de base plana. Se ponía la rama o marco con el molde del impreso que se iba a realizar; se entintaba, a mano, dicho molde con un rodillo. Se colocaba una hoja encima y se retira el papel impreso.

Otra finalidad era encuadernar, pudiéndose usar papel a color, pegándose las tapas mediante cola blanca, además de engrudo, adhesivo con agua y harina. Al aplicar esta capa adhesiva, el papel solía doblarse por efectos de la humedad. Para que esto no ocurriese se colocaban hojas de papel entre medias de las hojas pegadas y el alma del libro, prensándose para que no se arrugase.

Las prensas, generalmente, iban colocadas encima de  una pequeña mesa con un cajón. Se atornillaban a la mesa  por su peso al ser  de hierro fundido.

La prensa que exponemos perteneció  a D. Manuel Píriz Méndez.

Colmena de corcho, Pieza del Mes mayo 2005

Desde que  nuestros antepasados neolíticos dejaran representada una escena de recolección de miel, ha transcurrido mucho tiempo de relación del hombre con uno de los pocos insectos al que respeta y cría para su propia utilidad.

La cría de la abeja como productora de miel era fundamental en la dieta del mundo antiguo.

Las abejas anidan de forma natural en oquedades de árboles y rocas, en lugares resguardados del viento, con agua en las proximidades, y con floración suficiente que les permita vivir durante el año de la miel elaborada a partir de ella.

El hombre ha pretendido reproducir un habitáculo cerrado y abrigado, pero dotado de acceso para poder obtener con facilidad el producto de su cría, e incluso de movilidad para transportarlas según las necesidades climáticas y de floración.

Uno de estos modelos fabricados  es la colmena de corcho, construida a partir de una gruesa corteza de alcornoque curvada hasta formar el cilindro y cerrada con espigas o clavillos de madera.

Algunas, como la que mostramos este mes en el Museo, presentan una plancha curva y otra plana para cerrarla. Lleva una tapa sujeta con clavos de madera en la cara superior que se retira para abrirla y extraer los panales. Los panales  están hechos por las abejas formando grandes tortas verticales que se adhieren a la pared interna y se disponen en estructuras paralelas entre sí. Estas colmenas tienen un pequeño orificio en la parte inferior llamado piquera, por el que salen y entran las abejas. En el interior llevan unos palos cruzados para sujetar los panales.

La miel, como producto absolutamente natural, ha gozado siempre de gran importancia en la alimentación humana, atribuyéndosele propiedades medicinales, así como efectos antibióticos y antibacterianos.

Aunque su naturaleza le hace un producto de larga duración y fácil conservación, necesita lugares frescos y secos. Su almacenamiento debe realizarse en recipientes apropiados de barro, madera o cristal.

Filtro de agua, Pieza del Mes abril 2005

Los filtros de agua eran piezas de cerámica vidriada ricamente decorada. Constaban de dos partes: el depósito y el susodicho filtro; en aquél se recogía el agua filtrada. Llevaba un grifo en la parte inferior y una tapadera en la parte superior. Por su parte,  el filtro, que iba dentro del depósito, tenía la base semiesférica y perforada por finos orificios a través de los cuales se colaba el agua para almacenarla en la inferior. No iba vidriado, para que las impurezas se adhiriesen a la porosidad del barro.

En el hogar, estos depósitos se colocaban en el salón comedor, bien sobre una estructura de madera, bien sobre una base de cerámica, acompañados de una taza o vaso para beber.

Hasta la década de los años sesenta, el agua llegaba a las casas en las famosas cubas o cántaros que transportaba el aguador, quien la recogía en las fuentes de   La Cuerna o de  La Rala.  Una vez en las casas, dependiendo del estatus social,  se conservaba en tinajas, cántaros, botijos o filtros. Éste se empleaba en las casas de las familias más pudientes. En los hogares más humildes el agua se almacenaba en tinajas y se bebía, normalmente, del famoso botijo que también acompañaba las  faenas cotidianas en el campo.

El filtro y el botijo tienen la misma función contener y limpiar el agua para beber. Pero ambos tienen además un valor estético y ornamental. En algunos casos se han llegado a convertir en verdaderas obras de arte, muy cotizados en las Casas de Antigüedades.

Los filtros se utilizaron  hasta la década de los años sesenta, que caen en desuso por la llegada del agua corriente a los hogares; en Olivenza lo hace en 1963,  procedente del embalse de Piedra Aguda,  inaugurado en 1956 por Francisco Franco.

El filtro expuesto perteneció a la familia Aranguren García, que lo donó al Museo el año 1994.

Tenaza para elaborar sagradas formas, Pieza del Mes Marzo 2005

Según la tradición, el mandato que Jesús impuso a sus discípulos en la Última Cena de comer el pan y beber el vino supuso la institución de la Eucaristía.

Las finas, blancas y redondas obleas que representan el Cuerpo de Cristo en mencionado sacramento no son otra cosa que discos de pan ácimo, es decir, sin levadura.

Normalmente, el laborioso proceso de elaboración de estas obleas se ha llevado a cabo de forma artesanal por los sacristanes de las parroquias o  por  religiosas de alguna orden.

La receta es muy sencilla: agua y una mezcla de harina de diferentes variedades de trigo. Una de ellas, rica en gluten, es la que da a la Sagrada Forma su textura acorchada.

Como pieza del mes se ha elegido el instrumento empleado en su elaboración antes e incluso después de la invención de la electricidad. Se trata de una especie de tenaza de hierro rematada en dos palas rectangulares y provista de una anilla en el extremo de uno de los mangos para cerrarla. En el interior de una de las palas lleva grabadas la forma de cuatro hostias, dos grandes, en las que figura una cruz sobre peana dentro de un doble círculo, y dos pequeñas con tres flechas cruzadas cada una.

La mezcla o masa realizada con agua y harina se vierte entre las dos palas previamente calentadas al rojo en el carbón, de manera que al cerrarse dejaban impreso el dibujo, al mismo tiempo que se cocía y evaporaba el líquido sobrante. De este modo, se obtienen láminas delgadas de pan seco y crujiente.

Finalmente, el producto se corta con un cortamasas especial, como el que acompaña a la pieza, y se dejan airear durante seis días, antes de ser utilizadas en la Eucaristía.

La pieza que mostramos perteneció a la Iglesia de Santa María de la Asunción de Olivenza y fue utilizada hasta 1983 por las religiosas del Hogar de Nazaret, las cuales solían hacer entre unas 500 y 1000, semanalmente.Actualmente se compran a las Carmelitas de Talavera la Real quienes las elaboran con planchas eléctricas.

Una cuerna tallada, Pieza del Mes de febrero 2005

Las cuernas eran astas de bóvidos que los pastores tallaban para su uso personal en sus largas horas cuidando el ganado.

Para hacer una cuerna había que separar la médula de la funda de queratina; esto se conseguía bien hirviéndola durante algunas horas para dilatar mencionada funda, bien  introduciéndola en agua fría durante varias semanas. Posteriormente se cortaba la parte maciza del cuerno, para obtener un cilindro hueco, al que sólo hacía falta añadir el fondo y la tapa, que podían ser de corcho o madera. Algunas cuernas llevaban un asa de cuero o metálica, dependiendo de su uso. En su parte externa, el cuerno se pulía , una vez caliente, con un trozo de cristal o una navaja, que también servía para grabar. Para destacarlo del fondo se untaba con grasa.

La talla de astas de bóvido y de piezas de madera o corcho es un arte relacionado con el mundo pastoril. El interés de éstos por decorar sus objetos domésticos les lleva a expresar no sólo su mundo exterior, su relación con la Naturaleza, animales y plantas, sino también sus temores, creencias y supersticiones.

En esta pieza se pueden apreciar diferentes formas, escenas religiosas, campesinas, símbolos astrales y epigrafía. Así, en su parte inferior, se descubre una inscripción con el año 1855, un texto con el nombre Petru y las iniciales JMCLR MANo F 4h32 4º MJn 52L

Esta cuerna fue donada por  D.ª Soledad Hernández Doncel, biznieta de D. Pedro Doncel, el pastor que talló la cuerna. El padre, D. Lucas Doncel Pérez, se dedicó a la agricultura en el término de Valverde de Leganés. Forma parte de los fondos del Museo desde el  año 1992.

Pieza del Mes Enero 2005: Proyector de cine infantil “NIC”

Antes de la aparición de la televisión y de los videojuegos, algunos niños se entretenían con unos aparatos que simulaban máquinas de cine, pues muchos logros en el ámbito de la imagen llegan a los hogares convertidos en juguetes, los cuales permiten descubrir el misterio de la proyección y la animación de imágenes.

El verdadero juguete cinematográfico, producido en Cataluña por la empresa Proyector NIC, S.A., es el popular Cine del mismo nombre, patentado en Barcelona el 25 de abril de 1931 por los hermanos Joseph M. y Tomás Nicolau Griñó. Fue el primer aparato de proyección de imágenes animadas pensado para ser visionado por los niños. Era el complemento ideal para dar vida a los personajes estáticos que aparecían en los cuentos y en los tebeos de aquellos años.

Fabricado de cartón y forrado con papel, su funcionamiento era de lo más sencillo. En la parte posterior, llevaba dos bombillas de 40 W, y en la parte delantera dos lentes fijas, una encima de la otra. En la película, las imágenes estaban dibujadas horizontalmente sobre una banda de papel vegetal en dos líneas: la de arriba correspondía a una parte del movimiento, y la de abajo, a la segunda parte. Se colocaba en el lateral izquierdo del proyector y pasaba entre la caja de las lentes y la de las bombillas enganchándose, por último, a un eje vertical. Colocada la película, se accionaba una manivela situada a la derecha, produciendo el arrastre de la película y simultáneamente el desplazamiento arriba y abajo de una cortinilla que, al tapar alternativamente la lente superior e inferior, daba la sensación de movimiento.

Los temas tratados en las películas animadas eran generalmente cuentos tradicionales aunque llegaron a crear personajes propios como “Tom el Cowboy”, “Miau el Gato”, “Nikito”, “Manolín”, etc.

Este sistema tan simple de proyección de imágenes animadas fue adaptándose a los nuevos avances tecnológicos del mundo del cine y la imagen.

El éxito del Cine NIC fue rotundo. Se calcula que entre 1931 y 1974 se produjeron millones de aparatos en todo el mundo. EL Cine NIC supuso para muchos niños y niñas descubrir la magia de hacer cine, y no sólo por el hecho de poder proyectar imágenes en movimiento sino también por la posibilidad de crear películas e historias a través del dibujo y la animación.

Moldes para hacer tocinillo de cielo, Pieza del Mes diciembre 2004

En Navidad, cuando el cocinar más que una necesidad diaria se convierte en un placer, los postres dulces ocupan un lugar destacado, siendo uno de los más exquisitos y conocidos de nuestra gastronomía  el tocinillo de cielo.

Parece que su origen se encuentra en un convento de Jerez de la Frontera, siempre ligado a la elaboración del vino, pues las claras de huevo se usaban para clarificarlo; por su parte, las yemas eran entregadas al convento de monjas, quienes las reutilizaban diseñando este postre, llamado así por su aspecto, textura y origen religioso. Los ingredientes básicos del tocinillo de cielo son  las yemas de huevo, azúcar y agua. Se hace almíbar con los dos últimos productos, cuando enfría se le añaden las yemas batiéndose la mezcla que, posteriormente, se desplaza a un recipiente caramelizado.

Para su  elaboración  se utilizaba una cacerola  de hojalata que hemos seleccionado como pieza del mes.  Este material es una delgada chapa de hierro bañada en estaño o cinc que se trabaja fácilmente cortándola, doblándola y soldándola de manera artesanal.  Con ella se producían objetos tales como alcuzas, embudos, coladores, ralladores moldes, medidas de líquidos, las cantaras, las lecheras de transporte, zafras para el aceite, candiles, faroles  y remates de chimeneas. En Olivenza,  la familia de hojalateros de la Granja forjó muchas de estas cacerolas.

El objeto expuesto consta de  tres piezas: la cacerola, una bandeja con dos asas y  cinco patas en forma de uve, y veinticuatro moldes troncocónicos para echar la masa del tocinillo de cielo; se cocía al baño María, con la finalidad de que la mezcla espesase. A continuación, se vertía en  moldes. Tras una espera  de 12 a 15 minutos se desmoldaban.